Cuento de sangre No. 2 para antes de dormir | Carolina Luna

Sangraba toda, y ni modo de llorar porque entonces era peor, las convulsiones del llanto ocasionaban que la sangre saliera con más fuerza, incluso a borbotones, por nariz, boca y oídos. Luego debía quedarse quietecita en el sillón, mirando fluir multitud de hilillos escarlata, más delgados que venas, sobre su piel. Semejaban arañazos movilizados por un ritmo lento y persistente. Bajando la cabeza, podía verse el torso y los brazos, el vestido de algodón, empapado; pero evitaba inclinarse demasiado, pues el líquido surgía incesante de cada poro donde nace el cabello.

Mantiene los ojos abiertos cuanto le es posible limpiándose de rato en rato, para convencerse de que no es un sueño, para medir el tiempo y mirarse sangrar sin conocer las circunstancias que desatara el absurdo. Puede imaginar sus piernas surcadas de rojo al igual que sus brazos. Siente el avanzar tibio entre los pliegues de su piel detenerse, almacenarse y rebosar continuando el descenso. Escucha el gotear espeso del petatillo, de las manos colgantes.

Alza los dedos de un pie y vuelve a asentarlos para medir la altura del charco formado bajo ella. Cuánto tiempo habrá pasado desde la primera mañana que se vio herida. Dos cortaditas en el abdomen, luego, tres o cuatro en cintura, caderas, senos; nueve o diez, quince o veinte a lo largo del cuerpo, en el pecho, los brazos, las manos. Hendiduras finas, unas más largas que otras, más frescas, más hondas. Y comprar curitas se volvió ridículo, así como gastar el merthiolate, intentar no manchar la ropa, pretender que los demás creían el cuento del gato agresivo.

Debió detener eso aunque no imaginara el modo. Desde aquella mañana, cada día era despertar y correr al espejo para contar: uno, dos, seis, nuevas cortadas. Angustia. Cero respuestas, cuchillos limpios, ausencia de filos. La ignorancia, la desmemoria, principio de locura. Cuánto tiempo habrá pasado, hasta hoy que yace como sanguina viviente en la sala de la casa.

Sin dolor ni cansancio obtiene una resignación que simboliza el cierre de sus párpados. Dejarse “vivir” por eso o dejarse “morir”: un mismo sentido.

Tanta humedad la remonta al vientre materno, se ve como ahora, humedecida, pero pequeña, surgiendo de una matriz sangrante, toda llanto y vida. Luego, niña, con vestidos y cabello mojados, intentando despertar a su padre que con la cabeza sobre el volante del auto, es incapaz de detener la sangre que le mana sobre el rostro. El recuerdo le duele, se revuelve en el sillón; un espasmo y vomita hemoglobina.

Tiembla antes de recordar el asco sepia de su primera menstruación; dolor, incomodidad, las sensaciones que se repitieron luego de decidir enredar sus muslos con un aprendiz de hombre. Le molestó tanto la renuencia visceral del muchacho cuando ella, después de limpiarse la sangre de las piernas, le ofreció la mano.

Y aquel niño de la carretera. Muy oscura la noche, su cuerpecito alumbrado por la luz potente de los faros del auto. (Y ella, nerviosa, sin tocarlo, inclinada sobre el rostro niño de su padre exánime). Subir de nuevo al coche y avanzar rápido, tan rápido, que pasarle encima fue como pasar sobre topes.

Mucho carmesí, demasiado para dudar que no fuese su estigma, eso dedujo al oír desde su cuarto el disparo que creyó cohete, bomba o el cierre violento de una puerta desconocida; y su madre ahí, entre la colección de almohadas, collage de piel y retinas, certera como en cada error de su vida, como en el horror brutal de parirla.

Un nuevo acceso, el vómito incontenible, el arroyo en los oídos.

Ella tan torpe corriendo por la calle, arrepentida de haberse cortado las muñecas. Después, tratamiento con el doctor amable y silencioso. Ella imitaba su actitud por no saber cuál otra era la apropiada. Tiempo. Cuánto desde la primera mañana que se vio herida sin saber cómo; cuánto desde que se encerraba por ocultar el rostro evidentemente sajado.

Y ni modo, hay que llorar, porque se siente cansada. Todo este asunto, onírico o no, debe concluir algún día, aunque el concepto día, semana, ya se le anuble en la memoria y no pueda decir si una hora tiene sesenta infiernos, eternidades.

Abre los ojos para ver al gato que olfatea la sangre, lame un poco, sacude la pata accidentalmente remojada. El animal emite un solo maullido profundo, abismal, para después obsequiarle indiferencia. Imposible medir el tiempo por sus actos o costumbres, el gato es animal intemporal, andar de esponja, deseo fortuito.

Vuelve a cerrar los ojos, fluye sin violencia. Le parece oír a lo lejos un ruido familiar. No. Cerca. Tocan a la puerta. Débil, una paz abúlica le impide levantarse y abrir, nada más consigue alzar los párpados y sus ojos fulgen en el marco púrpura de la cara. Y si abriera, qué; nada qué decir, un trozo de carne sangrante no habla.

Cuánto tiempo habrá pasado hasta que vuelven a golpear con insistencia y toda la casa es caos de timbre telefónico, golpes, voces desde fuera.

Derriban la puerta. dos hombres y su amiga entrar y la miran lívida, joven, en el sillón de la sala con un breve tajo, uno solo, en el cuello pálido.



NOTA: Este texto se comparte sin fines de lucro y con el objetivo de fomentar la lectura

Texto tomado de Cuadernos del Taller Literario No. 12 de la Universidad Autónoma de Yucatán, libro publicado en el año 1991



 

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