Una nueva masculinidad para cambiar el mundo | Cristóbal León Campos

I

La ruptura paradigmática sobre la forma en que históricamente hemos entendido el género y sus roles específicos en cada sociedad propuesta por el feminismo, ha sentado las bases necesarias para el cuestionamiento general de todo lo que hemos comprendido como humanidad. La puesta de cabeza que significa el repensar las formas de relación humana en todos los sentidos a partir de la construcción de nuevos sujetos emancipados de aquellos roles opresores y costumbres discriminatorias enraizadas en lo profundo de los comportamientos humanos, viene a formular una revolución verdadera en materia cultural, que, complementando la liberación económica de la explotación lógica del capitalismo por la división del trabajo y la doble sojuzgación de la mujer en el seno de la familia tradicional y en la sociedad por los roles impuestos ancestralmente, abren sin duda el nuevo camino para la liberación de la humanidad en un sentido total.

Los proyectos revolucionarios del siglo XXI, han de considerar irrestrictamente, que, en el concierto de la edificación de sociedades nuevas, sin explotados ni explotadores, no alcanza únicamente con la liberación de clase y la destrucción de las estructuras de dominación económica, pues es necesario acompañar los cambios sociales y económicos con una radical reestructuración de los valores, las conductas, los pensamientos, las costumbres que han enclavado en lo profundo formas de violencia simbólica, psicológica, gubernamental, económico-social y política, justificada por presupuestos de raza, género, etnia y demás factores usados para perpetuar la opresión, pues así como José Martí desmintió el mito de la superioridad occidental por sobre todo ser humano, al decir: “No hay odio de razas, porque no hay razas”, y en los mismo tiempos Carlos Marx había desnudado el carácter explotador del sistema capitalista en sus muchas obras como El Capital, los movimientos antisistémicos surgidos a mediados del siglo XX, con la gran revolución cultural que significó el movimiento global de 1968, comenzaron a cuestionar no únicamente las estructuras de opresión económica y social, sino también, cada uno de los aspectos o rasgos que sostenían al racismo, la discriminación, la violencia contra la mujer, el neocolonialismo imperialista entre otras. Hoy, la fuerza de las reivindicaciones humanas tiene entre otros referentes al movimiento feminista que cuestiona toda continuidad de la agresión sistémica contra la mujer, por ello, así como con los años las demandas antirraciales y segregaciones se convirtieron en banderas universales, ahora el grito por la emancipación plena de la mujer es el mismo grito de la liberación de toda la humanidad.

La violencia contra las mujeres es tan real como lo es la resistencia del machismo a reconocer su papel en ella, la consuetudinaria violación de los derechos de la mujer en nuestra sociedad es una constante histórica arraigada a patrones culturales que la sostienen, la justificación cínica recurrente que culpa a la víctima de la violencia ejercida sobre ella y niega el carácter estructural del machismo es la defensa que de sí mismo hace el sistema para continuar siendo machista, pero es algo mucho más complejo, no es únicamente una respuesta automática, es en realidad una estrategia comprobada para mantener el statu quo, ello significa que la estructura sistémica está basada justamente en la opresión, en este caso, en la opresión de la mujer por el hombre o incluso por otras mujeres que han aceptado ser parte de la dominación.

En este contexto tan adverso, todos y todas tenemos responsabilidad, el feminismo ya desde hace décadas ha tomado su responsabilidad activa generando una amalgama de caminos para transformar la realidad social y otorgar a las mujeres su lugar, sus derechos y su dignidad. Por el lado de los hombres no puede decirse que estamos en cero, poco a poco se diversifican y socializan grupos, ideas y acciones a favor de la generación de una nueva masculinidad, aunque claro, la violencia reitera en todas sus manifestaciones contra la mujer de manera constante, deja en claro que nos falta muchísimo.

Necesitamos la generación de conciencia generalizada para procurar el replanteamiento de la idea del hombre y la masculinidad, requerimos romper el eterno condicionamiento del ser masculino representado por el macho, una creencia sostenida que debe ser desnaturalizada, requerimos poner fin a todas las formas opresivas ejercidas de manera consciente e inconsciente por el hombre sobre la mujer y también sobre otros hombres.

II

Los hombres tenemos que reconocer nuestra responsabilidad en la reproducción del patriarcado y de la opresión violenta sobre la mujer. Quienes soñamos con un mundo mejor, un “mundo donde quepan todos los mundos”, tenemos sin reparo en tiempo ni excusas, que replantearnos todo el sentido de la existencia humana, revisando la historia como ejercicio que proyecte los caminos venideros por los que habremos de andar para dar sentido y razón al eventual porvenir, los reclamos sociales de hoy tienen la misma fuerza del ayer.

Pero declaran significativas particularidades relegadas al fondo de los grandes manifiestos que guiaron las batallas acaecidas, uno de esos pendientes urgentes e impostergables a la luz del siglo XXI, es la revisión y el replanteamiento de la idea del hombre y su consecuente interpretación de la masculinidad.

El feminismo ha puesto las bases para que la mujer reclame su lugar en la historia y se apodere de él, pues las conquistas en la historia son todo menos paliativos derivados de la bondad o la merced del opresor, la voz del feminismo ha logrado construir la fuerza más pujante en estos tiempos alrededor de la necesidad y el deseo de superar cada una de las estructuras déspotas que la han sojuzgado por siglos, los pasos que la mujer da para conquistar sus derechos plenos resquebrajan, cuarteadura por cuarteadura, las viejas paredes del sistema patriarcal sustentado en el seno mismo del capitalismo; la apuesta feminista es sin lugar a dudas anticapitalista por esencia.

En este contexto, de reclamos y reivindicaciones de los llamados grupos marginados por la igualdad y equidad, contra el racismo y la discriminación, por los derechos humanos y frente al despojo material y espiritual que sufrimos los seres humanos, el hombre, su idea y esencia, se ve cuestionado por el desarrollo de las demandas sociales, cada una de esas rajaduras en las paredes del patriarcado que genera el avance del movimiento feminista, es sin duda, una rasgadura en la vestidura tradicional del hombre y su masculinidad.

Es un reclamo para el despertar consciente de la necesidad de aceptar la validez de esas demandas como una tarea que debemos asumir despojados del orgullo, el ego, la vanidad, la soberbia y cada uno de los rasgos que sustentan el supuesto poder del hombre, las reacciones violentas, despectivas y totalmente desquiciadas que miles de hombres asumen frente al feminismo, no es otra cosa que la manifestación del miedo generado por las inseguridades que subsisten en un sistema que se ha sostenido únicamente por la violencia, pues en el campo de las ideas, hace mucho tiempo que el patriarcado perdió la batalla y quedó demostrada su absurda existencia.

Hace algunos años, en la introducción de su célebre obra, El segundo sexo, Simone de Beauvoir, puso el dedo en la llaga, al referirse al hecho innegable de que el hombre, en la historia como en el presente, no ha tenido por principio que definirse a sí mismo para dar sentido a su existencia ante el colectivo social ni en la particularidad de la intimidad, esta situación sustentada por la idea de superioridad insertada como fundamento ideológico del patriarcado, el lugar del hombre se ha asumido como seguro y bien definido, en contraposición al lugar de la mujer.

La mujer, por la opresión padecida, sí tiene en principio que definirse a sí misma como mujer para ser reconocida, una vieja injusticia compartida con otros grupos y sectores marginados como los pueblos originarios a quienes desde la conquista se les negó su esencia cultural para ser redefinidos a partir de la mirada impuesta por el conquistador occidental.

La propia Simone de Beauvoir, párrafos más adelante, vuelve a lanzar una importante llamada de atención cuando dice: “A un hombre no se le ocurriría la idea de escribir un libro sobre la singular situación que ocupan los varones en la Humanidad”.

El tiempo de atender esta afirmación ha llegado, seguir con el absurdo discurso que justifica la indiferencia como reafirmación sistémica y opresiva, únicamente acrecienta la violencia divisoria entre seres humanos, el replanteamiento de la idea del hombre y la masculinidad ha de ser un ejercicio expiatorio de aquello que nos ata al eterno condicionamiento del ser masculino representado por el macho, aquello que se ha creído y sostenido tiene que ser derribado y reconfigurado para desnaturalizar las formas opresivas ejercidas de manera consciente e inconsciente por el hombre sobre la mujer y también sobre otros hombres.

La frágil situación por la que atraviesa la masculinidad en el siglo XXI, no debe verse como una agresión al hombre; no es para nada una ofensa que nos haga dejar de ser hombres, pero sí es y debe ser, un grito urgente de atender para dejar de ser los hombres que hemos sido a lo largo de la historia, es decir, es para finalizar con el machismo.

Es aceptar nuestra responsabilidad en la reproducción del patriarcado y de la opresión violenta sobre la mujer y, por supuesto, debe ser la toma de conciencia de que para poder construir de verdad “un mundo donde quepan todos los mundos”, tenemos que reconstruirnos y reconstruir nuestras relaciones entre hombres y mujeres, replantearnos la idea misma de humanidad, trabajar en conjunto para ese otro mundo posible, generar una nueva masculinidad para cambiar al mundo emancipándonos de toda explotación, discriminación y desigualdad, en un mundo justo, democrático, anticapitalista y antipatriarcal.

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