Componer con Gaia: el problema de la libertad en tiempos del coronavirus | Jordi Carmona Hurtado

Un día, de repente, estábamos en el futuro. El futuro era esto. Y todo por culpa de un misterioso virus que aparentemente tiene el poder mágico de transportarnos en el tiempo. Por fin vivimos en ese futuro que tantas veces se nos había ofrecido como espectáculo, y que pintaba cada vez más negro, del color de nuestras peores pesadillas, desde que el capitalismo se había alzado como triunfador incontestable en las luchas sociales modernas, estableciéndose como único mundo posible. Pues bien, ahora, desde este futuro que por fin se ha vuelto presente, podemos entender que ese futuro pasado que la sociedad pre-pandemia proyectaba como su sombra no era en absoluto “distópico”, sino perfectamente “tópico”. Es decir, que era una extensión, una profundización de ciertas tendencias propias a nuestra sociedad normal: era el destino específico y el único horizonte posible de la sociedad neoliberal.

Es cierto que las circunstancias han cambiado. Ahora, como habitantes de la radiante sociedad futura, estamos en cuarentena, confinados en nuestros habitáculos, separados indefinidamente de nuestras familias extensas, amores, amistades, tribus y comunidades varias, así como de cualquier posibilidad de tener encuentros con otros cuerpos y de participar físicamente en algún tipo de sociabilidad. Solo nos quedan las redes sociales virtuales, que son la reconstrucción capitalista descarnada de esos mismos vínculos espontáneos que el capitalismo ha ido destruyendo. Pero esto también significa que cierto proyecto civilizatorio se está realizando plenamente: por fin somos plenamente Individuos, y por fin solo hay individuos aislados en el espacio público, siempre a una distancia prudente unos de otros, en la prototípica relación policial de hostilidad común. Aunque la realización de la idea liberal por excelencia también implica la supresión de cualquier libertad política, y ya no son los derechos humanos, pero tampoco entes capitalistas del tipo Facebook o Tinder, ni las tecnologías que los permiten existir como teléfonos móviles u ordenadores portátiles, sino el Estado mismo, quien fabrica individuos por decreto de excepción. La situación actual muestra que el supuesto conflicto liberal entre el individuo y el Estado es el falso conflicto por excelencia, pues son exactamente las dos caras de la misma moneda capitalista. Lejos de interrumpirlo, la pandemia no hace, en un primer aspecto, sino realizar a la perfección y llevar a sus últimas consecuencias el proyecto civilizatorio moderno.

EL FUTURO ERA LA GUERRA

La supresión total de las libertades públicas en el futuro se explica porque hemos entrado en una nueva guerra, y esto no es ninguna metáfora. El futuro era la guerra, ahora empezamos a verlo claramente. Y nuestra civilización, como de nuevo dejaban entrever las pesadillas de ficción con las que se nos mantenía entretenidos, no hacía más que prepararnos para la guerra. Esta guerra, es cierto, no se desarrolla entre naciones ni entre clases: es una guerra de nuevo tipo, todavía más bizarra y anómala que la guerra inmediatamente precedente contra el terrorismo, y que es preciso tratar de comprender para orientarse en la situación. En esta nueva guerra inmunológica las relaciones de clase se mantienen, según el lugar que se ocupe en el campo de batalla. Están los que se sitúan en la vanguardia, en el frente más avanzado y con más riesgos, los heroicos soldados de élite de la sanidad. Esta vanguardia tiene su aspecto intelectual y estratégico, encarnado por los representantes avanzados de la ciencia oficial que estudian al invisible y monstruoso enemigo, e investigan posibles armas definitivas en forma de vacunas. Luego está la masa anónima y proletaria de soldados de la producción y distribución, igualmente heroica, e igualmente expuesta al riesgo de contagio. En medio se sitúan los que podemos llamar “enlaces”, los nuevos individuos que forman la única población de las calles desiertas, y que vinculan el frente de la producción con el del consumo. La retaguardia del consumo, por último, es la más privilegiada y menos expuesta. El Estado de excepción o de alarma, que en realidad es un Estado de guerra, solo pide a los soldados del frente del consumo que se mantengan en casa entretenidos como buenamente puedan, que jaleen de vez en cuando a quienes se encuentran en los puestos más cercanos a la línea de combate, y que dejen a los especialistas el resto.

La situación actual muestra que el supuesto conflicto liberal entre el individuo y el Estado es el falso conflicto por excelencia, pues son exactamente las dos caras de la misma moneda capitalista.

Si la guerra contra el virus no es en absoluto una lucha de clases sino que mantiene y purifica las relaciones de clase habituales bajo la vigilancia del Estado de guerra, tampoco es una guerra entre naciones. En el límite, estamos viendo que ciertos equilibrios de poder geopolíticos se desplazan (China), pero de una manera más bien paulatina y sin grandes aspavientos, como efectos colaterales de la guerra, y no lo que es central en ella. Ahora bien, del mismo modo que la nueva estructura de clases que pone en juego la guerra contra la pandemia reduce las relaciones de producción y consumo a un mínimo de supervivencia, también prohíbe cualquier viaje y desplazamiento que no sea estrictamente necesario. En el nuevo orden de la movilización inmunológica ya no somos turistas ni ciudadanos del mundo, sino como mucho habitantes de nuestra calle o nuestro barrio, en un brutal salto cualitativo de lo global a lo local.

EL JUBILEO DE LA VIDA

En el futuro que habitamos, el ritmo de nuestra producción y consumo se está reduciendo tan drásticamente como la amplitud del círculo que dibujan los movimientos de nuestras vidas. Esto quiere decir que la terapia de shock de la pandemia está consiguiendo algo que ninguna campaña ecologista había conseguido: que entremos por fin en una dinámica de decrecimiento, sin la cual, es preciso recordar, nos dirigíamos de cabeza y a toda velocidad al colapso. Y los efectos felices de este decrecimiento empiezan a sentirse alrededor nuestro: donde antes solo gruñían los coches, pájaros cantan de nuevo en el corazón de las grandes ciudades, los cielos eternamente oscurecidos por el humo de las fábricas se despejan, el agua de ríos y canales vuelve a ser transparente, jabalíes se asoman a las avenidas desiertas. La vida no humana comienza muy lentamente a celebrar su jubileo. Y en este punto, la realidad se mezcla con los deseos utópicos más profundos de nuestro tiempo, que se expresan impacientemente en forma de fake news, con imágenes de delfines juguetones, elefantes borrachos y cervatillos despreocupados invadiendo un mundo humano en cuarentena. Es cierto que, mientras la vida no humana comienza a recuperar el aliento, muchas vidas humanas que ya tenían dificultades para seguir respirando dejan de hacerlo definitivamente, lo que es absolutamente terrible y forma parte de las calamidades y desastres de la guerra. Pero a pesar de ello la probidad obliga, aun a riesgo de ser acusado de traidor en las propias filas, a reconocer las virtudes del enemigo, pues es un hecho que también está funcionando como una especie de extraño aliado ecológico.

¿Quién es ese temible enemigo, al que nuestra civilización declara la guerra, esa forma de vida absolutamente inocente que nos enferma y nos mata, pero que al mismo tiempo está reequilibrando la balanza de la vida terrestre? Hannah Arendt diferencia el pensamiento científico que se pregunta por el “qué” de las cosas, es decir, por su objetividad sin sentido, del pensamiento filosófico que se pregunta por el “quién”, es decir, por la significación de los acontecimientos. Desde ese punto de vista, ¿qué significa este nuevo virus? Respondamos directamente: la pandemia actual es el signo de que la naturaleza se ha vuelto un agente histórico, con el que hay que contar de aquí en adelante. Ese es el significado fundamental de lo que está ocurriendo: nuestra civilización capitalista, aun siendo perfectamente consciente de que marchaba a toda velocidad hacia el desastre ecológico, era incapaz de revolucionarse, ni siquiera de reformarse de una manera mínimamente convincente; y solo la irrupción de una fuerza viva sin intención ni voluntad está consiguiendo forzar esta transformación. Ese ser vivo extrahumano ha provocado la interrupción y el volantazo necesario que la civilización moderna, con toda su impotente soberbia, era completamente incapaz de dar. En este sentido, a pesar de que le declaremos la guerra, el virus nos está ayudando muy profundamente y a largo plazo, y nos está dando una lección que sería muy importante escuchar.

NO ESTAMOS SOLOS, NO PODEMOS SOLOS

Esa lección tiene que ver tanto con reconocer que no estamos solos como que no podemos solos. Pero eso no significa que ahora vayamos a encontrar a Dios en la soledad de nuestras vidas confinadas o a otra especie inteligente en los confines siderales de la expansión capitalista. Es en esta Tierra misma que habitamos donde no estamos solos, y el virus es, en efecto, la expresión de que existe una inteligencia terrestre mucho más amplia que nuestra humana conciencia narcisista y unilateral. No nos referimos a algo místico o esotérico, sino simplemente a la inteligencia de la vida como un todo. Se trata de ese tipo de inteligencia subterránea que se manifiesta abiertamente en todo los procesos de creación y procreación. Pensemos en los ejemplos más simples: cuando una mujer embarazada está cerca de dar a luz, se dibuja en su vientre una línea vertical que une el pubis con los pechos, al mismo tiempo que se oscurecen los pezones, marcando así el camino que el recién nacido casi ciego tendrá que recorrer para conseguir su alimento. Esa especie de milagroso tatuaje espontáneo no es trazado ni por la conciencia humana de la mujer ni por Dios, sino por la inteligencia inconsciente e inmanente de la vida misma, la misma que ha producido el entramado de todo lo vivo, y que nos ha creado también a nosotros.

Componer con Gaia implica desertar de nuestra civilización-guerra que revela su rostro definitivo en estos momentos, para apoyarnos mutuamente y componernos mediante nuestras acciones con la inteligencia de todo lo vivo.

En relación a la inteligencia humana, habría que pensar esta inteligencia de la vida de un modo homólogo a como Spinoza pensó a Dios, es decir, sin ninguna analogía. A esa inteligencia no le importa lo más mínimo el destino singular de la humanidad, pues solo se interesa por la vida en su conjunto. En uno de los libros más iluminadores con respecto a la situación actual, En tiempos de catástrofes, Isabelle Stengers llama “Gaia” a esa inteligencia no humana, de acuerdo con la hipótesis propuesta por Lovelock y Margulis en los años 70. Stengers también nos da la clave estratégica fundamental de nuestra situación: “Luchar contra Gaia no tiene sentido, se trata de aprender a componer con ella. Componer con el capitalismo no tiene sentido, se trata de luchar contra su dominio.”

QUÉ SIGNIFICA COMPONER CON GAIA

Evidentemente, componer con Gaia, en nuestra situación, no quiere decir ayudar a que el virus se extienda o a que más personas se contagien, para que al final el capitalismo perezca junto a la especie humana entera. Quiere decir aprender a comprender y respetar a esta inteligencia de la vida que se ha manifestado espectacularmente con el virus, y sin la cual no somos capaces ni de sobrevivir ni de cuidar mínimamente el planeta en que vivimos. Componer con Gaia tiene que ver con aprender a limitarnos, a autolimitarnos en todos los sentidos para dejar espacio libre, abierto y salvaje a esa vida no humana que gracias al virus ha empezado a campar de nuevo un poco a sus anchas por el mundo. Componer con Gaia quiere decir, por tanto, no abandonar ya nunca la dinámica del decrecimiento a la que el virus nos ha forzado, y luchar con todas las fuerzas contra toda tentativa del capitalismo por recuperar el control de la situación y retomar la senda suicida del crecimiento. Aprender a componer con Gaia, en fin, es la única manera de honrar verdaderamente a héroes y víctimas de esta extraña guerra, y de que todo esto acabe por tener algún sentido.

Pero componer con Gaia supone antes que nada entender que es completamente absurdo tratar a un virus como a un enemigo militar. Y eso implica, en un momento u otro, desertar de la guerra en curso, desertar de nuestra civilización-guerra que revela su rostro definitivo en estos momentos, para apoyarnos mutuamente y componernos mediante nuestras acciones con la inteligencia de todo lo vivo. Ahora bien, como los movimientos libertarios siempre supieron ―y hoy en día se vuelve dramáticamente acuciante― la desobediencia exige una responsabilidad infinitamente mayor que la obediencia. Desde esta necesidad de una deserción absolutamente responsable de la guerra en curso, se plantean, entonces, toda una serie de cuestiones prácticas, que solo la inteligencia colectiva será capaz de resolver: ¿cómo des-estatalizar, cómo des-jerarquizar, cómo des-autorizar, cómo des-policiar nuestras vidas y al mismo tiempo cuidarnos y protegernos del virus? ¿Cómo reencontrarnos? ¿Cómo transformar el desierto urbano en el que estamos confinados en un mundo vivo? ¿Cómo descubrir una libertad nueva, propia a una cultura del decrecimiento? ¿Qué uso alternativo dar a esos centros comerciales que ya nunca más abrirán, a esos cementerios de las finanzas? ¿Qué nuevo arte inventar, con toda la chatarra inútil de la civilización industrial? ¿Cómo, en lugar de desplazarnos a la playa, descubrirla bajo los adoquines? ¿Cómo crear en las plazas de nuestras ciudades huertos de albaricoques, donde antes solo había monumentos al imperialismo? ¿Cómo conseguir que nuestros jardines se vuelvan bosques? Eso sí, para responder a esas preguntas la inteligencia colectiva ya nunca más estará sola: la Vida asiste con expectación a nuestras evoluciones desde el otro lado de la barrera.



FUENTE: EL SALTO DIARIO

ENLACE: https://bit.ly/2JjLDnd

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