Las putas somos mejores | Manifiesto puta | Beatriz Espejo

Acabo de quedar con Jordi. Nos conocimos hace varios años en un chat. Nos vimos por la web-cam y, bueno, nos gustamos. Quedamos para follar. Echamos un polvo y desde ese primer polvo nos hemos vuelto a ver esporádicamente. Cada vez que quedamos es para lo mismo, vamos calientes y cuando nos apetece quedamos, follamos y listo. Así de simple, sin compromisos, sin territorialidad, sin normas absurdas sobre la condición humana. Es el individuo con el que he mantenido una relación más dilatada en el tiempo; claro, en realidad no es el único, por algo me considero puta.
Las parejas estables que he tenido han sido un desastre, y no solo por ellos, que conste, sino porque el estereotipo no funciona. Pretender ser libre manteniendo los esquemas tradicionales como pretenden muchas feministas es, como mínimo, una contradicción.
El problema era precisamente el sentimiento de territorialidad que parece inevitablemente unido al concepto que tenemos de la pareja. «¡No te vistas así!». «¡¿Qué vas a hacer de comer?!». «¡¿Dónde vas con las amigas?!». «¡No quiero que mires a ese chico!». Argumentos donde el sentimiento de pertenencia empieza por anular el libre albedrío de cualquier persona y, con ello, la propia personalidad, en caso mantenerse dilatada en el tiempo esa dinámica.
Contrariamente a lo defendido por muchas feministas, la territorialidad no suele ser unidireccional del macho a la hembra, si no mutua y consentida. En esta dinámica se puede llegar a degenerar tanto que acabe volviendo irreconocible cualquier relación.
Nunca ha sido mi caso.
«Cariño, haz lo que quieras por ahí, folla con quien te dé la gana, pero usa condón. No lo hagas en mis propios morros porque no soy tan moderna. Y, sobre todo, no me des la vara porque lo mismo que no te preguntaré sobre el placer que das a otras, no pienso permitir que te entrometas y ejerzas ningún principio de propiedad sobre mi sexo».
Os aseguro que es rarísimo el tío que resiste una relación estable con mujeres así.
A los hombres les encanta la manga ancha para su sexualidad, y la exclusividad en la sexualidad de la pareja.
Por eso prefieren a las marujas y el pensamiento maruja estreñido carcamal y sexualmente tiranizante. Sencillamente es más fácil garantizar lo que esperan en la pareja, mientras tienen mecanismos en la sociedad para sus escarceos «extraoficiales».
El macho paritario, prototipo actualizado del príncipe azul, que comparte absolutamente todas las labores y es capaz en todos los roles, tal y como pretenden las neomarujas, es sencillamente una utopía inconveniente en términos prácticos, ¿por qué?
Sencillamente en la medida en que el hombre gane en autosuficiencia deja de necesitar el rol tradicional de la mujer y, por tanto, la supeditación y necesidad de pareja estable en los términos conocidos.
¿Para qué quiere un hombre a una maruja que no se comporta como maruja?
¿Acaso no le resulta más fácil follar con putas, estableciendo relaciones más libres, más respetuosas y dignas?
Esta reflexión, aun pareciendo capciosa, debería llevar a otra de pura lógica, y es que, detrás de la denuncia de tanta feminista sobre la falta de paridad en los hombres, existe una clara connivencia libremente asumida de dicha situación y por razones interesadas, obviamente. Nadie da nada a cambio de nada, y mucho menos en el amor, pese a lo que se pretende hacer creer.
El estatus monógamo de la pareja estable y sexualmente fiel se mantiene vigente gracias a los estereotipos sexistas. En la medida que esos estereotipos se democratizan, se hacen necesarias medidas deconstructoras de la pareja estereotipada: despenalización de la infidelidad, divorcio, derechos homo, estilo de vida single, etc.
Por tanto, es difícil imaginar que la paridad sexual hará aumentar las responsabilidades masculinas, mientras la mujer mantiene el territorio y la exclusividad femenina.
«Quiero que mi hombre friegue los platos, pero no que se ponga mis bragas».
Es obvio que a ninguna de esas marujas que defienden al príncipe paritario le apetece lo más mínimo estirar la paridad hasta que se difuminen los roles. Necesitan al marujo bien machista y estereotipado. Ambos forman parte de la bipolaridad. Tal para cual.
Las putas no necesitamos marujos, ni estamos supeditadas a intereses paritarios o no paritarios. Sencillamente vivimos de acuerdos con a nuestros principios más reales, donde los egoísmos con respecto al otro no son un handicap.
El hombre paritario suele ser autosuficiente, liberado y no se deja mangonear; es un puta y, como nosotras las putas, prefiere mantener relaciones gratificantes que no le generen problemas ni territorialidad ni sentimiento de pertenencia.
Las mujeres liberales viven más y mejor. Pueden progresar por sí mismas, cultivarse, tener aficiones, follar como locas cuando les da la gana, recrearse en las maravillas que la vida puede dar… Son cultas en materia de sexo y saben que ni los sentimientos ni los anhelos deben estar encerrados en un cliché. En definitiva, son grandes y maravillosas putas a las que no les gusta, por razones estigmatizadoras, reconocerse en dicho término. No deja de ser irónico que el estereotipo maruja tradicional, que está bien visto, acarree tantos problemas, mientras las putas —estigmatizadas y todo— pueden afianzar su autonomía en regímenes más o menos democráticos.
Porque las marujas siguen necesitadas de leyes de paridad, leyes contra la violencia de género, campañas para la concienciación del macho y un largo etcétera de medidas que cambien las relaciones que mantienen con sus parejas, hasta lograr construir el molde masculino idílico que se ajuste a los anhelos marujiles-machistas y estereotipados en los que hemos sido adoctrinadas las mujeres.
Pues se acabó, porque vamos a poner fin a toda valoración denigrante sobre nuestras legítimas decisiones.
PUTA = lista
MARUJA MOJIGATA = inculta sexual, ergo, tonta del culo.
Hacer la puta te permite abrirte a la sexualidad, experimentar, conocer el sexo que te gusta y también saber sus limitaciones. No estar supeditada a las relaciones estables con exclusividad no es síntoma de inmadurez, sino todo lo contrario. La experiencia sexual deviene en cultura vital imprescindible para saber circular y manejarse en nuestro complejo mundo. Al contrario, la falta de conocimiento facilita la vulnerabilidad y la instrumentalización ajena.
La cultura hiperproteccionista sobre el sexo de la mujer es un arma envenenada de catastróficas consecuencias. Sobre el conocimiento o el desconocimiento sexual se construyen las relaciones ulteriores que condicionan toda nuestra existencia. Es por lo tanto mucho lo que está en juego.
Practicar sexo facilita el conocimiento de tu cuerpo y del ajeno. Te permite cotejar comportamientos sexuales, elegir qué te gusta de ti misma y de lo que te proporcionan otras personas.
No te preocupes por los malos polvos que te tocará echar, porque es inevitable.
Un mal polvo es mejor que un polvo inexistente. Además, piensa que los malos polvos son habituales en las relaciones estándar y decentes, propias de marujos y marujas. Quédate con lo bueno de la experiencia y rechaza lo malo, que es la ignorancia.
Tampoco te preocupe el juicio de los demás. Ya sé que es difícil. A menudo, es gente cercana, padres, hermanos o amigos. Marca terreno. Haz saber donde están los límites y, en última instancia, si la presión es insoportable, mándalos a la puta mierda.
Gente que juzga a otra gente por cuestiones sexuales, y encima de forma beligerante, es sencillamente basura, gentuza vulgar y acomplejada que vierte sobre ti su mierda de prejuicios.
Gente a la que le gusta presumir de sus idioteces sexuales y que valoran las carencias como virtudes, y así les va.



TEXTO TOMADO DEL LIBRO MANIFIESTO PUTA DE BEATRIZ ESPEJO; 2009


La reproducción del texto se hace sin fines de lucro y es para la promoción de la lectura


 

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