Palabras de Adán Medellín al recibir el Premio Nacional de Cuento «Beatriz Espejo 2019»

Adán Medellín al pronunciar su discurso de aceptación del Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2019 | Foto: Sedeculta

Apreciables Autoridades de la Secretaría de Cultura de Yucatán y del Ayuntamiento de Mérida, Dra. Beatriz Espejo y distinguidos miembros del jurado:

A veces es una ráfaga, una iluminación, un instante preciso en que el orden y el caos del mundo se condensan en unas pocas páginas para tocarnos con la caricia de una mariposa o con el nocaut que anhelan los lectores de emociones fuertes.

Para quienes escribimos, el cuento es misterio, trabajo y perfección técnica. No tiene nada de género menor ni de hermano pequeño de la novela. Nos obliga y nos compromete con el otro a enganchar y seducir, a contar un pedazo del mundo en un solo golpe de aliento. 

La búsqueda del cuento puede ser feliz al inicio con algún susurro dictado, pero también sufrida como la del minero que desciende a la profundidad, picando piedra y puliendo esa pieza frágil y explosiva en las tinieblas que se escapa entre los dedos.

Por eso, reconocer la labor de los cuentistas con un premio como el Beatriz Espejo, un galardón de tradición y prestigio entre los compañeros y compañeras cuentistas es una motivación y una noticia gozosa para mí. Por un lado, el premio honra la obra de una escritora de trayectoria brillante en nuestras letras que además de crear, investigar y traducir, ha entregado su saber generosamente para la formación de numerosos narradores en el país, entre los que se cuentan amigos queridos de mi generación y plumas que ya se consagran.

Por el otro lado, este Premio persiste como espacio de libertad y creación para los amantes esforzados de la ficción breve, que lucha constantemente por hallar y mantener sus sitios en la inclemente oferta editorial de nuestros días. El cuento está vivo y potente en México y esta convocatoria, con casi 500 concursantes entusiastas, lo confirma. 

Mi texto, Tiburones, ha querido narrar una imagen de la violencia en un pueblo costero de Veracruz. He deseado trasladar con personajes y lenguaje este ritmo de ráfagas e instantes que es la vida para algunos de nuestros coterráneos. Ha querido capturar un momento en que nos transformamos frente a la oscuridad que a veces nos agobia, frente a las preguntas y las grietas que nos revelan nuestra condición solidaria como habitantes de mundos que se tocan en la página. Ese momento de abrir los ojos para descubrir que no marchamos solos a pesar de nuestra errancia existencial, que las palabras nos vinculan y nos devuelven a la comunidad que somos. 

Porque para que un cuento exista debe haber dos: un narrador y un escucha. Yo fui de niño el auditorio de los cuentos maravilloso de mi abuelo veracruzano, poblados de sierras y manantiales, y ahora me toca proseguir su relato y narrar. 

Esa me parece una razón para seguir haciendo y leyendo literatura, y ese mismo impulso me lleva a agradecer profundamente el distinguido galardón que hoy me es concedido en la ilustre compañía de hombres y mujeres de letras que han obtenido este Premio. Que vengan más cuentos y más certámenes espejeantes desde esta Península histórica. Muchas gracias.



Texto pronunciado por Adán Medellín el pasado 23 de enero del 2020 en el marco de la ceremonia de premiación del certamen nacional de cuento Beatriz Espejo, en su edición de 2019.


 

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