Eugenia (Esbozo novelesco de costumbres futuras) | Capítulo I | Eduardo Urzaiz

I

Al pasar por los vidrios de la lujosa ventana tiñéronse de rojo, amarillo y verde los rayos del sol; posáronse un punto sobre la blancura de las sábanas y, subiendo con lenta regularidad, llegaron a la cara de Ernesto. Abrió el durmiente los ojos al sentir el picante contacto; cegado por exceso de luz, cerrólos en seguida y se quedó un rato en posición supina, gozando del iefable placer de no pensar en nada, breve tregua al continuo bregar del intelecto, que sólo es posible durante los cortos instantes que preceden o siguen inmediatamente al sueño.

Tras un largo desperezo que hizo crujir todas las articulaciones de su cuerpo, el joven buscó a tientas un botón que en la pared, junto a la cama, había; a la presión de su dedo, un timbre invisible dió diez campanadas graves y una doble, más aguda: las diez y cuarto. ¡Qué tarde! De seguro que Federico, Consuelo y Miguel estarían ya en la calle. En cuanto a Celiana, la infatigable trabajadora, debía haber abandonado el lecho desde muy temprano, con grandes precauciones para no despertar a su amante, pues fría estaba ya en la almohada la huella de su cabeza. Estaría arriba, en el estudio, y probablemente a aquella hora, ya tendía listo el plan de su conferencia de la tarde en el Ateneo.

Despojándose de una especie de kimono de seda en que envuelto estaba, arrojóse Ernesto de la cama y se dirigió lentamente hacia un ángulo de la alcoba donde, ocultos por una cortina corrediza, se hallaban el tocador y la instalación hidroterápica. Reconfortado por una breve sesión de masaje vibratorio automático y una ducha helada, salió a poco, tan ágil y ligero cual si volviese de un mundo ultraterrestre en el cual el esfuerzo muscular y la fatiga fuesen desconocidos por completo.

Ya afeitado, peinado y perfumado, pero aun desnudo, se contempló un momento, con íntima complacencia, en la luna de un gran espejo que ocupaba la pared frontera. Y podía, en verdad perdonársele este rasgo de vanidad, pues su cuerpo era digno de admiración. De estatura más que mediana, tenía las proporciones exactas, el relieve perfecto de todos los músculos y la robustez armónica del Doriforo de Policletes, algo más afinado, su rostro se asemejaba bastante al del Mercurio de Praxiteles, pero con esa expresión del alta intelectualidad que la fisonomía humana ha adquirido tras muchos siglos de civilización. Añádase a esto una cálida tonalidad de salud en la piel, uniforme, sedosa y limpia de vellos superfluos; y se tendrá una idea de lo que era Ernesto a los veintitrés años; un modelo digno de la estatuaria griega y una buena muestra de lo que los adelantos de la Higiene había logrado hacer de aquella humanidad que, varios siglos antes, nosotros conocimos raquítica, intoxicada y enclenque.

Ernesto que —digámoslo de una vez— no tenía oficio ni obligaciones, se vistió rápidamente un sencillo traje, de acuerdo con la estación y con la moda de la época, y se dispuso a salir. Su programa se reducía, por lo pronto, a un paseo en aerocicleta por los alrededores de la ciudad. Renunciaba al desayuno por lo avanzado de la hora, para almorzar más tarde en el Círculo con los amigos; ya se decidiría el empleo de la tarde en la alegre tertulia de sobremesa. Como de costumbre, cenaría en casa, y en la breve y cotidiana velada familiar, grata a todos, discutiríanse el programa nocturno; como casi siempre, irían todos juntos a la diversión elegida, si es que charlando no se les hacía tarde y resolvían quedarse. Empezaba a fastidiarse de lo monótono de su vida y avergonzábale un poco lo inútil que resultaba, comparada con la de sus compañeros, que todos trabajaban, incluso para él.

Gorra en mano, salía ya en demanda de su máquina, cuando se fijó en un sobre de oficio, cerrado que antes no viera sobre el mármol del velador. Celiana debía haberlo recibido temprano y, discreta siempre, a pesar de la intimidad en que vivían, lo dejaría allí sin abrirlo para que él lo viese al despertar. Bastante intrigado por el sello del Gobierno. Ernesto rompió la plica y leyó:

«Al C. Ernesto R. del Lazo.

Presente.

Atendiendo al Superior Gobierno a la robustez, salud, belleza y demás circunstancias que en Ud. concurren, a propuesta de este Bureau, ha tenido a bien nombrarle Reproductor Oficial de la Especie, durante el presente año y con los emolumentos que señala el Presupuesto vigente del Ramo.

Salud y Longevidad.

El Presidente del Bureau de Eugenética.

Dr. Remigio Pérez Serrato

Villautopia, Subconfederación de la América Central

2 de marzo de 2218.

Encontrados pensamientos asaltaron al joven al terminar la lectura de ese oficio. Claro es que no dejaba de halagar un poco su vanidad el ver reconocidos oficialmente sus méritos de hombre perfecto, y que le alegraba la ocasión que se le ofrecía para dejar de ser gravoso a los suyos, a Celiana en particular… …¿Y no sería acaso ella misma la que, empezando a hastiarse de él, solicitara tal cargo para ver de írselo alejando? Esta idea puso por un momento en su boca un ligero amargar de celoso despecho… …Pero no, pensándolo bien, la hipótesis era inadmisible: Celiana no había cambiado en lo más mínimo y, a los cinco años de vida común, seguía siendo la misma amante apasionada, y al propio tiempo protectora y maternal, de los primeros días de su amor… …Debía ser cosas de Miguel, en quien notara Ernesto más de una vez, cierto tinte irónico reproche hacia la zángana inutilidad de su vida.

¿Podría él, por otra parte, conservarse ecuánime, en la promiscuidad del trato con diversas mujeres a que le obligaba su nuevo empleo, y guardar intacta su fe para la que había sido su maestra en la vida, su iniciadora en el amor y, hasta entonces su único afecto? Afecto tranquilo, es verdad, sin grandes arrebatos ni zozobras, casi filial y teñido levemente de respeto y gratitud; pero que bastara para hacerlo completamente feliz por tanto tiempo.

¿Entre tantas mujeres, no le saldría tal vez al paso la que pusiese en su existencia un toque de poesía o un sacudimiento de tragedia, la llamada a desencadenar la tempestad pasional que inconscientemente todo joven desea para alterar un poco la gris monotonía del vivir?.

Al analizar su posición con respecto a Celiana, los pensamientos de Ernesto derivaron hacia el pasado, que empezó a desfilar por su imaginación con cinematográfica claridad. Y fueron tales la viveza y exactitud de la percepción interna, que el mancebo se tendió sin darse cuenta en un diván y su mano, aflojándose, dejó caer al suelo el oficio, mientras sus ojos tomaban una vaga expresión como de ensueño.

Se vió trece años antes en la Escuela Primaria, recién llegado de la Granja-almáciga en que transcurrieron, en plena libertad, sus primeros años. Era entonces un turbulento chicuelo de diez, lleno de salud y que, como Emilio el de Rousseau, no sabía cuál era su mano izquierda y cuál su derecha.

Celiana, a la sazón guapa moza de veinticinco, fue su primera maestra. Ella dulcificó, a fuerza de cariño, la exuberante turbulencia de su carácter y, cuando hubo logrado sobre él el necesario ascendiente, le transmitió el don de la lectura y el de la escritura, en unas cuantas sesiones de sugestión hipnótica, sabiamente espaciadas en el curso de un mes. Por el mismo procedimiento, que había venido a reemplazar toda la enfadosa Pedagogía de los pasados tiempos, le inculcó después los conocimientos elementales de Aritmética y Geometría.

Recordaba Ernesto, con gran delectación, su escuela y los años felices que en ella pasó: con intenso colorido renacían en su imaginación las frondosas y frescas avenidas, los amplios parques de juegos, el gran estanque, la rumorosa actividad de los talleres y la apacible calma de los laboratorios, la rica colección zoológica viviente, las huertas, la granja, los jardines… Allí, en contacto íntimo y continuo con la naturaleza y con la vida misma, había ido adquiriendo el conocimiento de los fenómenos naturales y las habilidades prácticas indispensables. Y tanto le complacía el recuerdo de sus alegres juegos con los condiscípulos, como el de las amenas conferencias en que los profesores ampliaban sus nociones científicas, fijándolas en seguida mediante cortas sesiones de hipnotismo.

¡Dichosos tiempos aquellos, idos para no volver y que, tal vez por su misma condición de pretéritos, se le antojaban mejores que los presentes! De entonces databa su unión con los seres que hoy integraban su grupo familiar. Consuelo y Federico, de su misma edad aproximadamente, se amaban ya; habían sido sus condiscípulos y era tal la armonía entre el carácter de ellos, apacible y tranquilo, y el suyo, ardiente y dominador, que resultaban complementarios y se hicieron desde luego inseparables.

También conoció en aquel tiempo a Miguel, que era a la sazón el amante en turno de Celiana y venía a buscarla a la escuela todas las tardes. Por cierto que el muchacho lo odió bastante al principio; pues sentía por su gentil maestra un afecto apasionado y absorbente, que su precoz temperamento hacía instintivamente sexual y en el que renacía, por atavismo, una tendencia exclusivista a los celos. Nunca creyera que más tarde —trocados en franca, leal y permanente amistad los amores de Celiana y Miguel— llegase él a querer a éste con el mismo cariño fraternal con que ya entonces Consuelo y Federico lo querían.

Recordaba luego aquella crisis de su pubertad, que mitigó por breve plazo la turbulencia de sus juegos y lo llenó de inquietudes vagas y deseos inconfesables. Perdidas la lozana coloración del rostro y la tonicidad de los músculos, hacíase huraño y solitario. Hubiera caído irremediablemente en la neurosis, si Celiana —siempre ella— no le tendiera la mano salvadora; como Madama de Werens a Juan Jacobo, ella le abrió las puertas del jardín de Eros y fué para él la mujer integral: madre, maestra, hermana, amiga y mante. Y fuélo de tal manera, que en cinco años, ni su corazón había suspirado por otros amores, ni las innumerables bellezas que a su paso encontrara habían hecho prender en él la chispa de un deseo.

¿Y sería posible que aquel amor, aun con intensidad suficiente para llenar por completo sus aspiraciones sentimentales y las necesidades orgánicas de su potente juventud masculina, empezara ya a declinar en Celiana? Llegada a esa edad en que la mujer alcanza la plenitud de su fuerza pasional, y tras no haber encontrado en múltiples ensayos el ideal definitivo, ella había hecho de él la síntesis de todos sus cariños. Mas ¿quién sabe?  ¡Los sentimientos femeninos son y han sido siempre tan complexos!…   De nuevo sentía el enamorado joven fermentar en lo íntimo de su ser la levadura atávica de los celos; y de este fermento se originaba la duda que paralizado tenía los resortes de su voluntad, hasta entonces tan impulsiva y rápida en todas sus decisiones.

Admitía, en tesis general, la conveniencia de aceptar el cargo; si hasta ahora no se preocupaba por ganar dinero, más que por pereza, había sido por falta de ambición o, mejor dicho, de necesidades. Si algo hubiesen necesitado él o los suyos, de mucho atrás empleara Ernesto en el trabajo aquella desbordante actividad que en los deportes exteriorizaba.

Y aquel sueldo no le venía mal; al finalizar el año, cobraría junta toda la cantidad y la destinaría a saldar en parte su deuda de gratitud para con Celiana, dándola el gusto de realizar el deseo insatisfecho de un viaje a Europa, que ella le confesara en más de una ocasión.

Pero mientras no viese claros los móviles de la intervención de su amante en el asunto aquel —si tal había— o, mientras no quedase demostrada su total inocencia, no resolvería nada definitivo. Lo mejor era esperar a que Celiana, o acaso Miguel, se clareasen; lo que no habría de tardar mucho, pues no gustaban de andar con tapujos y misterios.

Y, después de todo, no era caso de dar proporciones de problema vital a un asunto de tan escasa importancia…  Con la superficialidad característica de su época, y resultante del refinamiento mismo de la civilización, Ernesto se rió interiormente de su perplejidad de un momento; metióse el nombramiento en el bolsillo y salió a la calle con su aire habitual despreocupado y alegre.

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