En diecisiete días | Iván Noé Espadas Sosa

—Bajamos en paracaídas a la medianoche. Desde las alturas el ambiente era de calma y silencio, a pesar de estar muy cerca de las líneas enemigas. Sólo se escuchaba a lo lejos el motor de los  aviones que regresaban a las pistas. Creo que tuve un buen descenso, pisé tierra sin mucha dificultad. Recorrí el área por unos minutos no encontré a ningún compañero del comando. Pensé que alguna corriente de aire me había alejado de la zona en la que debía caer. Podía ver el suelo en el que asentaba mis botas sin, la luna iluminaba lo suficiente, pero eso solo fue en las dos primeras horas. Una nube tan negra como una mancha de tinta cubrió el cielo sumergiendo el lugar en una oscuridad absoluta. No podía dejar de mirar al firmamento, sorprendido vi una esfera de fuego que caía muy cerca de donde me encontraba, nunca había visto un proyectil de esas características. Al principio supuse que era un avión de combate cubierto en llamas, pero muy pronto lo descarté, ya los había visto caer en la oscuridad y no se parecían en nada.  Pensé en una nueva arma alemana, de las que tanto se había hablado, la llamada “arma milagrosa” que  los enemigos tenía reservada para su última defensa y con la que revertirían el rumbo de la guerra. Sustraje de mi morral una máscara anti gas, era pesada y horrible, muy probablemente de las utilizadas en la primera gran guerra. Me cubría toda la cabeza. Al frente tenía dos espejuelos esféricos enmarcados con gruesos bordes de bronce, y un pronunciado pico con dos purificadores de aire en ambos lados.   Me lancé al suelo con el estómago pegado a la tierra. Supuse que aquel bólido que pronto aterrizaría tenía que ser muy poderoso, produciendo una enorme onda expansiva de fuego y gas venenoso o simplemente convertiría en polvo todo a su alcance. Me abrazó el miedo como nunca lo había hecho, busqué consuelo en una muerte  instantánea.  Sentí el temblor debajo mi cuerpo al impactarse el artefacto, pero no hubo detonación ni onda expansiva, solamente el crujido de algunos pinos partiéndose a la mitad.

    Esperé por un tiempo, posiblemente fue poco más de una hora, me puse de pie con la intención de alejarme del lugar, pero una inexplicable curiosidad se apodero de mí. La luna llena acechaba de nuevo detrás de la oscura nube. Caminé en el bosque lentamente, sin  rumbo específico. En algún momento ingresé a lo profundo de una neblina muy densa. No tardé mucho en percatarme de un silencio absoluto, no hubiera tenido idea de hacia dónde dirigirme si no fuera por una luminosidad que provenía del sitio del impacto. Era un cráter de unos tres metros. En su interior se encontraba lo que parecía  un líquido espeso que a pesar de su aparente densidad se movía muy rápido en forma de espiral. Era oscuro, pero por momentos tomaba un todo azulado, no era como si ese color se reflejara de afuera, más bien parecía provenir de su interior. De aquella mole centellaban miles o millones de luces plateadas.

¿Que si me asusté? ¡Seguro que sí…! debí quedarme paralizado durante un tiempo muy prolongado,  pero la noche se sentía estática y no avanzaba. 

En algún momento pensé que lo que vi caer había acabado conmigo al instante y ahora caminaba atreves de la muerte. Otra posibilidad más aterradora es que el “arma milagrosa” hubiera expulsado un gas con capacidad de por los filtros de mi vieja máscara y que en pocas horas causara demencia entre los aliados. Si fuera así, yo, en ese momento, estaba inconsciente mirando un charco de lodo esperando que una bayoneta alemana atravesara mi cuerpo.  Tomé mi revolver, y sin quitarme la  máscara anti-gas, coloqué el cañón bajo mi mentón y apreté del gatillo,  no sé si se trabó y no le quité el seguro. Creo que la ansiedad extrema me hiso tomar una decisión contraria a la sobrevivencia. Arrojé el arma al suelo, me incliné para estar más cerca de aquello que seguía girando, no era un charco de lodo, de eso podía estar seguro, parecía un pedazo de cielo estrellado. Estiré mi  brazo para tocarlo, pero después ya no pude recordar más.

 Dicen unos compañeros de la unidad terrestre que me encontraron inconsciente en un claro en el bosque, que mi paracaídas no abrió lo suficiente y que mi impacto en el suelo fue muy fuerte, decían que tenía puesta la máscara anti gas, que seguramente me la había colocado en el descenso.

El joven pasante de medicina escuchaba muy atento la historia del hombre que se encontraba postrado en la camilla del sanatorio militar. Tomaba notas de los militares que después de estar en combates eran reportados como síntomas que en décadas anteriores le llamaban locura de trincheras y que en ese momento se consideraba estrés postraumático o simplemente estrés de guerra. Los efectos físicos iban de la ceguera temporal a temblores incontrolables sin razón biológica alguna.

En el área psicológica, la mayoría de los soldados entrevistados narraban momentos de sus infancias o contaban historias sin sentido. Para el doctor aquella historia, si bien era delirante, le había parecido algo entretenida. El medico tomó la bitácora que se encontraba atada a la cama y observó el diagnóstico: estrés postraumático, posible desmayo por el fuerte impacto con la tierra. El paciente, un joven de 19 años, había sido tratado con heroína como sedante media hora atrás. En ese momento un militar de rango medio se acercó al médico y en voz baja le dijo: — Tome sus precauciones, se reportan aviones de combate que han entrado al área de seguridad en la que estamos y nuestras baterías anti áreas están teniendo dificultades para detener las naves. — El médico le respondió —Gracias, estaré al pendiente. — El militar se retiró y el médico nuevamente se dirigió a su paciente.

— ¿Cuándo fue su accidente?

—Hace dos noches, pero ayer, después de que oscureció, me escapé del sanatorio, solamente me bastó con ponerme una bata médica, tuve que regresar al lugar para cerciorarme de lo que había visto.

—Es muy poco probable, estamos a más de sesenta kilómetros de donde lo encontraron y desde anoche se registran intensos combates en el área. — El soldado dijo en voz baja —Sé que estuve ahí. — El médico le dijo — Muy pronto te pondrás bien, no tienes heridas, pediré que te dejen descansar al menos un par de días. Con suerte  ya no entrarás de nuevo en combate, algunos generales no le dan más de dos meses a la rendición del enemigo. Los rusos ya están en las afueras de Berlín. El soldado contestó —La guerra se ganará en diecisiete días, pero no se rendirán, ni tampoco nosotros tomaremos Berlín.

El médico no pudo evitar una sonrisa mientras le decía — Además de tener una extraña historia  ¿haces predicciones sobre el futuro? — El paciente, con rápidos movimientos en las manos y expresividad en los ojos, dijo. —Amigo, el tiempo es solo una invención de la conciencia, pasado y futuro, todo ya ha ocurrido al mismo tiempo que todo está sucediendo en un presente eterno… por favor, anota en esa bitácora que tienes en las manos lo que te voy a decir, te servirá de mucho…

El médico le respondió —El tiempo es como una flecha, solo avanza hacia adelante, las manecillas de los relojes no se detienen ni caminan hacia atrás—.

El medico llenó un formulario en la bitácora. En silencio se dio su tiempo para escribir su informe. Le preguntó al soldado.

— ¿Tienes algo más que agregar?

—El pedazo de cielo que cayó en el bosque disminuyo su tamaño, cambió de forma. Era esférico, muy parecido a una pelota de golf —. El medico quiso explicarle que su mente había bloqueado algunos hechos reales, para sopesar una situación estresante. Pero en ese   momento se escucharon las alarmas anti aéreas. Por los altavoces se anunciaba un ataque aéreo en los próximos minutos. El médico le dijo al paciente.

—Tú puedes moverte, metete bajo la camilla, es de acero, posiblemente salgas con vida de esta situación, en lo que a mí respecta no creo que la guerra termine en diecisiete días. El paciente le gritó, ya que el sonido de las sirenas se había intensificado.

—No salgas del sanatorio… métete bajo la camilla. — El médico no ignoró, en lugar de ello corrió hacia donde se dirigían los militares que iniciarían  la defensa. Ya estando bajo la camilla, el soldado apuntó con el dedo al médico mientras le gritaba.

—Estaremos los dos sentados frente a una pequeña mesa tomando café de Etiopía. Y tú me dirás “no estabas loco como creí durante tanto tiempo”.

El medico salió a paso muy ligero al exterior del sanatorio, sobre él, en el cielo, se veía venir un avión de combate, el  motor sacaba un espeso humo negro y una inmensa llamarada en una de sus alas. Pero la nave aún mantenía en uso el potente fuego de su cañón principal. El médico se detuvo sin saber qué hacer. No era un militar, tan solo era un joven de veinte años pasante de medicina que había sido reclutado para servir en los sanatorios levantados cerca de las líneas de combate. El suelo que tenía delante de él se fue abriendo violentamente por el impacto de las balas. Supuso que el piloto alemán haría su última maniobra, se inmolaría llevándose a la mayor parte de enemigos posibles, en segundos,  metros a la redonda se convertirían a lo más parecido al centro del infierno. El impacto de los proyectiles llegó hasta los zapatos del médico, las  municiones, capaces de atravesar carros acorazados, se incrustaron en el cuerpo del médico desintegrándolo en cada impacto.

      A partir del último ataque aéreo alemán la guerra había terminado en diecisiete días. Pero ya habían transcurrido treinta y cinco años y el médico seguía viendo su muerte. No eran sueños, eran visiones, realidades muy  tangibles, era como si regresara al mismo lugar y presenciara un hecho que no le ocurrió. Las visiones tardaban un parpadeo, pero ya estando en ellas, el tiempo parecía correr en ritmo real.

   Comenzó a experimentar esta situación cuando regresó a su ciudad. En muchas ocasiones había leído el reporte de los hechos de aquel día. Media docena de naves alemanas habían atacado el campamento donde se encontraba el sanatorio. Un avión se había inmolado creando una expansión de fierros retorcidos, una lámina había golpeado al médico poniéndolo en coma durante una semana, hasta que en un buque hospital en medio del atlántico abrió de nuevo los ojos.

Después de la guerra intentó llevar una vida normal, trabajando en un pequeño hospital y atendiendo pacientes a domicilio; un par de divorcios, miles botellas de ginebra y fuertes dosis de ansiolíticos le habían ayudado a sobrellevar su vida. Pero en los últimos años las visiones de su falsa muerte se habían intensificado, podía escuchar el ruido de las sirenas, el bullicio de los que intentaban ponerse a salvo, el ruido del motor, el olor a diésel quemado… Podía ver su pecho reventando por los proyectiles que después de atravesar su cuerpo seguían su curso y mataban a más personas. Su sangre espesa y oscura derramándose a metros de donde se encontraba.

Con frecuencia se preguntaba y si había muerto y por lo tanto se cuestionaba la realidad que le rodeaba.

Una noche, mientras tomaba las últimas gotas de ginebra de una botella. Tuvo una   visión de minutos antes de su muerte. Se vio a sí mismo  platicando con el que fue su último paciente durante la guerra. El hombre le decía “el tiempo es solo una ilusión, pasado y futuro, todo ya ha ocurrido y  todo está sucediendo en un presente eterno…por favor, anota en esa bitácora lo que te voy a decir”. Se veía a sí mismo hacer las anotaciones que le  dictaban, después rompió la hoja y la introdujo en la bolsa de su pantalón.

Habían pasado treinta y cinco años, ahora estaba próximo a cumplir cincuenta y cinco  y nunca había abierto el sobre de las pertenencias que le entregó el ejército, donde se hallaban los objetos que tenía encima el día que cayó herido. Lo intentó encontrar entre cientos de objetos que tenía en un diván.  Cerca de la media noche ya tenía en sus manos la hoja que en 1945 había arrancado de la bitácora, de su puño y letra se leía, “7 de abril 1985. Departamentos Las guirnaldas # 23. Ciudad Pico de Lomas”. Al médico le pareció extraño que el loco que había atendido le había dado una fecha tan futurista y ¡la dirección! ¿Qué significaba? En poco tiempo notó con asombro que en ese momento era 6 de abril de 1985, estaba a tan solo veinticuatro horas de la fecha que había escrito poco más de tres décadas  atrás. 

La ciudad se encontraba a seis horas en vehículo de donde vivía. El médico reflexionó que había vivido al borde de la locura gran parte de su vida y que las teorías de sus visiones cada vez se hacían peligrosamente más extravagantes, no tenía mucho que perder, un poco de misterio no le caería mal. Con lo que tenía puesto encima salió de su casa para dirigirse a la estación de autobús que lo llevaría a la ciudad mencionada en sus apuntes. Sin duda ese día era el escrito en la bitácora de guerra.

Se encontraba en la ciudad de Pico de Loma. Bajó del autobús. Recorrió los pasillos de la terminal y tuvo una nueva visión: Vio una pequeña lápida con su nombre y la fecha de su muerte, era el día, mes y año en que fue herido durante el final de la guerra. Buscó entre sus bolsillos su medicamento, pero notó que no lo traía consigo.

 Salió de la terminal, se detuvo a observar la ciudad y nuevamente experimentó una visión. Se escuchaba el sonido de un carrete girando y la imagen de la pantalla de una sala de cine, un fotograma en blanco y negro iba pasando muy lentamente. En cada cuadro la imagen de los actores hacía un movimiento que solo se completaba en el siguiente cuadro. Nuevamente regresó a la realidad. Pasó un taxi frente a él y le pidió parada. Ya en el interior del vehículo, le dijo al conductor:

—Departamentos Las guirnaldas, ¿Dónde se encuentran?

—En las afueras de la ciudad.

— ¿Es antigua la zona de Las guirnaldas?

—No, es solo un par de corredores departamentales, yo calculo que tendrán unos veinte años, antes todo ese lugar era un campo, un basurero o ambas cosas, no recuerdo bien. — El medico se decía a sí mismo “¿cómo demonios el loco del sanatorio pudo darme la dirección de un sitio que ni siquiera existía entonces?”.

Poco menos de una hora después, el taxi llegó a su destino. El médico se encontraba frente a una fila de departamentos de dos niveles, entró a uno de ellos y subió al segundo piso. En la primera puerta leyó # 19. Fue caminando lentamente. Los números fueron pasando hasta llegar al 23. Se detuvo frente de la puerta, pensó que si sus nudillos la golpearan cuatro veces, las posibilidades las posibilidades que le esperaban eran tres: la primera, nadie contestaría, entonces se daría la media vuelta y se retiraría; la segunda,  una persona abriría y le preguntaría qué se le ofrece. Diría que se confundió de departamento, daría una disculpa y se marcharía. Y una tercera, poco probable, era que lo recibiera quien lo había citado.

La madera de la puerta sonó en cuatro ocasiones… Pasaron unos segundos y nadie contestó, el medico sintió alivio mientras un sudor helado le caía por la frente. Retrocedió unos pasos,  pero entonces escuchó una voz que le decía, “puede pasar ¿es usted el señor que arreglará el cableado? la puerta está abierta, solo empújela”. El médico  no identificó la voz, nunca la había escuchado, tendría que entrar para decir que se había confundido de dirección y que el señor del cableado llegaría de un momento a otro. Empujó la puerta, la habitación se encontraba vacía a excepción de una mesa pequeña con dos sillas, en una de ellas se encontraba el soldado que atendió poco más de tres décadas atrás. Se veía igual, incluso tenía el uniforme de batalla. Al final de la habitación se veía  una puerta que dejaba pasar por sus cuatro lados una intensa luz brillante que por momentos parpadeaba, al mismo tiempo  que se escuchaba un fluido de electricidad. El hombre de la habitación tenía en su mano una cafetera y sirvió café en dos pequeñas tasas. El médico vio una nueva visión, una mujer de unos cuarenta años con un plumero que limpiaba un sillón. La imagen nuevamente se desvaneció. El hombre que servía los cafés dijo:

—No te preocupes por ella, lo que miras no está sucediendo en este universo, la dama espera a un electricista que en nuestra realidad nunca nació, porque el padre de éste murió en la guerra, fue el militar que te advirtió del posible ataque aéreo. Cada acción toma caminos diferentes y se crean realidades alternas.—

El médico le dijo —Regresé muy dañado de la guerra, ¿Cómo se si tú no eres también una visión que solo está sucediendo en mi mente enferma? — El soldado dijo —Como te prometí—mientras le enseñaba una lata de cafe” —Nos sentaremos en una mesa y tomaremos café de Etiopía, platicaremos y tú me dirás…— El médico dijo en voz baja y pausada “no estabas loco como creí durante tanto tiempo”.

El soldado le dijo —Ven, siéntate conmigo. Pero el médico se mantuvo de pie con el cuerpo paralizado mientras decía.

—Es imposible que esto esté sucediendo. Es tan solo una pesadilla, son mis demonios, son muchos, suelen ser muy poderosos.

—En muchas ocasiones acudiste con un terapeuta, te habrán dicho “enfrenta tus pesadillas o tus demonios…” entonces ven, siéntate y platiquemos.

El médico caminó, jaló una silla y tomó asiento. El hombre que tenía frente aún mantenía el mal olor propio de los heridos en batalla, sudor y pólvora. Le colocó en las manos la taza y movió el café con una cuchara, muy pronto el líquido se transformó en un remolino que dejaba ver en el fondo del recipiente una especie de pequeño agujero negro en la esquina más oscura del cosmos. El médico dijo.

—Estoy seguro que  morí ese día, que mi conciencia se transportó en la vida de alguien quien cree que soy yo…dime que fue lo que sucedió después que tocaste aquel objeto que te encontraste en el campo de batalla.

—Recorrí un bucle dimensional, tú y yo creamos una paradoja espacio temporal, comprendí que todo ya está predeterminado, incluso el futuro. Pero quedamos atrapados entre dos universos y mientras no lo solucionemos cada treinta y cinco años repetiremos los mismos días y vivirás atrapado en recuerdos de otras posibilidades.  Conmigo solo hay dos presentes eternos, el último día que platicamos en el sanatorio y éste,  cuando tocas la puerta en cuatro ocasiones—. El médico miró alrededor, no quiso abundar en lo que escuchaba en ese momento, la realidad en la que creía había perdido todo su valor. Contestó:

— Este lugar no existía hace veinticinco años. ¿Cómo pudiste darme la dirección de este edificio antes de su construcción?

—Entiéndelo. Todo existe desde las primeras milésimas de segundos que se creó el universo.

— ¿Y qué sucedió conmigo en la otra realidad?

 —Los alemanes te hicieron reventar en miles de pedacitos, lo que se encuentra bajo de tu lápida son tan solo media docena de vértebras. Pero minutos antes que murieras se creó el universo alterno, donde solamente saliste herido y te recuperaste, las visiones que ves son realidades alternas.

El soldado chocó la taza de su café con la del médico a forma de brindis y se la tomaron de un solo trago. Se pusieron de pie, el soldado caminó hasta la puerta que irradiaba luz, se abrió, detrás se encontraba un trasformador de celdas ovaladas y plateadas como la parrilla de un carro de la década de los años cuarenta. El soldado dijo.

—en su interior se encuentra lo que vi la noche que descendí del paracaídas, son anti partículas que forman materia oscura, la tocaremos y saldremos de la paradoja, pero después de eso no tendremos conciencia de todo esto. Solo piensa en lo que te voy a decir, no existen malas ni buenas decisiones, somos como fotogramas de una película que todas las noches se trasmiten en un número infinito de pantallas.

Ambos tocaron el generador, la luz se intensificó hasta que su brillo hizo desaparecer el departamento, luego el edificio y la ciudad misma.  Después vino una gran oscuridad, zonas aún más negras crearon un vórtice, pronto todo se redujo al remolino que el movimiento circular de la cuchara había formado en la taza de café que momentos antes el médico había tenido en sus manos.

El médico abrió los ojos.  Era el mismo día en que las balas del avión de combate lo partieron a la mitad. Vio la tierra abrirse hacía él. Corrió nuevamente al interior del sanatorio, se lanzó al suelo hasta llegar debajo de una camilla, donde ya había otro hombre resguardado. Se miraron y mientras el avión se desintegraba en el exterior, el médico le dijo: — ¡Tú eres el loco que se encontró un trozo de cielo en el campo de batalla!

El médico caminaba por los pasillos del segundo piso del edificio Las guirnaldas, sintió una fuerte presencia de deja vú, como si este recorrido ya lo hubiera realizado en más de una ocasión. Los números seguían pasando a su costado derecho: 19… 20… 21… 22… 23… Se detuvo, sabía cuál era el departamento, pero decidió tocar en cuatro ocasiones la puerta del 22. Pasaron unos minutos y nadie contestó. En ese momento vio venir a pasos ligeros a un hombre con una caja de herramientas, se saludaron con un movimiento de cabeza. El recién llegado golpeó la puerta con el número 23, ésta se abrió y se asomó una mujer que le decía “pase por favor, le estaba esperando”.

La puerta del número 22 se fue abriendo muy lentamente, como si el aire la empujara, el médico entró rápidamente, en el cuarto solamente había un sillón donde se encontraba un hombre con traje militar, tenía la cara cubierta completamente por una máscara anti-gas, tenía dos lentes esféricos enmarcados por gruesos anillos de bronce y en el frente dos grandes filtros de aire. En el cuello tenía colgado un amuleto, era como una canica oscura.  El médico dijo:

—El edificio es el bucle, tú trajiste la materia oscura.

—Amigo, el fotograma donde se concentran nuestras vidas se detuvo, ya no sigue corriendo sobre la pantalla.


Este texto forma parte de la colección de cuentos El trasformador cósmico. Historias de bucles en el es

pacio tiempo.


Iván Noé Espadas Sosa nació en Cacalchén, Yucatán Es Licenciado en educación media y fue maestro de la Escuela de Escritores «Leopoldo Peniche vallado»; actualmente es instructor en el Centro de Apoyo para la Investigación Histórica y Literaria de Yucatán. Ha publicado Hora Cero, narrativa breve (Cuentos), editorial Unas Letras, 2002; El nido del cuervo y Sin lugar en la tierra (novelas) en el Fondo Editorial de la Dirección de Cultura de Mérida y CONACULTA, 2014; así como La Perra que conoció el mar. (Antologador) en e Fondo Editorial de la Dirección de Cultura de Mérida, 2020.

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