Hombres y mujeres | Virginia Woolf

Si se aborda un tema de gran amplitud por medio de un librito de corto espectro, se suele ver más que nada un perfil vago y ondulante que, aun cuando sea el de una joya griega, por la misma razón podría ser el de una montaña, o el de una máquina de bañarse en la playa. Sin embargo, aunque el libro de Mlle. Villard es breve y su tema sea vastísimo, su concentración es tan exacta, y el cristal con que lo mira es tan transparente, que ese perfil se ve con toda nitidez, y los detalles resultan precisos. Por eso podemos leer cada una de sus palabras con interés, porque es posible en un millar de ejemplos verificar sus afirmaciones; en cada una de sus páginas se centra en lo definido, en lo concreto. ¿Y cómo, en el tratamiento de un siglo entero, de todo un país, de todo un sexo, es posible centrarse en lo definido, en lo concreto? Mlle. Villard resuelve el problema mediante el uso de la ficción como única fuente documental, pues aun cuando ha consultado guías y biografías, su frescura y su veracidad hay que atribuirlas en gran medida al hecho de que haya preferido leer novelas. En las novelas, dice, los pensamientos, las esperanzas y las vidas de las mujeres a lo largo del siglo, en el país en que han experimentado un desarrollo más notable, se despliegan de un modo mucho más íntimo y más pleno que en ningún otro documento. Cabría desde luego decir que de no ser por las novelas del siglo XIX seríamos tan ignorantes como nuestros ancestros en lo tocante a esta porción del género humano. Es de común conocimiento, desde hace siglos, que las mujeres existen, paren a sus hijos, no tienen barba y rara vez se quedan calvas. Salvo en estos respectos, y en otros en los que se dice que son idénticas a los hombres, es poca cosa lo que de ellas sabemos, y pocas pruebas se tienen para fundar nuestras conclusiones. Por si fuera poco, rara vez somos desapasionadas.
Antes del siglo XIX, la literatura tomaba de manera casi exclusiva la forma del soliloquio, no la del diálogo. El sexo charlatán, en contra de lo que dicta el sentido común, no es el femenino, sino el masculino. En todas las bibliotecas del mundo se oye al hombre hablar consigo mismo y, sobre todo, acerca de sí mismo. Es verdad que las mujeres prestan terreno a muchas especulaciones y es verdad que están representadas a menudo, pero cada día resulta más evidente que Lady Macbeth, Cordelia, Ophelia, Clarissa, Dora, Diana, Helen y las demás no son bajo ningún concepto lo que fingen ser. Unas son lisa y llanamente hombres travestidos; otras representan lo que los hombres quisieran ser, o lo que son conscientes de no ser; asimismo, encarnan esa insatisfacción y esa desesperación incluso que afligen a la mayoría de las personas cuando se paran a reflexionar sobre la penosa condición del género humano. Proyectar e incorporar en una persona del sexo opuesto todo aquello que echamos en falta en nosotros, todo cuanto deseamos en el universo y detestamos en la humanidad, responde a un instinto profundo y universal por parte de hombres y mujeres. Rochester es tan gran travestido de la verdad de los hombres como lo es Cordelia de la verdad de las mujeres. Así las cosas, Mlle. Villard se encuentra pronto frente al hecho de que algunas de las heroínas más afamadas del siglo XIX representan lo que los hombres desean en las mujeres, pero no necesariamente lo que las mujeres son. Helen Pendennis, por ejemplo, nos dice muchísimo más de Thackeray que de sí misma. Nos dice, desde luego, que nunca ha tenido un penique de veras propio, y que no tiene más educación que la que se precisa para leer el devocionario y el libro de recetas. Por ella también aprendemos que cuando un sexo depende del otro, en aras de la seguridad se desvelará por simular aquello que el sexo dominante considera deseable. Las mujeres de Thackeray y las mujeres de Dickens logran en cierta medida la hazaña de arrojar polvo a los ojos de sus señores, aunque la peculiar repulsividad de estas damas emana de que el engaño no llega a consumarse con éxito. El ambiente es de profunda desconfianza. Es posible que la propia Helen se despojara de sus vestidos de luto, diera un largo trago de cerveza, sacara una pipa corta de arcilla y pusiera los pies sobre la repisa de la chimenea en cuanto su señor doblase la esquina. Sea como fuere, Thackeray no soporta una sola mirada de suspicacia en cuanto le vuelve la espalda. Pero a mediados del siglo XIX la mujer servil tuvo que aguantar que la mirasen a la cara y la hicieran bajar los ojos e incluso perder la compostura dos personajes intransigentes a ultranza, Jane Eyre e Isopel Berners. Una insistía en que era pobre y sencilla; la otra, en que prefería de largo vagar por los páramos antes que sentar la cabeza y casarse con quien fuera. Mlle. Villard atribuye el notorio contraste que se da entre lo servil y lo desafiante, lo abrigado y lo aventurero, a la introducción de la maquinaria. Hace poco más de un siglo, tras dar vueltas sin cesar durante milenios, la rueca quedó obsoleta.

En fait, le désir de la femme de s’extérioriser, de dépasser les limites jusque-là assignées à son activité, prend naissance au moment même où sa vie est moins étroitement liée à toutes les heures aux tâches du foyer, aux travaux qui, une ou deux générations auparavant, absorbaient son attention et employaient ses forces. Le rouet, l’aiguille, la quenouille, la préparation des confitures et des conserves, voire des chandelles et du savon… n’occupent plus les femmes et, tandis que l’antique ménagère disparaît, celle qui sera demain la femme nouvelle sent grandir en elle, avec le loisir de voir, de penser, de juger, la conscience d’elle-même et du monde où elle vit.

Por primera vez en muchos años, la figura siempre encorvada, con las manos nudosas y los ojos enrojecidos, que, mal que les pese a los poetas, es la verdadera imagen de la feminidad, se yergue delante del barreño, sale a dar un paseo, va a la fábrica a trabajar. Ese fue el primer y doloroso paso en el camino hacia la libertad.
Es imposible resumir las páginas extraordinariamente inteligentes en que Mlle. Villard ha relatado la historia del progreso que ha efectuado la inglesa desde 1860 hasta 1914. Además, Mlle. Villard sería la primera en estar de acuerdo en que ni siquiera una mujer, máxime tratándose de una francesa, por más que mire con los ojos afilados de su clase al otro lado del canal de la Mancha, sea capaz de precisar a qué equivalen las palabras «emancipación» y «evolución». Dando por hecho que la mujer de clase media dispone ahora de tiempo de ocio, de una cierta educación, de algunas libertades para indagar el mundo en que vive, no corresponderá a esta generación, ni a la siguiente, ajustar del todo su posición ni dar una relación clara de cuáles son sus poderes. «Tengo los sentimientos de una mujer —dice Betsabé en Lejos del mundanal ruido, la novela de Hardy—, pero sólo tengo el lenguaje de los hombres». De ese dilema brotan infinidad de confusiones y complicaciones. Se ha liberado la energía, sí, pero ¿en qué forma ha de fluir? Probar las formas aceptadas, descartar lo menos idóneo, crear otras más adecuadas, es tarea que ha de culminarse antes de que haya libertad o triunfo. Además, será oportuno recordar que la mujer no fue creada en el año de 1860. Gran parte de su energía tiene ya plena dedicación, y ha alcanzado un alto desarrollo. Verter el excedente de energía que pueda haber en nuevas formas, sin malgastar ni una gota, es el difícil problema que sólo podrá resolverse mediante la evolución y emancipación simultáneas del hombre.



TEXTO TOMADO DEL LIBRO HORAS EN UNA BIBLIOTECA, COLECCIÓN DE ENSAYOS DE VIRGINIA WOOLF



Este texto se reproduce sin fines de lucro sino con el objetivo de promover la lectura


 

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