Pier Paolo Pasolini: Historia de una correspondencia | Silvana Mauri

En el clamor incrédulo por la muerte de Pasolini, en los terribles días de la atroz crónica, de los funerales en Roma y en Casarsa (yo seguía su ataúd a lo largo de los dulces campos de Casarsa, sosteniendo con los brazos al tío Colussi y a la tía Enrichetta, idénticos al viejo que Pier Paolo no podía ya ser), alguien, quizá, Laura Betti, me pidió sus cartas.

Desgarrada me esforcé en encontrar aquellas hojas y hojas, a menudo sin fecha, secas y ligeras como alas de mariposa, hasta el punto de romperse, escritas a mano desde Casarsa, a máquina desde Roma, de 1941 a 1959, y que yo había arrastrado conmigo a lo largo de mis peregrinaciones durante la guerra, el matrimonio, la maternidad, el trabajo, mezcladas con otros millares, en el inconsciente desperdicio de la juventud. Entonces las di a Laura para consolarla, sin ninguna conciencia. La muerte de Pier Paolo, apenas empezada, me aterrorizaba como una muralla negra, insuperable, que obstruía hasta la posibilidad de la esperanza, obscura en la eternidad de los días, y aquel pobre montón de palabras juveniles que me escribía —espesas en los primeros años y luego tenazmente fieles pero más raras, dentro de aquella existencia suya que fue siempre un «grito» en todas sus obras, sus artículos, sus películas y procesos— me parecían preciosas sólo para mí.

Sin embargo esas cartas deberían por el contrario volverme casi célebre o por lo menos muy citada a los sesenta años, en la furia biográfica alrededor de Pasolini.

Han sido retomadas, en algunos puntos, desmenuzadas aquí y allá en varios libros, extraídas de su contexto original y también profanadas. 

Pero como quienes se dedican a estos trabajos saben, no me pertenecen. Pertenecen a la posteridad, no al destinatario. Hay en esta ley algo justo para un hombre que se ha vuelto público como él y que ha muerto precozmente; aunque también muy cruel para la vieja muchacha que las había recibido, amado y provocado.

No podía releerlas. No resistía aquel ardor vivo, denso, tierno, el «suyo», de un ayer apenas pasado que confirmaba el irremediable silencio de hoy. Cuando se pierde a quien se ama, los recuerdos son, en un primer momento, escombros. Este seminario de París me ha obligado a enfrentarlas con una emoción casi insostenible y entonces entendí que era verdad que yo lo había conocido «antes», en la potencialidad todavía entera («tú me has conocido —me escribe— sano como un árbol y entero como una planta») y ahora inmutable, pero entonces todavía todo en sí, antes de desarrollar su personalidad.

Me lo llevó a la casa mi hermano Fabio, de dieciséis años, es decir, cuatro años más joven que Pier Paolo y que yo. Él lo había conocido en la redacción de una revista juvenil Il Setaccio, en Bolonia, donde —y es una de las extrañas coincidencias de nuestros destinos— la familia Pasolini y la mía se habían establecido provisionalmente y, en el fondo, por casualidad. Esos primeros recuerdos se me confunden en el polvillo dorado de la juventud, entre aquella «incandescencia» que desvanece los contornos como encuentros soñados. Me pareció bellísimo con su rostro en el que los rasgos eslavos, romañoles, judíos, habían compuesto líneas únicas, una máscara irrepetible. El cuerpo, inclusive demasiado expresivo, de Mantegna y de pobre medieval, tan fuerte y viril que cuando te agarraba por los pulsos para comunicar su afecto, te los estrechaba entre dos tenazas.

De su actitud tímida, llena de discreción y sobriedad septentrional, tan diferente a mi desbordante extroversión de muchacha del centro-sur, nacían discursos lentos, titubeantes, con aquel acento áspero, despojado, rociado, acre, de los vénetos del Friuli.

De su aspecto compuesto, ordenado, atento, de «buen muchacho» —y qué agudeza firme y profunda en sus ojos grises—brotaban de repente los relinches de alegría, de gran abandono juvenil ante algún aspecto cómico de la vida, tierno, o tiernamente cómico, recogido «juntamente», con una sola mirada, y sin la necesidad de comunicárnolos.

No estoy contando esto casualmente. El punto más alto, específico de nuestro encuentro, ha sido cierta emotiva, conmovida o divertida «curiosidad de la vida», alegría de ver las cosas «juntos», todavía más acá de la experiencia (¡y cuánto hemos hablado después de la experiencia!), de la misma manera y en el mismo momento, recíproca y alternativamente «esponjas» y «espejos» de nuestras existencias; así como la avidez de acumular «juntos» lo «real», los infinitos aspectos delo real, culturas, criaturas y naturalezas… Y lo cuento sólo porque, en el transfondo de su ya legendaria biografía, entre las líneas de los bellísimos ensayos que escribieron son él Maravioa, Contini, Zansotto, Leonetti, Fortini, quisiera ser capaz de traer a la vida su acceitas, la irrepetibilidad de él, vivo y entero.

(«Debería hablarte de mí, es decir, de una infinidad», carta desde Casarsa de 1945. «Estoy aquí tocando el enorme tambor de mi ser —aquí», carta desde Casarsa, de 1945. «De mi regocijo que es curiosidad y amor de la vida», carta desde Casarsa, 1945).

 ¿Cómo aconteció que yo, muchacha burguesa, sin dialecto, sin raíces campesinas, heterosexual, y él entonces todo permeado de poesía casarsesa, maternal, inexperto acerca del mundo, asustado de lo que no conocía, todo compungido por «su ignoto interior», con su mente fuerte, genial, de estudiante estudioso, homosexual; que él y yo nos hayamos perseguido por toda la vida, escrito, contado, alcanzado cuando apenas era posible, y dentro de una vida como la suya que cada vez más se alejaba de la mía, frenética de trabajo, de otros mil encuentros, de persecuciones y provocaciones? Releyendo sus cartas, ahora lo entiendo.

Al lado de su madre, único amor de su vida (aunque figura fina y simbólica, cristalizada en la infancia, y cuya infantil inocencia siempre se ha preocupado por proteger) yo era el lugar «de su vital confianza», el hilo rojo de una aceptación total. Aquella a la que confiaba todo lo que no convertía en literatura; que pensaba en él en las horas del dolor, de la soledad o de íntimas exaltaciones; aquella que lo seguía, lo imaginaba, «lo sabía».

En el prefacio a la antología de sus poemas, que publicó Garzanti en 1970, él escribe «Es darme cuenta de cuán ingenua era la expansividad con la que le escribía, exactamente como si escribiera a quien no pudiera evitar amarme mucho…»

El deseo de Pasolini por ser amado tenía la abismal violencia y pasión de su naturaleza, y era igual al de amar.

Era omnívoro: de rostros, de gestos, de paisajes, de olores, de pasado, del presente, de literatura, de lenguajes y de acciones, de lo que estaba cumplido y de lo que permanecía incumplido en su vital devenir. De lo sublime y de lo hórrido del hombre. A él, que en una carta de 1941 me reprochaba creer en Dios mientras él no lo lograba, contesté que él envidiaba a Dios porque tenía la ventaja de ver más cosas.

Pronto estuvimos separados por la guerra; él en Casarsa, yo de viaje por Italia y finalmente en Milán. Nos escribíamos casi cada semana o casi todos los días, por lo menos yo desde la casa editorial en donde trabajaba, mis cartas se han perdido. Tomaba trenes helados para alcanzarlo en Casarsa: doce, a veces vente horas de viaje desde Milán. Bajaba sobre la hierba, en la planicie endurecida por el hielo y luego, en la cocina caliente de su madre, en Versuta; dos catres junto al fuego.

De día, ebrios de felicidad, alados, desmemoriados, corríamos en bicicleta por las riberas heladas del Tagliamento en busca de algún pequeño cine parroquial en los pueblos cercanos, o bailando desenfrenadamente —bailarines incansables y virtuosos— tangos, polkas y «foz-trot» en los salones populares, o siguiendo los autos de fe campesinos de carnaval —una muchacha vestida de hombre que dialogaba con la Cuaresma, un muchacho vestido de mujer—, máscaras inquietantes, tomando vino y comiendo polenta de casa en casa.

Yo era el reflejo de todo lo que le pertenecía y me parecía no habitar un país real, sino su mismo corazón. También Pierpaolo era entonces feliz: «quizás tenga que salir de esta inefable y ridícula serenidad a la que contribuyen todos los campos de Casarsa como mi aspecto demasiado juvenil». También su homosexualidad era todavía dulce juego entre muchachos, un cuaderno rojo que salía de su bolsa y que jugábamos a arrebatar. Pero el rostro, de repente devastado por la ansiedad de seguir los torpes movimientos de los tiernos muchachos campesinos, los adolescentes, «álamos», como los llamábamos nosotros, opuestos a los «troncos-reyes» que eran las moreras nudosas y los campesinos renegridos y viejos. De regreso a mi casa, quedaba aturdida por días y días, daba vueltas en mi vida cotidiana como quien posee un secreto y, en tranvía, mientras iba al trabajo, cerraba los ojos para que no se viera crepitar en su fondo la cocina de Versuta y el paso descoyuntado de Tonuti o Pierpaolo que reía sobre su bicicleta. Y en la casa encontraba ya una carta suya. «Querida Silvana: mientras escribo en el rincón de la estancia que tú conoces, tú estás en el camión ya hecha casi fantasma, deja que me queje, aunque retóricamente, de lo absurdo de este hecho: ¡No han pasado dos horas desde que te dejé! He reencontrado mi soledad —sabes, aquella confianza, aquella náusea tonta que no se tiene ya ganas de tomar en consideración— y me puse a tocar el enorme tambor de mi ser —aquí…»  

En el punto más oscuro de la guerra nos llegó, no sé cómo, la noticia de que Pierpaolo había muerto a manos de los alemanes. Mi hermano Fabio y yo nos desesperamos y nos echamos al piso a llorar. Pero un día él llegó. Como el ángel de Teorema. Durmió entre los muebles amontonados de la sala. Estaba trastornado por la muerte de Guido, pero todavía más asustado por su futuro. Ahora él era el único para consolar a su madre, y para siempre. El único responsable, sin Guido, para sostener su inocencia. Le parecía, en ese momento, perdida su libertad para condenarse. Asistí al principio de su desesperación.

Cuando lo echaron de Casarsa, a él, admirable maestro de la academiucha Furlana, me llamó a Roma. Me dijo que habitaba en una casa construida irregularmente sin dirección, en Rebibbia. Otra rara coincidencia, Rebibbia había sido una pequeña huerta, un campo de habas, una cabaña a donde íbamos el domingo, de niños; un sueño agrícola de mi padre que acabó muy pronto. Me costó encontrarla, pero cuando entré en la pobre casa sin techo, él estaba allí, inmóvil, desesperado por haber perdido, como me dijo, todo: trabajo, respeto, confianza de su mundo de Casarsa, la escuela, y de haber arrastrado en eso a su madre. Parecía el futuro Cristo de su filme. Alrededor, marranos, basura, el suburbio informe, un trozo del infierno de la aldea, pero vivo de muchachos, de desheredados. Tras de sus palabras desconsoladas veía relampaguear en el fondo de sus ojos proféticos una diabólica gana de vivir el infierno que lo rodeaba, un nuevo y desconocido territorio de lo real, una libertad nueva, un cambio que la catástrofe le abría, la apropiación famélica de otras experiencias, de otras formas, de otros cuerpos y lenguajes.

«Querida Silvana, regresé el domingo de mañana, a la única hora en que puedo escribir a los amigos in la obsesión del trabajo que me espera. Abrí apenas los balcones de esta estancia en la que estuviste un domingo, esa triste, amurallada estancia suspendida sobre el lodo, en la que supiste coger los “hilos de sol”, como una especia de consolación íntima (de aquellas consolaciones que se tienen en la infancia con un estremecimiento de placer en el vientre: estar solo, reducir el mundo a las paredes que te rodean y regocijarte en ellas, jugando con los hilos de sol, escribiendo una poesía para el cumpleaños de tu madre). Abriendo esto balcones y chocando, pecho contra pecho con la primavera ya adulta, casi deshecha (la verdadera, tremenda primavera romana, sápida, cuyo perfume es como de un enorme guardafango quemado por el sol, una gran lámina de trapos viejos mojados y secados por el calor, de hierros viejos, de taludes donde el sol incendia la basura), he pensado inmediatamente en ti con un nudo de ternura. Unos cuantos fragmentos de adolescencia quedan pegados al esqueleto: y basta el olor de la madeleine… en mi caso una atroz madeleine de suburbio, de casas de desahuciados, de andrajos caliente… Ahora, piensa qué espantosamente solos estamos: como si nos hubieran tomado presos, desnudos y echado fuera para siempre».

Porque su esencia era esto: milagrosamente suturar, en apariencia, sus excesos. Pero con la enorme y sangrienta fatiga que su máscara corroída ya revelaba exceso de salud, exceso de inteligencia, exceso de fuerza viril, exceso de vitalidad, amenazado por el continuo proyecto de su herencia «maternal», de lo civil laborioso, honrado, apacible, hijo de «un linaje de maestros de escuela».

Puedo acumular más y más recuerdos y trozos de sus cartas, pero aquí le paro. Parece que se quisiera aclarar un misterio, ¿pero cuál? Pocos han tenido, como él, el don de expresarse y gritar en sus obras, en los ensayos, en los artículos, en el cine. Si un misterio hay que él perseguía, es aquél de la existencia, del ciego existir del hombre y de su sentido. El único misterio es el de su muerte, seguramente no deseada por él de esa forma que hubiera matado de dolor a la frágil, y perdida en él, vejez de su madre. También su homosexualidad, que hasta cierto punto de su vida lo ha desgarrado, y que me ha hecho sufrir dos veces —primero por la exclusión para siempre de una esperanza de amor y luego en mi imaginación llena de él, pero que se fatigaba al seguirlo en el infierno no saciado de sus noches— ahora me parece fatal. Toda la vida él ha tratado de poseer el mundo, de expresar con todos sus medios su desesperado amor por la vida, hasta en el acto ciego, solitario, de poseer la muchachidad, la flor perfecta que renace, ignorante de sí y de la historia, y también de sí mismo niño. En un acto poético por estéril, que salta en un círculo su eterna infancia con su muerte. «Muero siendo sólo un muchacho».


Ponencia leída por su autora en la Maison des Cultures de Monde, de París en el Coloquio sobre Pier Paolo Pasolini «Con las armas de la poesía» en la Jornada del 1 de diciembre de 1984 dedicada a Propositions pour une biographie.



Traducción de: Annunziata Rossi

Texto publicado en la Revista de la Universidad de México; Número 420; Enero de 1986; Pp. 3-5

Captura: Armando Pacheco 

Enlace a fuente original: https://bit.ly/3bO4KCC


 

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