Bix Mes: Finados desde Tekal de Venegas | José Iván Borges Castillo

¡Ya se van las ánimas! ¡Ya se van y no regresarán, sino hasta que lleguen de nuevo los finados el próximo año!
La larga espera comenzará a contarse desde que inicie la mañana del 1 de diciembre, y las ánimas ya se hayan marchado con el mes de noviembre. Dolor y sentimiento se ve en el rostro de nuestros abuelos que, nostálgicos, lamentan que haya pasado ese mes tan especial. Yo lo trato de comprender, pero no puedo del todo, la vida aún no me ha golpeado como a ellos, y yo todavía tengo aquí a las personas que amo y aprecio, ellos ya no. Quizá en ese aire de finados, del que tanto creen nuestros mayores, pudieron sentir al esposo amado, a la madre anhelada, al padre amoroso y de recio carácter, a la hija o hijo cuya muerte repentina, ocurrida hace ya varios años, hasta hoy duele en el alma… El aire de finados que sacudió las ramas, que penetró las casas y acarició el rostro de todos en aquellos días, ya se ha marchado, y los antiguos moradores de este pueblo, que hoy son polvo en sus sepulturas, han retirado del aire su esencia.

Con la palabra Bix Mes, se llama al último día de noviembre, o sea a la celebración extrema de una mesada, la cuenta que encierra 30 días de conmemoración.

El Bix tiene también una especial conmemoración en las casas yucatecas. La despedida de finados, un evento nostálgico y triste, según logro entender hoy, porque de niño no lograba captar todo lo que ante mi vista se presentaba, sólo me dejaba llevar de lo que contemplaba y recuerdo bien, como a golpes de instantes, aquel murmullo de rezos, aquellas facciones de rostros y todo eso que inundaba a mis sentidos de olores y sabores.

La mesa de finados, que sirve en muchas ocasiones en el altar reciclado de las devociones familiares, donde se ha conservado con especial empeño la permanencia de la jícara con agua para las ánimas que estuvieron durante un mes entre nosotros, se sacude y se prepara con flores nuevas y recién cortadas de los solares, como teresitas y algunas flores amarillas como el pujuc o el kanlol que aún florecen con especial encanto. En tanto, se prepara la comida que se depositará como ofrenda. La comida tiene que ser algo sólido, nada de caldos ni “cool” espesos, porque se dificultará a las ánimas llevarla de alimento. Algunos hacen dos o tres pibes de espelón con puerco o de gallina, algunas otras familias solamente vaporcitos de espelón, que con panes colocarán, pero esto ahora envuelto y amarrado en servilleta.

Si hubo una bienvenida cuando llegaron las ánimas, de desayuno de panes y rezos en la aurora, también habrá una despedida en el crespúsculo de este último día de noviembre.

Cuando la tarde ha caído y comienza a oscurecer, recuerdo muy bien que mi abuelita, doña Dalia Lugo López, con su modesto huipil blanco, colocaba sus pibes de espelón y panes envueltos, nos pedía a sus nietos, mi hermana y a mí, encender todos los cabos de velas que sirvieron durante todo el mes en la celebración de finados. ¡Ah, qué recuerdo! Con cuánta devoción rezaba aquella mi abuelita pidiendo la salvación de las ánimas de sus familiares.

¡Vimos correr de su rostro, en aquellas celebraciones, las lágrimas cuando cantaba el Alabado y el Perdón oh Dios! Hoy me pregunto, ¿a dónde han ido aquellos días, estas escenas que presenciábamos?

Luego del rezar cenábamos en medio de una especial atmósfera, de un no sé qué de expectación. La ofrenda, envuelta y amarrada, debe permanecer en la mesa del altar toda la noche para que las ánimas benditas la puedan llevar.

Es creencia muy antigua, la que dice que las ánimas de las personas que murieron durante este año, no salen del purgatorio en los días de finados de noviembre, sino saldrán hasta el próximo año. Y estas ánimas que permanecen en el purgatorio, solamente saldrán la noche del Bix Mes, para venir a buscar a las ánimas que estuvieron aquí entre nosotros por un mes, y vendrán a cargar los pibes y las velas de regreso.

Cuando la familia se disponga a cerrar la puerta de la casa y a dormir, entonces, ceremoniosamente, se colocarán velas encendidas en las puertas y las albarradas para iluminar el camino de regreso de las ánimas.

La jícara de agua, que permaneció en el altar, se derrama sobre la tierra de una maceta o un rincón no transitado, por respeto a los que de ella tomaron su esencia.

¡Ya se van las ánimas –decían los abuelos–, ya se van y hasta dentro de un año, si Dios quiere, podrán regresar a sus casas, a su pueblo!

¡Ya se van las ánimas! ¡Ya se marchan de regreso! Algún día, también nosotros vendremos desde el purgatorio a visitar nuestro amado pueblo, a recoger el polvo de los caminos por donde andábamos, a añorar beber el agua que los pozos de nuestro suelo nos regala, a implorar al cristiano su auxilio para los tormentos. Vendremos a tomar la esencia de ese pib caliente que estará en la mesa de nuestro altar, y a aspirar el dulce olor del chocolate caliente, ya para entonces seremos materialmente un envoltorio de huesos en el osario de un cementerio y seremos algo mucho mejor: seremos el aire de finados.

¡Adiós, adiós, ánimas buenas; no nos olvidaremos de ustedes!



Texto publicado originalmente el 30 de noviembre de este 2019 en el periódico Por Esto! y reproducido con autorización de su autor, colaborador de Arte y Cultura en Rebeldía



 

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