Los 110 años de Fante, el Dios de Bukowski | Víctor Roura

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Este año es el 110 aniversario de John Fante, el padre literario de Charles Bukowski, que en agosto del próximo año se celebra su centenario natal.

      Cuando a Bukowski le preguntaban quién lo había influido en la escritura, jamás dudaba en contestar que no había otro sino sólo Fante, a quien recorría una y otra vez.

      Y en este abril se cumplieron los 110 años del nacimiento, en Colorado, de este distinguido autor poco valorado en las letras del mundo.

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John Fante adquirió notoriedad luego de su muerte, ¡al grado de que el Lifetime Achievement Award lo galardonó en 1987, cuatro años después de su fallecimiento! Hijo de emigrantes italianos, trabajó como guionista en Hollywood cuando esta labor no era millonariamente remunerada. Charles Bukowski lo tuvo como su tutor literario, razón por la cual ?al adquirir aquél la fama de escritor contracultural con la que fue bendecido en vida? fue redescubierto por el mundillo bibliográfico.

      Lo cierto es que, mientras vivió, Fante no las tuvo todas consigo. Inédita hasta 1985, Un año pésimo ?escrita a lo largo de la década de los sesenta? no es, ni con mucho, su mejor novela, pero contiene todos esos elementos que harán de su tetralogía sobre Arturo Bandini, acaso su alter ego, esa perfecta concepción prosística que, en cuatro volúmenes (Espera a la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Camino de Los Ángeles y Sueños de Bunker Hill), unifica una poderosa historia sobre los desterrados de este reino.

      Veinte años después de publicada por Black Sparrow Press, Anagrama ?en una traducción de Antonio-Prometeo Moya? virtió al español, por fin (en 2005), la novela que nos faltaba leer de Fante: Un año pésimo, la más debilitada, en efecto, pero que, hacia el final de su lectura, exhibe trazos de grandiosa percepción humana, tal como Bandini, a quien, a un paso de cometer incalificados improperios, le vuelve la sangre al corazón en los momentos decisivos.

      En Un año pésimo, Dominic Molise tiene diecisiete años y su futuro, a ojos vista, no era nada próspero. “Estaba en Roper, Colorado, haciéndome más viejo cada minuto que pasaba ?cuenta el propio Molise?. Me faltaban seis meses para cumplir dieciocho años y terminar el bachillerato. Medía un metro sesenta y dos de estatura y en tres años no había crecido ni un centímetro más. Tenía las piernas arqueadas, los pies hacia dentro y unas orejas dignas de Pinocho. Tenía los dientes torcidos y más pecas en la cara que un huevo de codorniz”.

      Un desastre, el jovencito Molise, y él mismo se daba lástima. Señor, murmuraba para sí, porque en aquella época era un creyente que hablaba con sinceridad a su Dios: “Señor, ¿es esto lo que quieres?, ¿para esto me has puesto en la tierra? Yo no te pedí nacer. No tuve absolutamente nada que ver con eso y sin embargo heme aquí, formulando preguntas justas, inquiriendo por los motivos, así que respóndeme, dame una señal: ¿es ésta la recompensa que obtengo por tratar de ser un buen cristiano, por doce años de clases de doctrina católica y cuatro de latín?, ¿es que he dudado alguna vez de la Transustanciación, de la Santísima Trinidad o de la Resurrección?”

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El adolescente Molise está perdido, obviamente, como tantos otros millares de jovencitos que se cuestionan su estar aquí y ahora.

      “¿Estás jugando conmigo? ?pregunta Molise a Dios?, ¿se te han ido las cosas de la mano?, ¿has perdido el control?, ¿ha tomado Satanás el poder? Sé sincero conmigo, porque vivo atribulado todo el tiempo”.

      No obstante, era un privilegiado. O se creía un privilegiado. Uno entre millones. A pesar de las múltiples contrariedades, él contaba, a diferencia de tanta juventud defectuosa, con una virtud que, confiaba, le cambiaría completamente la vida: “En aquella época daba yo buenas zancadas, tenía paso de pistolero, la desenvoltura del típico zurdo, con el hombro izquierdo algo caído y El Brazo colgando a su aire, como una culebra; mi brazo, mi bendito brazo, el brazo santo que procedía de Dios, y aunque el Señor me había creado de un pobre albañil, me había cubierto de oro al colgarme de la clavícula aquel prodigio”.

      Era el zurdo más grande del mundo… si bien el mundo aún lo ignoraba. Su pobreza impedía que todos lo conocieran, y su edad. Su edad. Todavía no era adulto, y por mucho brazo de oro que tuviera nadie se lo creía. Pero, ¿no todos los grandes beisbolistas procedían de cunas humildes? ¿Quién iba a decir que el empobrecido Babe Ruth se convertiría en un rico hombre con los años? Por eso Dominic Molise hablaba con su brazo. Era su único consuelo. El Brazo siempre lo calmaba. El buen Brazo izquierdo se hacía cargo de la situación.

      Le decía: “Tranquilo, chico, es la soledad, estás totalmente solo en el mundo; ni tu padre ni tu madre ni tu fe pueden ayudarte, nadie ayuda a nadie, sólo tú puedes ayudarte y por eso estoy aquí, porque somos inseparables y nos ocuparemos de todo”. ¡Oh, Brazo, Brazo fuerte y leal!, se decía Molise, “háblame con dulzura. Háblame de mi futuro, de los aplausos de las multitudes, de la pelota colándose a la altura de las rodillas, de los bateadores entrando y saliendo descalificados, fama, fortuna y victoria, todo eso tendremos. Y un día moriremos y yaceremos juntos en la misma fosa. Dom Molise y su estupendo Brazo, el mundo del deporte se estremecerá de dolor, el telegrama del presidente de la nación a mi familia, las banderas a media asta en todos los estadios del país, los admiradores llorando sin ninguna vergüenza, la biografía en cuatro partes publicada en el Saturday Evening Post: El Triunfo Sobre la Adversidad, la Vida de Dominic Molise”.

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Pero, bueno, mientras el futuro permaneciera en ese distante sitio, Dom Molise sufría en el presente. Enamorado inútilmente de Dorothy Parrish, la hermana de su mejor amigo Kenny, el mismo que lo animaba a fugarse del pueblo para probar fortuna con los Cubs de Chicago. Al fin y al cabo, Dom Molise era el mejor pítcher del mundo: el dinero vendría con facilidad desde el primer dolarizado contrato.

      Pero el padre de Molise no creía en esa patraña.

      Eres bueno, chico, dijo a su hijo cuando éste le confesó sus intenciones?, pero no lo bastante duro. ¿Sabes de qué estoy hablando? Esos hombres son de hierro. Son duros, están curtidos. Te machacarán en el campo. Te matarán. Te partirán el corazón.

      Y si su padre no lo apoyaba, de todos modos él se iría. Era ya una obsesión. La pobreza estaba matando al adolescente. Así que, con su amigo Kenny, roba la indispensable hormigonera de su padre albañil para venderla y con el dinero poder fugarse del maldito pueblo. Sin embargo, una serie de inesperadas situaciones harán cambiar la originaria estrategia de ambos muchachos: la abuela que es testigo imprevisible del robo, el súbito arrepentimiento de Kenny y la propia conciencia de Dominic que en el último momento prefiere enfrentar las cosas de cara con su padre, quien, de buen corazón pese a sus visibles incompetencias e inepcias, sacrifica lo más preciado de sus instrumentos de trabajo (al fin y al cabo casi siempre está desempleado, prefiriendo vivir en casas ajenas, lejos de su abandonada familia) para poderle dar el dinero a su hijo y largarse, sí, a probar suerte en el orbe profesional del beisbol.

      No obstante a Dominic le ha dicho que le han prestado los escasos dólares, pero cuando el niño descubre el tamaño del sacrificio paterno, casi se conmociona: ¡la hormigonera que él se quería robar para su provecho finalmente su padre la ha mal vendido para satisfacer a su hijo, a ese hijo que quién sabe si alcanzó su objetivo financiero, si pudo pagarle a su padre el adeudo con el que le mostró (¡por fin!) cuánto lo quería, si logró conquistar al mundo deportivo!

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Para Charles Bukowski, John Fante era como un Dios, según él mismo apuntó en el prólogo al libro Pregúntale al polvo, que Anagrama en 2001 agregó a su colección “Panorama de Narrativas” 21 años después de que Empúries / Paidós la diera a conocer en español en una traducción de Antonio-Prometeo Moya, la misma edición que la barcelonesa Anagrama incorporó a su catálogo.

      En la Biblioteca Municipal de Los Ángeles, Bukowski dio involuntariamente con ese volumen de Fante. “Pasé unos minutos hojeándolo ?escribió Bukowski?. Y entonces, a semejanza del hombre que ha encontrado oro en los basureros municipales, me llevé el libro a una mesa. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedió con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que allí se había esculpido algo. He allí, por fin, un hombre que no se asustaba de los sentimientos. El humor y el sufrimiento se entremezclaban con sencillez soberbia”.

      Sí: John Fante tuvo sobre Bukowski un efecto poderoso.

      No por otra cosa sino porque la escritura de Fante es asombrosamente parecida a la suya: Bukowski, sin saberlo, escribía como Fante. Cuando Bukowski tenía 19 años de edad, se publicó por vez primera, en 1939 (hace exactamente ocho décadas), Pregúntale al polvo, novela con todos los ingredientes bukowskianos que harían alterar y conmover al propio Bukowski 40 años después.

      “Fante fue para mí como un Dios ?apuntó Bukowski en el prólogo de este libro en su edición norteamericana de 1980?, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarlos en paz, que no hay que llamar a su puerta”. Sin embargo, sí lo conoció: cuatro años antes de la muerte de Fante, Bukowski tuvo la oportunidad de rendirle personalmente pleitesía. Así se enteró de las desgracias y de las frustraciones de este autor, que no conoció en vida, a diferencia de Bukowski, la fama y la consecuente derrama económica. Fante trabajó como guionista de tercera en Hollywood y no obtuvo, nunca, ningún reconocimiento por su literatura sino, y sobre todo en Europa, hasta después de su muerte.

      Bukowski se entusiasmó con el estilo fanteano, porque creyó leerse a sí mismo.

      Pregúntale al polvo es la historia del escritor Arturo Bandini, el alter ego ?como ya se apuntó líneas arriba? de Fante (tal como Henry Chinaski era el de Bukowski), que lucha por sobrevivir en los arrabales de Los Ángeles. En un deprimente restaurante conoce a la mexicana Camila López, de quien se enamoraría perdida e inútilmente. A partir de ahí, Fante se regodea en su misoginia, se adentra al mundo perverso del sadomasoquismo, se interna en las miserias del alcohol y las drogas, en las esferas del odio y el amor oprimido. Cuando empieza a pensar en la atractiva Camila y en su despreciable origen latino, Bandini se enorgullece de su raíz anglosajona. El asunto eterno, mal entendido, inexplicable, discriminatorio, racista, incomprensible, vertebral, insolidario o solidario, de las migraciones.

      La primera vez que salieron, Bandini le miró directamente sus pies.

      ?Las sandalias que calzas ?dijo?, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?

      [Hay que recordar que la traducción de la novela proviene de un español y para los españoles los malditos latinoamericanos son unos “sudacas” asquerosos y grasientos, hijos de la mala madre, seres inferiores de una tierra ínfima, por eso fácilmente conquistada.]

      Luego de decirle a Camila lo que tenía que decirle, Arturo Bandini enderezó la espalda y se alejó contoneándose, silbando de satisfacción: “En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en recogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas. Yo era norteamericano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos, los norteamericanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los norteamericanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América”.

      La reproducción ideológica no ha cambiado desde entonces, sino todo lo contrario. La novela exhibe el odio supremo que reinaba, y reina, en las tierras del imperio vecino. Como buen hijo de migrantes, Fante no callaba lo que en torno suyo giraba.

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Cuestión de nacionalismos adoptados: al igual que Bukowski, alemán en la sangre pero ferviente patriota estadounidense, Fante llevaba en las venas la sangre italiana pero era un pundonoroso y soberbio yanqui (o como varios hijos de mexicanos que ya olvidaron el español, como en el caso del dreamer Carlos Santana).

      La piel se me pone chinita con estos temas, caray.

      Ambos, Fante y Bukowski, despreciaban literariamente a todos aquellos que no formaran parte de su aldea global. Pregúntale al polvo, en efecto, es una historia bukowskiana en el sentido que se lee fluidamente, rabiosamente, donde tienen cabida el desamparo y el sufrimiento del submundo social no atendido ni visualizado por quienes detentan los poderes económicos. Bandini desea ser un famoso escritor, pero su desastrosa vida sólo lo hace cometer estupideces que lo arrastran, cada vez más, a la desesperación sin freno.

      A pesar de que, al final de la novela, consigue buenos contratos con su casa editorial, Bandini ya no tiene remedio porque Camila, esa infeliz mexicanita, lo ha trastornado por completo. La busca con ferocidad y cuando por fin la encuentra nada más es para insultarla y rebajarla por su, según él, inferioridad femenina (“para mí serás siempre una obrerita tonta, una violetera del querido México”). A tal grado es el sometimiento que la pobre Camila siente en Los Ángeles (ella también reniega de ser mexicana, quiere ser una norteamericana sin conseguirlo por sus visibles atributos físicos) que cambia su López por Lombard a ver si con eso modifica su suerte (¿no Jennifer López decidió mejor convertirse en Estados Unidos en JLo?). Pero ya ha conocido a Bandini y su destino está trazado: será suya cuantas veces el hombre lo quiera hasta que ella se enamore de un tuberculoso y las drogas la perturben de por vida.

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Amor y odio. Cuando Bandini siente que la está perdiendo, reconoce que es la hembra más hermosa que ha tenido entre sus brazos. Y no puede recuperarla nunca más. La busca en los hospitales y en los sitios más inesperados, en vano. La última vez que vio a Camila “nada tenía que decir con los labios, pero sus facciones cadavéricas, el tamaño y blancura excesivos de los dientes, la sonrisa asustada me hablaron con diáfana elocuencia del horror que presidía sus días y sus noches”. Camila desapareció haciendo enloquecer, casi, a su amado verdugo. El amor bukowskiano, desde los tiempos de Fante, es, y ha sido siempre, románticamente imposible.



FUENTE: NOTIMEX



 

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