Fusilados (Fragmento) | Cartucho | Nellie Campobello

Cuatro soldados sin 30-30

Y pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado. Se hizo mi amigo porque un día nuestras sonrisas fueron iguales, Le enseñé mis muñecas, él sonreía, había hambre en su risa, yo pensé que si le regalaba unas gorditas de harina haría muy bien. Al otro día, cuando él pasaba al cerro, le ofrecí las gordas; su cuerpo flaco sonrió y sus labios pálidos se elasticaron con un «yo me llamo Rafael, soy trompeta del cerro, de La iguana». Apretó la servilleta contra su estómago helado y se fue; parecía por detrás un espantapájaros; me dio risa y pensé que llevaba los pantalones de muerto.
Hubo un combate de tres días en Parral; se combatía mucho.
«Traen un muerto —dijeron— el único que hubo en el cerro de La Iguana». En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa; lo llevaban cuatro soldados. Me quedé sin voz, con los ojos abiertos abiertos, sufrí tanto, se lo llevaban, tenía unos balazos, vi su pantalón, hoy sí era el de un muerto.

El fusilado sin balas

Catarino Acosta se vestía de negro y el tejano echado para atrás; todas las tardes pasaba por la casa, saludaba a Mamá ladeándose el sombrero con la mano izquierda y siempre hacía una sonrisita que, debajo de su bigote negro, parecía tímida. Había sido coronel de Tomás Urbina allá en Las Nieves. Hoy estaba retirado y tenía siete hijos, su esposa era Josefita Rubio de Villa Ocampo.
Gudelio Uribe, enemigo personal de Catarino, lo hizo su prisionero, lo montó en una mula y lo paseó en las calles del Parral. Traía las orejas cortadas y, prendidas de un pedacito, le colgaban; Gudelio era especialista en cortar orejas a las gentes. Por muchas heridas en las costillas le chorreaba sangre. En medio de cuatro militares, a caballo, lo llevaban. Cuando querían que corriera la mula, nada más le picaban a Catarino las costillas con el marrazo. Él no decía nada, su cara borrada de gesto, era lejana; Mamá lo bendijo y lloró de pena al verlo pasar.
Después de martirizarlo mucho, lo llevaron con el güero Uribe. «Aquí lo tiene, mi General —dijeron los militares—, ya nada más tiene media vida,» Dicen que el güero le recordó ciertas cosas de Durango, tratándolo muy duro. Entonces dijo: Uribe que no quería gastar ni una bala para hacerlo morir. Le quitaron los zapatos y lo metieron por en medio de la vía, con orden de que corrieran los soldados junto con él y que lo dejaran hasta que cayera muerto. Nadie podía acercarse a él ni usar una bala en su favor; había orden de fusilar al que quisiera hacer esta muestra de simpatía. Catarino Acosta duró tirado ocho días. Ya estaba comido por los cuervos cuando pudieron levantar sus restos.
Cuando Villa llegó, Uribe y demás generales habían salido huyendo de Parral.
Fue un fusilado sin balas.

Epifanio

El pelotón sabía que era un reo peligroso. Espiaba todos sus movimientos; vestía un traje verde y sombrero charro. En frente de él había un grupo como de veinte o treinta individuos, tipos raros, unos mucho muy jóvenes y otros de barba blanca. Era un hombre delgado, moreno, muy inquieto.
Un fusilamiento raro.
Maclovio Herrera, con su Estado Mayor, después de discutir mucho, dijo al pueblo que Epifanio tenía que morir porque era un traidor, porque engañaba a las gentes quitándoles a sus tíos, a sus padres, en contra de Villa o de Carranza; gritó mucho en contra del reo, que ya en el paredón del camposanto, frente al pelotón, se levantó el sombrero, se puso recto, dijo que él moría por una causa que no era la revolución, que él era el amigo del obrero. Algo dijo en palabras raras que nadie recuerda. De la primera descarga sólo recibió un tiro en una costilla, se abrazó fuerte y, recostándose sobre la pared, decía: «Acábenme de matar, desgraciados». Otra descarga y cayó apretándose el sombrero tan recio que fue imposible quitárselo para darle el tiro de gracia; se lo dieron por encima del sombrero, deshaciéndole un ojo.
Las gentes se retiraron para sus casas; los compañeros de Epifanio llevaban en la mano todos los objetos que el fusilado les había regalado.
Dijo que él era amigo del obrero.

Zafiro y Zequiel

Dos mayos amigos míos, indios de San Pablo de Balleza. No hablaban español y se hacían entender a señas. Eran blancos, con ojos azules, el pelo largo, grandes zapatones que daban la impresión de pesarles diez kilos. Todos los días pasaban frente a la casa, y yo los asustaba echándoles chorros de agua con una jeringa de ésas con que se cura a los caballos. Me daba risa ver cómo se les hacía el pelo cuando corrían. Los zapatos me parecían dos casas arrastradas torpemente.
Una mañana fría fría, me dicen al salir de mi casa: «Oye, ya fusilaron a Zequiel y su hermano; allá están tirados afuera del camposanto, ya no hay nadie en el cuartel».
No me saltó el corazón, ni me asusté, ni me dio curiosidad; por eso corrí. Los encontré uno al lado del otro. Zequiel boca abajo y su hermano mirando al cielo. Tenían los ojos abiertos, muy azules, empañados, parecía como si hubieran llorado. No les pude preguntar nada, les conté los balazos, volteé la cabeza de Zequiel, le limpié la tierra del lado derecho de su cara, me conmoví un poquito y me dije dentro de mi corazón tres y muchas veces: «Pobrecitos, pobrecitos». La sangre se había helado, la junté y se la metí en la bolsa de su saco azul de borlón. Eran como cristalitos rojos que ya no se volverían hilos calientes de sangre.
Les vi los zapatos, estaban polvosos; ya no me parecían casas; hoy eran unos cueros negros que no me podían decir nada de mis amigos. Quebré la jeringa.

José Antonio tenía trece años

Estaban en la esquina de la segunda calle de El Rayo, viendo y riéndose con una muchacha. Distraídamente uno de los dos se recargó en el poste; puso toda la mano sobre una circular; los vio un soldado del cuartel de Jesús; los aprehendieron, los cintarearon mucho, llegó Miguel Baca Valles y se le ocurrió interrogarlos. «¿De dónde son ustedes?». Eran de Villa Ocampo, Durango, primos entre sí, el chico hijo de José Antonio Arciniega. «¡Ah!, tú eres hijo de José Antonio. Voy a llevarlos a dar un paseo al camposanto», dijo Vaca Valles, meciendo una sonrisa generosa.
Salieron con ellos y contaron los soldados que los fusilaron, que el chico había muerto muy valiente; que cuando les fueron a hacer la descarga se levantó el sombrero y miró al cielo. Othón murió un poco nervioso; no les pusieron caja, los echaron así nomás.
Se hicieron mil gestiones para conseguir sacarlos y nada se logró; a todos los muebles de la casa de José Antonio se les saltó la cerradura, porque el muchacho se llevó el llavero en la bolsa del chaleco y algunas cosas de valor. Baca Valles, escrupuloso y delicado, no quiso que fueran saqueados los cadáveres de los muchachos de Villa Ocampo.

Nacha Ceniceros

Junto a Chihuahua, en X estación, un gran campamento villista. Todo está quieto y Nacha llora. Estaba enamorada de un muchacho coronel de apellido Gallardo, de Durango. Ella era coronela y usaba pistola y tenía trenzas. Había estado llorando al recibir consejos de una vieja. Se puso en su tienda a limpiar su pistola, estaba muy entretenida cuando e le salió un tiro.
En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa; platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto.
—Han matado a Gallardito, mi General.
Villa dijo despavorido:
—Fusílenlo.
Fue una mujer, General.
—Fusílenla.
—Nacha Ceniceros.
—Fusílenla.
Lloró al amado, se puso los brazos sobre la cara, se le quedaron las trenzas negras colgando y recibió la descarga.
Hacía una bella figura, imborrable para todos los que vieron el fusilamiento.
Hoy existe un hormiguero en donde dicen que está enterrada.
Ésta fue la versión que durante mucho tiempo prevaleció en aquellas regiones del Norte. La verdad se vino a saber años después. Nacha Ceniceros vivía. Había vuelto a su casa de Catarinas, seguramente desengañada de la actitud de los pocos que pretendieron repartirse los triunfos de la mayoría.
Nacha Ceniceros domaba potros y montaba a caballo mejor que muchos hombres; era lo que sé, dice una muchacha del campo, pero al estilo de la sierra; podía realizar con destreza increíble todo lo que un hombre puede hacer con su fuerza varonil. Se fue a la revolución porque los esbirros de don Porfirio Díaz le habían asesinado a su padre. Pudo haberse casado con uno de los más prominentes jefes villistas, pudo haber sido de las mujeres más famosas de la revolución, pero Nacha Ceniceros se volvió tranquilamente a su hogar deshecho y se puso a rehacer los muros y tapar las claraboyas de donde habían salido miles de balas contra los carrancistas asesinos. La red de mentiras que contra el general Villa difundieron los simuladores, los grupos de la calumnia organizada, los creadores de la leyenda negra, irá cayendo como tendrán que caer las estatuas de bronce que se han levantado con los dineros avanzados.
Ahora digo, y lo digo con la voz del que ha podido destejer una mentira:
¡Viva Nacha Ceniceros, coronela de la revolución!

Las cinco de la tarde

Los mataron rápido, así como son las cosas desagradables que no deben saberse.
Los hermanos Portillo, jóvenes revolucionarios, ¿por qué los mataban? El camposantero dijo: «Luis Herrera traía ojos colorados, parecía que lloraba sangre». Juanito Amparán no se olvida de ellos. «Parecía que lloraba sangre».
A los muchachos Portillo los llevó al panteón Luis Herrera, una tarde tranquila, borrada en la historia de la revolución; eran las cinco.

Los 30-30

Gerardo Ruiz, elegante, nervioso, con sonrisa estudiada, ostentaba catorce heridas que tenía en la caja del cuerpo. Al decirle que lo iban a fusilar, se puso furioso y todo su aspecto londinense se deshizo ante dieciséis cañones de unos rifles veteados y mugrosos.
A mí no me pueden fusilar por esos papeles —gritaba con toda la fuerza de sus raquíticos pulmones—, yo soy un caballero y no puedo morir como un ladrón. Desgraciados, bandidos, ¿por qué me mandan matar? ¡Yo no voy! ¡Bestias salvajes, bandidos, bandidos! ¿Entonces para qué soy villista? Yo no voy. Óigalo bien, viejo desgraciado —se refería al General Jefe de las Armas, Gorgonio Beltrán—, ese dinero a mí no me lo dieron los carrancistas, era mío, mío, mío —y se golpeaba el pecho—; morir yo por unos mugrosos papeles, no, no. Gritó y vociferó como dos horas. El general villista que lo mandó fusilar oyó todos los insultos sin levantarse ni mover los ojos. Estaba sentado retorciéndose los bigotes.
—Que se lo lleven, ya ha desahogado su cólera, y que lo fusilen —dijo con voz suave y distraída. Su atención la tenía puesta en su bigote, que se amasaba con ritmos cadenciosos de viejo distraído.
Como el reo era peligroso, se le dobló la escolta. No quiso ir por media calle, porque dijo que él no era bandido; se fue por la banqueta, iba furioso, insultaba a los soldados y al oficial. Había caminado desde el correo hasta la calle de San Francisco, cuando le arrebató el rifle a uno de los soldados, lo «maromió» y, al querer hacer fuego, el rifle se embaló. Acto de segundos: llovieron sobre su cuerpo ágil y nervioso como veinte balas, recibiendo nada más dieciséis y quedando con vida. Un 30-30 le dio el tiro de gracia, desprendiéndole una oreja; la sangre era negra negra —dijeron los soldados que porque había muerto muy enojado—. Mucha gente vio este fusilamiento, era el mediodía. Mamá presenció todo.
Un jinete dio vuelta la esquina de la calle de San Francisco, frente al teatro Hidalgo; mecía en su mano trigueña y mugrosa un papel blanco, traía aprisionada la vida de Gerardo Ruiz. Levantaron el cuerpo, lo pusieron en una camilla infecta, que hería de mugrosa; alguien, con el pie, aventó hacia uno de los soldados un pedacito de carne amoratada. «Allí dejan la oreja» —dijo riéndose de la estupidez de los 30-30. La levantaron y se la pusieron al muerto junto a la cara. El jinete, con la vida en la mano, volvió al cuartel y la puso sobre una mesa.

Por un beso

A mí me parecía maravilloso ver tanto soldado. Hombres a caballo con muchas cartucheras, rifles, ametralladoras; todos buscando la misma cosa: comida. Estaban enfermos de la carne sin sal; iban a perseguir a Villa a la sierra y querían ir comidos de frijoles o de algo que estuviera cocido.
—Vamos a traer la cabeza de Villa —gritaban las parvadas de caballería al ir por las calles.
Una señora salió a la puerta y le gritó a uno de los oficiales:
—Oye, cabrón, traime un huesito de la rodilla herida de Villa, para hacerme una reliquia.
Hombres que van y vienen, un reborujo de gente. ¡Qué barbaridad, cuánto hombre, pero cuánta gente tiene el mundo!, decía mi mente de niña.
Llegó una tía mía para ver a Mamá, y le contó que un soldado yaqui había querido robarle a Luisa, mi prima; mil cosas dijo mi tía. Salieron en un automóvil color gris, y cuando volvieron estaban bastante platicadoras. Contaban detalles que ya no recuerdo, de cómo las había recibido el general Pancho Murguia; mi tía saltaba de gusto, porque le habían prometido fusilar al soldado y pedía ansiosa una taza de café.
«Qué bien tratan estos changos —le decía a Mamá—, ni parecen generales. Al ofrecerme que lo va a matar, es nada más para escarmiento de la tropa —repetía saboreando su café—. El susto que me pegó el malvado hombre, al quererse robar mi muchachita, no lo olvidaré hasta que me muera —aseguró convencida de su sufrimiento».
Al otro día, a la salida de las fuerzas de Murguía, al pasar por el panteón, de X regimiento sacaron a X soldado, el que nunca había visto a Luisa mi prima; ellos dijeron a la tropa:
«Este hombre muere por haber querido besar a una muchacha.
El hombre era yaqui, no hablaba español, murió por un beso que el oficial galantemente le adjudicó.
Había caído una terrible helada, las gentes muertas de frío dijeron distraídamente: «Mataron a un chango» (adjetivo que los de Chihuahua daban a los yaquis). El viento contestó: «Uno menos que se come Villa».
Yo creo que mi tía hizo una sonrisa de coquetería para el general de los changos.



NOTA: Este texto se comparte sin fines de lucro y con el objetivo de fomentar la lectura; se recomienda adquirir el libro donde está publicado este cuento.



FICHA BIBLIOGRÁFICA: 

Título: Cartucho

Autor: Nellie Campobello

Primera edición: 1931

Comprar en: https://www.gandhi.com.mx/cartucho-301089



 

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