La carta perdida (Comedia dramática en dos cuadros) | Leopoldo Tommasi López

PERSONAJES, según su aparición:

ISIDRO (58 años)

AMALIA (28 años)

ERNESTO (30 años)

Época actual. En la ciudad de México. Derecha e izquierda, las del espectador.

 

CUADRO PRIMERO

(Cuarto modestamente amueblado: algunas sillas, un armario con pequeñas cajas de cartón y una mesa que, además, sirve de escritorio. A pesar de haber puertas a derecha e izquierda, la única practicable es la del foro. Hay un teléfono de pared, en sentido opuesto a la mesa.

Al levantarse el telón, la escena está sola y en penumbra. Poco después suena repetidamente el teléfono. Silencio. Se abre la puerta: es Isidro, que entra con cierta dificultad, porque trae una pila de cajitas de cartón con variadas mercancías: dulces, chocolates, chicles, cacahuates, etc. Viste con sencillez, pero con pulcritud. Deja las cajas en la mesa, estira los brazos y se frota las manos para desentumecerlas. Enciende la luz. Cierra la puerta. Se quita el saco, que cuelga en el respaldo de una silla, y se sienta en ella, junto a la mesa. Desata las cajas y saca de éstas su contenido, que selecciona y cuenta. En una libreta hace anotaciones. Llena de nuevo algunas cajas, las cierra y las lleva al armario, del que toma otras que pone sobre la mesa. Suena de nuevo el teléfono. Isidro descuelga el auricular).

ISIDRO: ¿Bueno?… Sí, él mismo habla… Mande usted, don Javier… (Pausa breve). No, señor; ya sabe usted que todo lo que encontramos lo entregamos en la administración… ¿Una carta?… ¿Un sobre con documentos importantes? No, no recogimos ningún sobre… Lo hubiéramos visto, aun entre tanta basura… (Pausa). Eso pudo haber ocurrido, pero la basura, como usted sabe, la incineramos después del aseo… (Pausa más larga). No, no ha venido nadie a verme, al menos durante el poco tiempo que llevo aquí… Bueno, si viene le diré lo mismo… No tiene usted por qué darme las gracias… Sí, señor, para servirle, como siempre… (Cuelga el auricular. Con cierta nerviosidad toma un sobre de su saco, del que extrae una carta que lee con ligero temblor en las manos. De nuevo la guarda y se pone el saco para estar seguro de tenerla cerca. Después de cavilar un momento, se sienta y reanuda su labor, que realiza con visible preocupación, casi maquinalmente. De pronto se levanta, toma la carta y trata de esconderla en algún lugar: en el armario, en los muebles, detrás de algún cuadro; pero considera que con él está más segura y protegida, y vuelve a guardarla en el bolsillo interior de su caso. Se sienta y continúa seleccionando la mercancía y anotando en su libreta. Se oyen golpes a la puerta. Se estremece ligeramente. Se levanta y con rapidez esconde la carta, debajo de alguna caja del armario, y abre la puerta.) Dígame usted, señora…

AMALIA: (Sin entrar). Deseo hablar con el señor Isidro…

ISIDRO: Yo soy, y estoy a sus órdenes. Pase usted. La esperaba.

AMALIA: (Entra. Viste con elegancia y lleva un bolso grande). ¿A mí?

ISIDRO: Hace un momento me llamó por teléfono don Javier, el administrador del cine, y me anunció la visita de usted… Pero siéntese, por favor.

AMALIA: No, gracias. Sólo deseo saber si encontró usted en el cine…

ISIDRO: (Interrumpiendo). Ya informé a don Javier que no encontramos la carta que usted busca.

AMALIA: Perdone mi curiosidad: ¿cómo sabe usted que es una carta? Al administrador pregunté por un sobre con documentos importantes.

ISIDRO: (Ligeramente turbado). Perdón, señora. Eso mismo me dijo don Javier… Pero no encontramos ese sobre con documentos importantes, que dice usted haber perdido. Los cuatro mozos que hacen la limpieza en el cine, bajo mi vigilancia y responsabilidad, son personas honradas y las conozco desde hace años. Cuando encuentran algún objeto me lo entregan inmediatamente, y yo, a mi vez, lo deposito en la Administración. Pero esta mañana, como muchas otras, no había más que basura, cáscaras, palomitas de maíz, bolsitas apachurradas…

AMALIA: ¿No es posible que alguno de esos mozos que hacen la limpieza, hubiera encontrado mi carta?…

ISIDRO: ¿No me decía usted que no era una carta, sino un sobre  con documentos importantes?

AMALIA: Sí, esa es la verdad. Es una carta la que busco. Debió de caérseme al abrir mi bolso.

ISIDRO: ¿Está usted segura de haberla perdido en el cine?

AMALIA: ¡Segurísima! Cuando Marta, una amiga mía, pasó por mí para ir al cine, acababa yo de recibirla, y la guardé en mi bolso… en éste precisamente.

ISIDRO: ¿Importante?

AMALIA: ¡Muchísimo! No imagina usted la importancia que esa carta tiene para mí…

ISIDRO: ¿Por lo que le ofrece o por lo que le pide?

AMALIA: (Con fingida coquetería, para agradar). Por ambas cosas. Dígame la verdad, ¿la encontró usted?

ISIDRO: Ya que me pide usted la verdad, debo decirle que sí se encontró.

AMALIA: ¿Usted la tiene?

ISIDRO: No vaya tan aprisa. Puede que sí y puede que no…

AMALIA: (Suspirando con alivio). ¡Gracias a Dios! ¡Si supiera usted lo aliviada que ahora me siento!… ¿Me la quiera dar?

ISIDRO: ¡Oh, eso no!

AMALIA: Es mía. A mí me pertenece únicamente.

ISIDRO: A mí también, por haberla encontrado.

AMALIA: Suya sería si yo, como su legítima dueña, no la reclamase. Démela, por favor. Para usted no tiene ningún interés conservarla.

ISIDRO: Esa es una hipótesis nada más.

AMALIA: Tengo el derecho de exigírsela.

ISIDRO: Pero yo no tengo la obligación de dársela.

AMALIA: Un elemental sentido de moral lo obliga a usted a devolvérmela.

ISIDRO: De eso quiero hablarle: de moral, aunque no precisamente en su aspecto elemental.

AMALIA: Déjese de palabras. La carta me pertenece, es sólo mía. (En un arranque de impaciencia). No me obligue usted a llamar  a la policía.

ISIDRO: Sería inútil su intervención, porque la carta fue incinerada con la basura.

AMALIA: (Violenta). ¡Miente usted!

ISIDRO: Ni usted ni la policía podría probar lo contrario.

AMALIA: (Serenándose). Perdóneme… Estoy segura de que usted la tiene. Dígame la verdad, de una buena vez.

ISIDRO: Y si yo la tuviera, ¿qué? ¿Sería usted capaz de quitármela a la fuerza?

AMALIA: (Deseosa de terminar cuanto antes). ¿Cuánto quiere por ella?

ISIDRO: ¡Oh, no señora! Para mí el dinero no tiene ya importancia. Los secretos no se justiprecian por el número de palabras, sino de manera estimativa, por cuanto comprometen el honor de una persona.

AMALIA: (Como si no hubiera entendido). Le daré cincuenta pesos. (Abre su bolso y saca de él algunos billetes). Para no andar con regateos, aquí tiene usted cien pesos.

ISIDRO: ¿En tan poco aprecia el contenido de esa carta?

AMALIA: (Violenta). ¡Ya me esperaba yo este chantaje! No me negará usted que es muy vulgar su actitud. ¡Acabemos de una vez! ¿Cuánto quiere?

ISIDRO: Nada… en dinero. Se la daré graciosamente cuando haya escuchado lo que quiero decirle.

AMALIA: ¡No saldrá usted ahora con que quiere aconsejarme!

ISIDRO: Ese es, precisamente, mi propósito.

AMALIA: Y si yo le dijera que no necesito de sus consejos…

ISIDRO: Necesita recuperar la carta… ¡eso es todo!

AMALIA: Pues démela, y quedemos tan amigos.

ISIDRO: Nunca lo hemos sido y temo que jamás lo seremos.

AMALIA: (Endulzando la voz, con intención). Se lo suplico. ¡Deme esa carta, por lo que más quiera!

ISIDRO: No sin que antes me escuche.

AMALIA: Le daré doscientos pesos…

ISIDRO: Es inútil, señora, que pretenda sobornarme.

AMALIA: (Conteniendo su impaciencia). Yo esperaba que todo esto fuera más sencillo.

ISIDRO: Sencillos fueron, hasta hoy, los cientos de casos que hemos tenido en el cine. Ayer nada menos, para no ir muy lejos, entregamos un gorro de niño y un pequeño bolso de mujer. No hace muchos días, un arete de brillantes, y en otra ocasión un reloj de pulsera. ¿Y dinero?: con suma frecuencia. Sólo que éste, paradójicamente, nunca es reclamado, por razones obvias. Tratan de recuperar los objetos, lo mismo un diamante que un gorrito de dos pesos. Y siempre los entregamos. Hemos intentado, por curiosidad, efectuar ciertas estadísticas, con resultados muy curiosos. Por ejemplo: cuando se pasan películas de vaqueros, son los niños los que dejan sus gorritas y otras prendas de vestir; cuando son películas truculentas, los hombres dejan olvidados sus guantes, sus sombreros, a veces su dinero al sacar el pañuelo, y cuando el programa es de películas francesas o italianas, de las que tienen un poco de morbosidad y mucho de desnudez, son las mujeres las que pierden sus alhajas, por una caricia imprudente y contagiosa. A pesar de estas pequeñas observaciones, lo único efectivo es que la gente extravía sus cosas en cualquier día del año y en cualquiera parte. Son distracciones que todos cometemos de vez en vez. Cuando no encontramos lo que se extravía es que alguien del público, después de la función, lo encuentra y se lo lleva. Pero lo que nosotros recogemos, llega a sus verdaderos dueños sin más trámite que una simple identificación…

AMALIA: (Saca de su bolsa su licencia de automovilista). ¿Cómo ésta?

ISIDRO: (Sin tomarla ni verla siquiera). No es la identidad de la persona, porque ésta no comprueba la legítima propiedad, sino la identificación de la cosa extraviada. Si se tratase de una alhaja, por ejemplo, tendría usted que decirme el número y quilates de sus piedras, clase de éstas, estilo de la montura, etc.

AMALIA: ¿Y si es una carta?

ISIDRO: Casi todas las cartas entre un hombre y una mujer… (Toma unas tabletas de chocolate y le ofrece una a Amalia, quien la acepta y saborea distraídamente). Pruebe usted y verá que son muy sabrosas. Pero siéntese, por favor. (Amalia se sienta). Decía yo que casi todas las cartas que se cruzan entre un hombre y una mujer, llevan un mensaje de amor: unas esconden un suspiro, otras llevan un perfume, algunas, muy pocas, la expresión del rencor o del odio. En ellas se dice lo que no puede decirse con los labios o con el corazón. En ellas se ofrece poco o se pide mucho, al calor de un recuerdo o al fulgor de una esperanza. Unas son indiscretas y otras prudentes y respetuosas; unas apasionadas y otras reflexivas, pero casi todas hablan de amor. (Pausa). En nuestro caso, no hace falta que usted me diga su contenido, porque habría rubor en usted y temblor en sus palabras. Sería suficiente que me dijera la fecha de la carta, el estilo de su letra, el vocativo… ¡Oh, señora, el vocativo! ¡Es muy interesante, elocuente y comprometedor, porque no es igual decirle a una mujer casada «muy señora mía» o «señora de todo mi respeto», que «cachito de cielo» o… «Amalia de mi alma».

AMALIA: (Tira el resto del bombón sobre la mesa, se pone en pie con rapidez y adopta una actitud enérgica). ¡Es usted un majadero! He tenido la paciencia de escuchar cosas que no me interesan ni pueden interesar a nadie. Diga de una vez lo que desea, lo que se propone… Pero, ¿cómo sabe usted que me llamo Amalia, y cómo sabe que soy casada?

ISIDRO: Por la carta, señora. Recordará usted que dice «Amalia de mi alma: No quisiera que tu marido se sintiera burlado»…

AMALIA: Vivo separada de mi esposo desde hace algunos años, por lo que me considero libre y tengo el derecho de hacer de mi vida lo que más me plazca.

ISIDRO: Tampoco es exacta esa afirmación. Si estuviera usted en ese caso no le preocuparía a su futuro amante que el marido de usted pudiera «sentirse burlado». Y el vehemente deseo que tiene usted de recuperar su carta me hace deducir que sí vive usted con su marido.

AMALIA: Y si eso fuera verdad… ¿qué le hace presumir que el autor de la carta es mi futuro amante, y no mi amante?

ISIDRO: Eso se entiendo cuando dice la carta: «y así estaremos juntos por primera vez»… Además, señora, si ya fuese su amante, no reclamaría usted la carta con tanto temor e insistencia. Si usted fuese ya su amante, esa carta ya no tendría para mí la importancia que tiene.

AMALIA: (Nerviosa, impaciente y enérgica). ¡Esto ya es el colmo! No comprendo su actitud ni sospecho su interés… ¿Qué es lo que usted desea?

ISIDRO: Tan sólo pretendo evitar…

AMALIA: (Interrumpiendo). Ahora me va usted a dar lecciones de moral, a enternecerme, a predicar sobre la fidelidad conyugal ¿no?

ISIDRO: La fidelidad conyugal es un tesoro inestimable, cuyo precio y sentido de responsabilidad se debilita y se siente amenazado durante un corto período —a veces llega antes y casi siempre después—, en los primeros años del matrimonio. Lo importante es saber cuándo comienza esa «calentura», esa crisis, para evitarla a tiempo o para curarla con la voluntad y con el pensamiento. Nunca falta un motivo pueril, intrascendente, en la vida conyugal, para justificar el deseo de una extraña aventura, que siempre es peligrosa. Detenerse al borde del abismo, pero detenerse al fin, evita muchos sinsabores y salva el honor y la existencia del hogar… ¡Tal parece que a usted le comienza a hervir la sangre en las venas!

AMALIA: Entonces, lo que usted pretende es que renuncia a un amor, que para mí es el verdadero.

ISIDRO: Siempre creemos que el último amor es el verdadero. Pero en usted no es más que una aventura, por más que la barnice de romanticismo. Esto es lo que yo trato de evitar.

AMALIA: ¡Sólo esto me faltaba! Me molesta seguir discutiendo con usted. ¿No lo comprende? Si no quiere darme la carta, ¡allá usted! Ya no la quiero. Se la regalo, pero no me obligue a seguir escuchándole, porque no vienen al caso tantas y tan inútiles palabras. (Hiriente). ¡Tal vez mi esposo le pague a usted por ella más de lo que yo le he ofrecido!

ISIDRO: ¡Señora, no me obligue usted a faltarle al respeto! No le permito…

AMALIA: (Reaccionando, como último recurso). ¿Me la daría por quinientos pesos? Más no puedo ofrecerle. Démela usted, se lo suplico. La verdad es que me horroriza pensar que mi esposo pudiera enterarse…

ISIDRO: Siéntese y escúcheme. (Amalia se sienta junto a la mesa). Puede usted tomar de aquí lo que guste. A veces un bombón o una pastilla de chicle ayudan a sosegarnos. Tome. (Le ofrece).

AMALIA: (Tomando el dulce que le da Isidro). Gracias. Puede usted hablar, si tanto le place, pero le suplico que sea lo más breve posible, porque no dispongo de mucho tiempo.

ISIDRO: Yo tuve una hija, señora, menos guapa que usted y mucho menos inteligente, pero con un partido extraordinario entre los hombres, quizás por su simpatía, por su gracia espontánea, por su alegría constante. Todos la buscaban para prodigarle mimos, atenciones… Y un día se casó como tenía que ser, porque el matrimonio es un alto y noble destino en la mujer. Se casó con un ingeniero de minas. Los primeros años, como es lo común, fueron muy felices. Después vino en ella el deseo de traicionar a su esposo, que luchaba valerosamente para satisfacer todos sus caprichos y hacerla feliz. Mi hija sufrió esa calentura de que hablábamos antes, ese delirio que la impelía a buscar los labios de otro hombre. Si algunas de sus amigas lo hacían, ¿por qué había de ser la excepción?… ¡Esa es la verdadera serpiente tentadora del paraíso bíblico, y no la que han descrito y pintado los más grandes genios del arte! Dios no hizo al primer hombre de barro, sino de serpiente. ¡Oh, señora, no imagina usted las consecuencias terribles, trágicas, a veces sangrientas del adulterio!…

AMALIA: (Con ironía). El hombre lo hace con harta frecuencia, y no se le condena.

ISIDRO: Sin dejar de tomarse en cuenta que la constitución física y fisiológica del hombre es diferente y superior a la de la mujer, la sociedad es en parte responsable al consentir y, a veces, autorizar el adulterio del hombre. Pero no olvide usted que el buen cristiano, el fiel católico, no debe nunca romper el hilo de oro de la mutua fidelidad conyugal. Ninguno de los dos debe escapar al desprecio y la censura. Sin embargo, en la condenación del adulterio de la mujer, más que el egoísmo masculino, está en juego la necesidad de la limpieza social, ya que es la familia la base de la sociedad. Pues bien: mi hija no traicionó a su marido, por la bendita y afortunada intervención de un amigo…

AMALIA: ¿Y eso mismo quiere usted hacer conmigo?

ISIDRO: Sí. Me siento obligado. Es mi deber aprovechar esta oportunidad para pagar lo que alguien hizo por mi hija, a pesar de que ésta no tenía la belleza ni talento, y de que su esposo, por imperativos de su profesión, vivía lejos de su hogar… (En un arranque de emoción). ¡No vaya usted a la cita, señora! (Ante una protesta que inicia Amalia). La carta lo dice: «Te espero a las 5 en mi estudio»… No sé si se trata de un pintor, escultor o arquitecto, por lo del estudio; pero esto no importa. ¿Allí la espera la serpiente del adulterio, la verdadera y única serpiente de la tentación!…

AMALIA: (Con dignidad). ¿Qué se imagina usted? ¿Qué soy una mujer cualquiera y fácil?

ISIDRO: Si usted lo fuera, no había venido a reclamar una carta que tanto peligro encierra y tanto la compromete.

AMALIA: (Se pone en pie, con violencia). ¡No he venido para oír sus consejos, ni para que usted me ofenda con la invención de la historia de una hija, como ejemplo de moral!

ISIDRO: (Con decisión y energía). Pues  haga usted lo que quiera. Darle un buen consejo es ayudarla a vivir con dignidad, es contribuir a conservar su hogar limpio y decente, sin nubes que presagien la tormenta ni heridas que hagan sangrar al corazón. Parece que usted vive en una torturante indecisión, entre el deseo de pecar y el repudio del deseo. No olvide que no hay mejor consejera que la prudencia, ni camino más feliz y seguro que el de la conformidad con nuestro destino. Cada mujer supone que «su» caso es único, el más dramático o sentimental. Todavía está usted a tiempo para salvarse de ese peligro en el que se cae una sola vez para no levantarse nunca, porque la impunidad crea la costumbre, y el castigo, si lo hay, suele hundir más en el abismo a la mujer que ha caído. Si fuese usted una cualquiera, no me importaría su caso. Pero usted posee cualidades y virtudes que envidiarían muchas otras mujeres, y un hogar honesto y respetable. Estoy seguro de que esta sería su primera aventura, precisamente la que debe evitar. ¿Se da cuenta de lo quiera hacer, porque le falto el valor suficiente para negarse? ¡No sea usted insensata!…

AMALIA: (Furiosa, después de contener su impaciencia). ¡Basta ya! ¿Qué le importa mi vida y lo que quiero hacer de ella? No sabía yo que tuviera usted la morbosa costumbre de fiscalizar la vida ajena. Soy responsable de mis actos. Haré lo que me venga en gana. ¡Es inútil detenerme, como inútiles son sus palabras… y sus tonterías! (Inicia el mutis).

ISIDRO: (Dramáticamente desesperado). ¡No, no vaya usted, señora, se lo ruego! (En un instante corre hacia la puerta y la cierra con llave). ¿No ha pensado usted en que puede tener un hijo?… ¡Oh, señora, no conoce usted la tragedia de un hijo cuando se tiene esposo y amante al mismo tiempo! ¿No ha pensado en que, por ventura, lleve usted ya en las entrañas el hijo de su marido? (Amalia, por impulso natural, se cubre el vientre con las manos). ¡No! ¡No lo hará usted!… ¡Tengo el derecho de prohibírselo! (Se dirige rápidamente al teléfono). ¡Antes, se lo diré yo a Ernesto!… (Descuelga el auricular y se dispone a marcar un número, con visible temblor en las manos).

AMALIA: (con asombro). ¿Qué dice usted?… ¿Cómo sabe que Ernesto es el nombre de mmi esposo?

ISIDRO: (Desconcertado, deja el teléfono). Perdone, señora, mi imprudencia… pero conozco a su esposo. (Vencido, con amargura, pero con dignidad). Ernesto es mi hijo…

AMALIA: ¡Miente usted! Este es otro de sus embustes. Dígame que no es cierto, que sólo es amigo de mi esposo…

ISIDRO: Es la verdad, aunque sea triste y, para usted, inexplicable. No hubiera querido decírsela, porque es una verdad llena de incomprensiones, de lágrimas y de amargura.

AMALIA: (Serenándose). No puedo creerlo. El padre de Ernesto murió hace mucho tiempo.

ISIDRO: Eso es lo que Ernesto seguramente le dijo, pero no es cierto. Tal vez le haya dicho algo más; por ejemplo, que su padre se suicidó.

AMALIA: En efecto, hace quince años…

ISIDRO: Ernesto es mi único hijo, y su santa madre fue la ilusión más grande y la única mujer en mi vida. Ernesto era su más preciado tesoro. Pero ella murió; mejor dicho, yo la maté sin querer, ¡sólo Dios lo sabe! Fue un accidente automovilístico, poco antes de llegar a Guadalajara, y del que yo salí —no sé si por desgracia o por fortuna—, con simples contusiones. Ernesto nunca aceptó esta versión. Parece que le oigo todavía, gritando: «¡Tú la mataste!… ¡Tú la mataste!…» Y no; ni siquiera fui culpable de imprudencia como lo reconoció el juez en el proceso. Pero la muerte de ella, si para mi hijo fue irreparable, ya puede usted imaginarse lo que significó para mí…

AMALIA: ¡Ernesto estaría loco!

ISIDRO: Casi lo estaba, señora. Lo explican algunas circunstancias anteriores. Por ejemplo, él sabía que su madre tenía celos de una compañera de trabajo en mi oficina, una mujer muy bella que fue mi primera novia, divorciada pocos meses antes. Coqueteaba conmigo y yo, por vanidad, dejaba creer que entre nosotros había algo más que una desinteresada amistad…

AMALIA: No era motivo suficiente para que Ernesto adoptara esa actitud intransigente.

ISIDRO: En Ernesto, la pubertad le había intensificado el complejo de Edipo. La intensidad comenzó a manifestarse por una sensitiva predilección en favor a su madre y, en consecuencia, por una irrespetuosa rebeldía contra mí. Este complejo se agigantó con vehemencia, casi a punto de convertírsele en sicosis, que le habría perturbado la razón. Sus celos y su angustia llegaron al paroxismo cuando supo las circunstancias de la muerte de su madre. Y todo su odio y su rencor hicieron blanco en mí, a pesar de mi prudencia… Yo residía en Guadalajara, y a Ernesto lo había internado aquí, en la Capital, en un colegio, donde sus catorce años serían mejor aprovechados, con un control de su conducta que no quería recibir de mí. Me despreciaba, rechazando la pensión que puntualmente le enviaba. Para él yo también había muerto. Heredó de su madre la pasión de los celos, y llevaba dentro de sí escondida la tragedia de ese maldito complejo, que nunca antes le descubrimos, por ser hijo único.  Así llegó a pensar que fuera yo capaz de cometer en su madre el monstruoso crimen al que jamás me atreví ni con el pensamiento… Sufrí en silencio el dolor de perder también a mi hijo. (Pausa, en la que Amalia se sienta e Isidro se enjuga una lágrima). Un día, desapareció de esta ciudad. Lo busqué por toda la república, inútilmente. Supe, por la policía, que se había ido a los Estados Unidos, a estudiar ingeniería. Fui a buscarlo, pero se negó a reconocerme como padre y no quiso hablar conmigo… Había yo gastado todo cuanto tenía en esfuerzo y en dinero; había yo perdido a mi esposa… ¡y a mi hijo! Ante su duro e injustificado reproche, preferí alejarme y desaparecer de su vida… Vine a México, y cinco años después regresó Ernesto. Cuando lo supe quise verle, vivir a su lado. Toda tentativa fue inútil. Así recorrí el triste y largo camino de la resignación (Pausa). Más tarde supe que se había casado con usted. ¡Cuántas veces señora, sentí humedecerse mis ojos y una emoción extraña, cuando les veía entrar en el cine donde trabajo, cogidos de la mano como dos novios! Él siempre evitó verme, y usted no me conocía… Y aquí me tiene en cuerpo y alma, con la única alegría triste, que es el trabajo, y la única tristeza alegre, que es la esperanza… Soy jefe de limpieza diaria del cine, trabajo que desempeño durante las horas de la mañana, y tengo una dulcería en el vestíbulo. Yo mismo compro (señala las cajas de la mesa y del armario), y yo mismo vendo…

AMALIA: (Con escepticismo). Es difícil creer lo que me dice, porque en nada coincide con lo que Ernesto me había contado.

ISIDRO: ¿No es usted capaz de descubrir sinceramente en mis palabras y tristeza en mis ojos? Sólo así se dice la verdad… Me consolaba saber que ustedes eran muy felices, y que él la quería a usted con toda su alma.

AMALIA: Pero no es así. Ernesto no me quiere. Y porque no me quiere y a usted, su padre, lo ha tratado de tan injusta y cruel manera, bien merece que yo haga de mi vida lo que se me antoje…

ISIDRO: (Con vehemencia). No, Amalia, no lo haga… Permítame que le diga Amalia, Permítame que le diga Amalia, porque también usted es hija mía. No vaya a la cita, se lo pido de rodillas.

AMALIA: ¡Ha sido un malvado con usted!

ISIDRO: Pero es mi hijo, mi único hijo, el que llevo dentro del corazón.

AMALIA: (Sosegada, vencida, casi con arrepentimiento). ¡Dios mío, si fuera verdad todo esto!

ISIDRO: ¿Cómo quiere usted que se lo jure? Pídame pruebas, pregúnteme lo que quiera…

AMALIA: (Con honda tristeza). ¡Ernesto es tan frío y tan indiferente!…  ¡Si usted supiera!… Para él primero están sus amigos, el estudio, el trabajo. A su lado hay más sombras que fulgores, más noches que auroras, pero sin luna, sin romanticismo. La vida no nos ofrece, como a los demás, el amor más constante, la comprensión más serena, el perdón más oportuno… A su lado, cada deseo se hace imposible, cada caricia se torna en interés, y cada beso se pierde en el silencio de la indiferencia… Mi vida está llena de sinsabores, de inútiles promesas, de inexplicables recelos. A su alrededor todo es humano en su sentido material, y el hombre debe tener algo de Dios y mucho de poeta…

ISIDRO: Pero él la quiere a usted, Amalia. Estoy seguro de que la quiere. Usted es la que ha dejado de ver su cariño y de percibirlo, porque se ha puesto la venda de extrañas inquietudes y ha cubierto su alma con el manto invisible y peligroso de la desconfianza… Recapacite y comprenda que el hombre vive entre preocupaciones y remordimientos. Quítese usted esa venda, arroje ese manto, para reconocer la realidad y ver de nuevo, en toda su justeza, el cariño de Ernesto, para apreciar el inestimable valor de la lealtad…

AMALIA: ¿Debo comprender que Ernesto sufre por todo cuanto le ha hecho a usted, y que lo hace ser distinto el dolor del arrepentimiento, que a veces llega cuando no lo deseamos?…

ISIDRO: (Con alegría, sin expresarla demasiado). ¡Eso, Amalia, puede ser eso!… ¿Quiere usted que juntos rompamos la carta?

AMALIA: (Con el último rescoldo de su rebeldía y su rencor). ¡Y si no fuera por eso!… ¡No, Ernesto no se lo merece!… Démela usted, se lo suplico…

ISIDRO: (Interrumpiendo, ante el temor de una obstinada reacción de Amalia). ¡No lo haga por él, sino por el hijo que quizás lleve usted en sus entrañas!…

AMALIA: (Sin querer, discretamente, se abraza el vientre. Se dirige al teléfono y marca un número. Mientras ella habla, Isidro, serenamente orgulloso de su triunfo, quita el cerrojo de la puerta y deja ésta entreabierta).  ¿Bueno?… Deseo hablar… sí, reconocí tu voz… No, no puede ser… No iré hoy, ni nunca… No tengo por qué darte explicaciones… No me importa lo que creas… ¡Lo que importa es todo en lo que yo he vuelto a creer!…

 

TELÓN

 

CUADRO SEGUNDO

(La misma decoración anterior. Al día siguiente y a la misma hora. Como en el primer cuadro, Isidro entra con un montón de cajitas, que deja sobre la mesa. Cuando va a quitarse el saco, recuerda la carta. Con visible nerviosidad se dirige al armario, en el que levanta varias cajas para encontrarla al fin. La guarda en una de sus bolsas, se sienta y comienza a seleccionar la mercancía y a anotar en su cuaderno. De pronto tocan a la puerta. Se sorprende. Por instinto esconde la carta en el armario, precisamente, también como en el primer cuadro. Abre la puerta, y retrocede unos pasos al ver que entran Amalia y Ernesto. Éste e Isidro se miran fijamente, durante un momento. A través de sus miradas, que son como un reproche primero y como una caricia después, hay un poema de silencio y de amor).

ERNESTO: (Arrojándose a los brazos de Isidro). ¡Padre!…

ISIDRO: (Estrechándolo sobre su corazón). ¡Hijo mío!

(De los ojos de Amalia cae una lágrima, como punto final).

 

TELÓN



Obra dramática tomada del libro Mis otras manos; et al…; Tommasi López, Leopoldo, Primera edición, 1958; Imprenta Arana; México D.F.  


FICHA BIOGRÁFICA: 

Arquitecto, escultor y dramaturgo. Nació y falleció en Mérida. Fue el mayor de los hijos del escultor Leopoldo Tommasi, cónsul de Italia en esta ciudad de quien aprendió este arte. Más tarde, becado por el Gobierno del Estado, viajó a Madrid con apenas 17 años de edad para dedicarse al estudio de la arquitectura y de la escultura en la Real Academia de San Marcos. Residió en la ciudad de México y luego en Morelia, Veracruz y León donde ejerció la arquitectura. Desempeñó diversos cargos: Subjefe de Obras Públicas durante el gobierno de Carrillo Puerto (1922-1924) y titular de la Dirección general de bellas Artes en la administración 1970-1976. Su tarea como escultor se encuentra representada en el monumento a Felipe Carrillo realizado en 1926 y ubicado en el Paseo de Montejo, y por un busto de Teobert Maler. Como arquitecto es autor del edificio de la biblioteca Carlos R. Menéndez, ubicada en el Parque de las Américas, y junto con Manuel Amabilis construyó el Pabellón de México en la Feria de Sevilla. Obras suyas se encuentran en ciudades como Morelia y León. Como urbanista fue autor de un plano regulador de Mérida, así como de la obra La ciudad de ayer, de hoy y de mañana, que examina la problemática urbanística de Mérida. Como dramaturgo escribió fuego junto al ejido, La carta perdida, Amor y mentira, La fuerza de la ley, La otra costilla de Adán y Mis otras manos, esta última premiada en 1953 por la Sociedad de Amigos del Teatro. Es autor de un libro de crítica pictórica, El feísmo en la pintura contemporánea, en 1936, y colaboró como articulista en el Diario de Yucatán. Fue coeditor de la Asociación Zamná, que publicó diversos títulos yucatecos en la Ciudad de México. Recibió la Medalla Yucatán en 1972


 

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