La libertad de los pájaros | Fernando Muñoz Castillo

Erick Santoyo nos brindó nuevamente en el escenario su trabajo teatral, ahora fue una obra sobre el suicidio. Tres historias que se pueden considerar dentro de lo que se ha llamado narraturgia, con tintes poéticos muy forzados y muy cansados ya dentro del nuevo teatro regional de Yucatán, como si los mayas y mestizos habláramos en verso o con imágenes y metáforas poéticas todo el tiempo.

La idea es muy buena, pero cansada y repetitiva, además de mal actuada por la mayoría de las actrices, hasta Juan de la Rosa se ve estriado y fuera de foco. Como que este tipo de teatro muy recurrido por la dramaturga León Mora ya se gastó, como dicen los yucatecos, de tanto decir y decires y requetedecires para ocultar la verdad, que todo ha vuelto un círculo donde el reflejo es el mismo y este se propaga como la malaria en su época.

Lo que funciona en la obra de León Mora no siempre funciona en sus seguidores y detractores, que la «copian», no precisamente en Xerox, y se nota a larga distancia, e inmensamente más sobre un escenario, y nosotros como público.

La idea del actor, contenido, paralizado e inexpresivo, con los ojos desbordados y las manos crispadas o cerradas y tensas, es una buena e impactante imagen si esta se realiza desde el trabajo profundo e introspectivo del actor.

Pararse a decir un texto sin ningún sentimiento, como si estuvieran leyendo la tarea en la clase de biología, no impresiona a nadie, impresionarían más si escupieran pepitas de la china que chupan, ya que harían caras, moverían de diferentes maneras la boca y hasta cerrarían los ojos si les picara demasiado la sal con chile.

La narraturgia, tan de moda a finales del siglo pasado y tan enaltecida por la novísima dramaturgia, en estos momentos ha sido superada en el gusto y práctica de los jóvenes y no tan jóvenes dramaturgos por otras formas de construir y abordar el texto. En este momento es más una feria de vanidades en lo que se revuelca promiscuamente la dramaturgia de nuestro país. Pero es válido dado los caminos que siguen o en los que se estanca el arte del siglo XXI.

En una presentación de un libro de literatura «indígena», en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el maestro Montemayor hizo hincapié en el peligro de regodearse en la literatura indígena sin el rigor de la autocrítica y de la crítica de los especialistas en literatura, ya que esta literatura si quiere ser considerada como la otra y no como una hermanita muy menor, tiene que revisarse a sí misma cada determinado tiempo para evitar el estancamiento y la manida repetición de temas y formas.

En realidad ese mediodía de domingo, poco caso le hicieron los presentes en la mesa, pues estaban entusiasmados como niños ante el trabajo de Frishman, como judíos ante la llegada del verdadero Mesías.

Montemayor guardó silencio sin ocultar su molestia y su furia.

Tiempo después, en una reunión en su casa, se expresó acremente de esta realidad catastrófica y su inminente «debacle». De los presentes, ninguno era escritor bilingüe de alguna etnia del país.

El relato anterior nos muestra y alerta de algo muy peligroso y escabroso, un camino muy angosto rodeado de abismos por el que transitan desde hace un tiempo los autores indígenas, quienes ya deberían manifestarse como mayores de edad y declararse simplemente como escritores mexicanos. Así de sencillo, porque si no es así, la exclusión del resto de la república de las letras la están haciendo ellos y no el resto de la sociedad.

Por supuesto que esto significaría que tendrían que bajarse del pedestal en que se les ha colocado para expurgar culpas históricas.

El teatro de la palabra es maravilloso, pero para ello el actor o la actriz deben de tener un entrenamiento muy intenso y profesional, porque pararse como «estatua» y decir textos como decir cualquier cosa sin sentimiento ni emoción, no es lo mismo que hacer lo mismo con conciencia y compromiso con el riesgo que se corre ante un público que no oye, ni escucha, sino que apenas ve, observa menos y distingue nada.

Este tipo de teatro testimonio, que pretende no ser teatro, pero que lo es, simplemente se deja para los entes escénicos con una preparación súper profesional. Es, tal vez, lo más difícil a lo que se pueden enfrentar directores(as) y actores/actrices de teatro contemporáneo.

Para experimentar con este tipo de teatro narratúrgico testimonial, se necesita un entrenamiento exhaustivo y profundo manejado por maestros que conocen estos campos de la actuación y sus lenguajes, físicos, intelectuales y orales.

Bien, por el experimento, que aunque fallido es un intento por buscar nuevos caminos para nuestro Teatro Regional, ya que son pocos(as) quienes se atreven a transitar estos caminos.

No hay más que decir que la madurez profesional de Bertha Merodio se muestra en todo su esplendor, aunque en momentos se vuelva un poco acartonada en su anciana temblorosa que tanto conmueve al público.

Creo, al igual que los que se durmieron en la función, que habría que meter tijera al texto o bien, presentar sólo dos historias, las más fuerte, la primera y la segunda. Ya que la tercera parece un apéndice de la primera.

Vale la pena que Santoyo, quien se ha caracterizado por montajes sencillos y limpios, nítidos, siga trabajando con esta trilogía, hasta lograr lo que pretende, eso que vislumbramos muy a la distancia, casi imperceptiblemente.

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