Sobre los huesos de los muertos (I) | Olga Tokarczuk (Premio Nobel Literatura 2018)

I
A PARTIR DE AHORA, TENGAN CUIDADO

Aunque antes fue sumiso,
al verse en una senda peligrosa
el hombre justo 
entró al valle de la muerte.

He llegado a una edad y a un estado en que cada noche antes de acostarme debería lavarme los pies y arreglarme a conciencia por si tuviera que venir a buscarme la ambulancia.
Si aquella noche hubiera consultado el libro de las efemérides para saber qué sucedía en el cielo, jamás me hubiera ido a acostar. Pero en lugar de eso caí en un sueño profundo, gracias a una infusión de lúpulo que acompañé con dos pastillas de valeriana. Por eso, cuando a mitad de la noche me despertaron los golpes en la puerta —violentos y desmesurados, y por lo tanto, de mal augurio—, me costó recuperar la conciencia. Salté de la cama, y me puse de pie con el cuerpo tembloroso, tambaleante y a medio dormir, incapaz de saltar del sueño a la vigilia. Sentí que me mareaba y di un traspié, como si fuera a desmayarme de un momento a otro —algo que por desgracia solía sucederme recientemente y tenía relación con mis dolencias. Tuve que sentarme y repetir varias veces: «Estoy en casa, es de noche, alguien golpea la puerta», y sólo así logré controlarme. Mientras buscaba las pantuflas en la oscuridad oí que la persona que llamaba a la puerta daba la vuelta a la casa y murmuraba en voz baja. Abajo, en el hueco que hay entre los contadores de la luz, guardo una botella de gas paralizante que me dio Dionizy por si me agredieran los cazadores furtivos, y justo en aquel momento me acordé de ella. Aunque me hallaba a oscuras conseguí dar con la forma fría y familiar del aerosol, y armada de aquel modo encendí la luz del exterior. Eché un vistazo al porche por la ventanita lateral. La nieve emitió un crujido y en mi campo de visión apareció Pandedios, uno de mis vecinos. Éste estrujaba con ambas manos el viejo abrigo de piel de cordero con el cual lo había visto trabajar cerca de mi casa, a fin de que se mantuviera apretado alrededor de su cuerpo. Por debajo de éste se veían sus piernas, enfundadas en una pijama a rayas y unas pesadas botas de montaña.
—Abre —me dijo.
Sin disimular su extrañeza observó el traje de lino de verano que yo vestía como pijama (suelo dormir con un traje que el profesor y su esposa pensaban tirar en verano, el cual me recuerda las modas de antes y los años de mi juventud, de manera que sumo lo práctico a lo sentimental) y sin encomendarse a dios ni al diablo entró en mi casa.
—Vístete, por favor: Pie Grande está muerto.
La impresión me quitó el habla durante unos segundos; incapaz de decir palabra agarré unas botas altas para la nieve y me eché encima el primer forro polar que encontré en una de las perchas. Al pasar por el halo de luz de la lámpara del porche la nieve del exterior se transformaba en una lenta y somnolienta ducha. Pandedios estaba a mi lado en silencio; alto, delgado, huesudo, como una figura esbozada con un par de trazos a lápiz. A cada uno de sus movimientos la nieve caía de él como de un dulce espolvoreado con azúcar glas.
—¿Cómo que «está muerto»? —logré preguntar al fin, con la garganta encogida, mientras abría la puerta, pero Pandedios no contestó.
En general habla poco. Seguro que tiene a Mercurio en el signo zodiacal, imagino que en Capricornio o en la conjunción, quizás en el cuadrado o en oposición con Saturno. También es posible que tenga a Mercurio en retroceso, lo cual provoca ese tipo de carácter reservado.
Salimos de mi casa e inmediatamente se apoderó de nosotros ese aire frío y húmedo, que conocemos de sobra, el cual nos recuerda invierno tras invierno que el mundo no ha sido creado para el hombre y al menos seis meses al año nos muestra cuán hostil es hacia nosotros. El hielo atacó violentamente nuestras mejillas y blancas nubes de vaho zarparon de nuestras bocas. La luz del porche se apagó automáticamente y caminamos por la crujiente nieve en completa oscuridad, si exceptuamos la linterna frontal de Pandedios, que agujereaba aquella oscuridad en un punto que se desplazaba unos pasos por delante de él. Yo lo seguía a pasos cortos en las tinieblas.
—¿No tienes una linterna? —me preguntó.
Claro que tenía, pero ¿dónde? Eso sólo podría averiguarlo a la luz del día. Siempre pasa lo mismo con las linternas, sólo son visibles durante el día.
La casa de Pie Grande estaba un poco retirada, un poco por encima de todas las demás. Era una de las tres que permanecían habitadas durante todo el año. Sólo él, Pandedios y yo vivíamos allí, sin temor al invierno; los demás habitantes cerraban herméticamente sus residencias a partir de octubre; vaciaban las tuberías del agua y volvían a sus respectivas ciudades.
Entonces dejamos el camino del que habían retirado la nieve parcialmente, el cual pasaba por nuestro poblado y se ramificaba hasta convertirse en los diversos senderos que conducían a cada una de las casas. A la de Pie Grande se llegaba por un sendero hondo que el uso continuo fue abriendo en la nieve, tan estrecho que nos obligaba a poner un pie detrás de otro todo el tiempo y a esforzamos por mantener el equilibrio.
—No es algo agradable de ver —advirtió Pandedios, al tiempo que giraba hacia mí y me cegaba por completo con la linterna.
No esperaba otra cosa. Calló un segundo, y como intentando justificarse, agregó:
—Me preocupé al ver luz en la cocina y los ladridos y aullidos de la perra, tan desesperados. ¿No oíste nada?
No, no había oído nada. Dormía, aturdida por el lúpulo y la valeriana.
—¿Dónde está la perra?
—La saqué de allí, me la llevé a casa, le di de comer y se calmó.
Nos quedamos otro momento en silencio.
—Pie Grande siempre se acostaba temprano y apagaba la luz para ahorrar, pero en esta ocasión la luz seguía encendida, creando una clara estela en la nieve, visible desde la ventana de mi dormitorio. Así que fui hasta allí, mientras me decía que quizá se había emborrachado o maltrató tanto a su perra que la hizo aullar.
Dejamos atrás el devastado granero y poco después la linterna de Pandedios sacó de la oscuridad dos pares de ojos verdosos y fluorescentes.
—Mira, son corzos —susurré con entusiasmo y lo agarré de la manga del abrigo—. Hay que ver cuánto se han acercado a la casa. ¿No tienen miedo?
A los corzos la nieve les llegaba casi a la altura de la barriga. Nos miraban tranquilamente, como si los hubiéramos pillado realizando un ritual cuyo significado no alcanzábamos a entender. Estaba oscuro, así que no era capaz de distinguir si se trataba de las hembras jóvenes que habían llegado hasta allí en otoño desde Chequia, o eran otras. Y de hecho no deberían ser sólo dos. Aquéllas eran cuatro por lo menos.
—¡Váyanse a casa! —agité los brazos. Los corzos vacilaron, pero no se movieron. Nos acompañaron tranquilamente con la mirada hasta que llegamos ante la puerta. Me recorrió un escalofrío.
Mientras tanto, Pandedios se sacudía la nieve de los pies frente a la puerta de la casa en ruinas, dando fuertes pisotones contra el suelo. Pie Grande había sellado las pequeñas ventanas con diversos plásticos y papeles y la puerta de madera con tela asfáltica.

En las paredes de la entrada se amontonaban trozos de leña irregularmente cortada para encender la estufa. Era un espacio desagradable, ¿qué otra cosa podría decir? Sucio y descuidado. En todas partes se sentía el olor a humedad, madera y tierra fría, voraz. El tufo del humo se había ido posando en las paredes a lo largo de los años hasta formar una capa grasienta.
La puerta de la cocina estaba entreabierta y de inmediato vi el cuerpo de Pie Grande tumbado en el suelo. Mi mirada apenas si lo tocó y acto seguido se apartó de él. Pasó un instante hasta que pude volver a mirarlo. Era una imagen horrible.
Estaba tumbado, retorcido, en una postura extraña, con las manos junto al cuello, como si hubiera forcejeado para arrancarse un pedazo de tela que lo ahorcara. Poco a poco, como hipnotizada, me fui acercando. Vi sus ojos abiertos y fijos en algún lugar bajo la mesa. Su camiseta sucia estaba desgarrada a la altura de la garganta. Parecía como si el cuerpo hubiera luchado contra sí mismo y, derrotado, hubiera sucumbido. El espanto hizo que sintiera frío, la sangre se me congeló en las venas y tuve la sensación de que el frío buscaba instalarse más adentro aún, en el interior de mi cuerpo. Apenas un día antes había visto aquel cuerpo con vida.
—Dios mío —farfullé—. ¿Qué le pasó?
Pandedios se encogió de hombros.
—No consigo comunicarme con la policía, mi teléfono se conecta con los checos.
Saqué del bolsillo mi móvil, marqué el número de emergencias que conocía por haberlo visto en la televisión —el 997— y poco después oí una contestadora automática en checo. Así son las cosas aquí. La cobertura cambia de un momento a otro sin prestar atención a las fronteras de los Estados. En ocasiones la frontera entre las operadoras se detiene a la altura de mi cocina. Llegó a darse el caso de que permaneciera varios días junto a la casa de Pandedios o en su terraza, pero es difícil prever su carácter cambiante.
—Tendríamos que ir mucho más arriba de la casa, a la colina —sugerí.
—Cuando lleguen, estará totalmente rígido —dijo Pandedios con ese tono de sabelotodo que me resulta especialmente desagradable. Se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo de la silla—. No podemos permitir que se quede así. Tiene un aspecto horroroso, pero era nuestro vecino, después de todo.
Yo miraba el pobre y retorcido cuerpo de Pie Grande y me era difícil creer que apenas un día antes había tenido miedo de aquella persona. No me caía bien. Y me quedo corta: no me gustaba. Más bien debería aclarar que me parecía asqueroso: horrible. De hecho, ni siquiera lo consideraba un ser humano. Ahora estaba tirado en el suelo, cubierto de manchas, en ropa interior, sucio, y se veía pequeño, flaco e inofensivo. Un pedazo de materia que a consecuencia de transformaciones difícilmente imaginables se había convertido en un ser frágil y ajeno a todo. Me puse triste, terriblemente triste, porque ni siquiera alguien tan repugnante como él merecía morir. ¿Y quién lo merecía? A mí también me esperaba ese destino, y a Pandedios y a aquellos corzos de allí afuera; todos seremos un día poco más que eso, un cuerpo sin vida.
Miré a Pandedios para encontrar en él algún tipo de consuelo, pero él ya estaba dedicado a tender la cama deshecha, o mejor dicho, el camastro, el cochambroso sofá cama, así que debí consolarme yo sola. Entonces me vino a la mente que la muerte de Pie Grande en cierta forma podía constituir algo bueno, en la medida en que lo había liberado del desorden que era su vida. Además, liberó a otros seres vivos de él. De golpe me di cuenta de qué buena podía ser la muerte, oportuna como un desinfectante o una aspiradora. Reconozco que eso fue lo que pensé, y, de hecho, lo sigo pensando.
Pie Grande era mi vecino, nuestras casas estaban separadas por apenas medio kilómetro, pero raras fueron las ocasiones en las que tuve contacto con él por fortuna. Lo veía más bien desde lejos: su menuda y fibrosa figura, siempre tambaleante, se deslizaba sobre el fondo del paisaje. Mientras caminaba murmuraba para sí y a veces el viento de la meseta me hacía llegar jirones de aquel monólogo simple y predecible. Su vocabulario estaba compuesto principalmente de palabrotas a las que añadía nombres propios.
Conocía cada palmo de terreno de esta región, parece ser que había nacido en estas tierras y nunca había llegado más allá de Kłodzko. Lo sabía todo sobre el bosque: qué podía darle dinero, a quién debía venderle qué cosa. Setas, moras, madera robada, yesca para el fuego, lazos y trampas, la carrera anual de vehículos todoterreno, las partidas de caza. El bosque proveía a aquel gnomo, y él tendría que haberlo respetado, pero no lo hizo. Una vez, en agosto, durante una época de sequía, prendió fuego a un gran campo de arándanos. Llamé a los bomberos pero no lograron salvar gran cosa. Nunca llegué a saber por qué lo hizo. En verano vagabundeaba por los alrededores con una sierra y talaba los árboles que se hallaban en la flor de la vida. Cuando le llamé la atención de la manera más educada posible, se limitó a responder, controlando su ira con dificultad:
—¡Largo de aquí, vieja chocha!
Sólo que usó peores palabras. Ganaba un dinero extra con lo que robaba, recogía o trapicheaba aquí y allá. Cuando los veraneantes dejaban en el patio una linterna o unas tijeras para podar, Pie Grande siempre encontraba el momento y arramblaba con todo lo que se podía convertir en dinero. En mi opinión, debió ser castigado en más de una ocasión, e incluso acabar en la cárcel. No sé cómo lo hacía, pero siempre salía impune. Quizá cuidaba de él algún ángel; ya se sabe que de vez en cuando se ponen del lado equivocado.
Como cazador furtivo sus métodos tampoco tenían límites. Trataba el bosque como si fuera de su propiedad, todo en él le pertenecía. Pertenecía a la especie de los saqueadores.
Pasé muchas noches sin dormir por su culpa por la impotencia. Llamé varias veces a la policía, pero cuando respondían a la llamada, tomaban amablemente nota de mi denuncia, pero nunca pasaba nada. Pie Grande volvía a las andadas, con su manojo de cepos al hombro, al tiempo que soltaba unos gritos amenazadores, como una pequeña y malvada deidad, cruel e imprevisible. Siempre estaba un poco borracho y quizás era eso lo que liberaba su malévolo humor. Hablaba entre dientes y golpeaba los troncos de los árboles con un palo, como si quisiera apartarlos de su camino; parecía que hubiera nacido en un estado de ligero ofuscamiento. Fueron muchas las veces que seguí sus pasos y fui recogiendo las primitivas trampas de alambre que había puesto para cazar animales: lazos atados a árboles jóvenes, combados de manera que el animal capturado saliese volando hacia lo alto, como disparado por una honda, y quedase colgando en el aire. A veces encontraba animales muertos por culpa de ese sistema: liebres, tejones y corzos.
—Tenemos que trasladarlo a la cama —dijo Pandedios.
No me gustó la idea. No me gustaba la idea de tocarlo.
—Tendríamos que esperar a la policía —dije. Pero Pandedios ya había preparado el lugar en el sofá y se había arremangado el suéter. Me dedicó una mirada penetrante con aquellos ojos suyos tan claros.
—Imagino que no te gustaría que te encontraran así. En tal estado. No es humano…
Estoy de acuerdo: el cuerpo humano es algo inhumano. Especialmente cuando se encuentra sin vida.
¿No resulta una sombría paradoja que tuviéramos que ocuparnos del cuerpo de Pie Grande, que fuera a nosotros a quienes les hubiera dejado ese último problema? A nosotros, sus vecinos, a quienes no respetaba ni apreciaba, y a quienes tenía por menos que nada.
A mí me parece que después de morir debería tener lugar la desmaterialización de la materia. Sería la solución más adecuada. Los cuerpos desmaterializados volverían así directamente a los agujeros negros de los que salieron. Las almas viajarían a la velocidad de la luz hasta la luz. Si es que existe el alma, claro está.
Sobreponiéndome a la terrible resistencia que sentía, hice lo que ordenaba Pandedios. Agarramos el cuerpo por brazos y piernas y lo trasladamos hasta el sofá. Constaté con sorpresa que era pesado, y que no parecía en absoluto inerte, sino más bien tercamente rígido, tan desagradable como las sábanas almidonadas recién salidas de la tintorería. Vi también sus calcetines, o aquello que tenía en los pies en lugar de calcetines: trapos sucios, medias formadas con las tiras de una sábana gris hecha jirones y cubierta de manchas. No sé por qué la visión de aquellas medias me golpeó tan fuerte en el pecho, en el diafragma, en todo mi cuerpo, al grado que no pude contener un sollozo. Pandedios me miró fría, fugazmente y con evidente desaprobación.
—Tenemos que vestirlo antes de que lleguen —dijo Pandedios y vi que también a él le temblaba la barbilla frente a aquella miseria humana (aunque por alguna razón no quería reconocerlo).
Así que primero intentamos retirarle la camiseta sucia y apestosa, pero no hubo manera de quitársela por la cabeza, y Pandedios tuvo que sacar del bolsillo una complicada navaja multiusos y cortar esa tela a la altura del pecho. Pie Grande estaba ahora tendido ante nosotros en el sofá, medio desnudo, peludo como un troll, el pecho y los brazos cubiertos de cicatrices y tatuajes ya ilegibles, entre los cuales me fue imposible reconocer una sola forma que tuviera un mínimo de sentido. Conservó los ojos irónicamente entreabiertos mientras nosotros buscábamos en un desvencijado armario algo decente para vestirlo antes de que el cuerpo se enfriara para siempre y volviera a convertirse en lo que de hecho siempre había sido: un terrón de materia. Unos calzoncillos rotos asomaban por debajo de los pantalones plateados de su conjunto deportivo, recién estrenado.
Retiré cuidadosamente las asquerosas medias y sus pies me sorprendieron. Siempre he tenido la impresión de que los pies son la parte más íntima y personal de nuestro cuerpo: no los genitales ni el corazón, ni siquiera el cerebro, órganos sin mayor importancia de los que se suele tener un alto concepto. Es en los pies donde se esconde todo lo que hay que saber respecto al ser humano, es ahí donde el cuerpo concentra el sentido profundo y dice quiénes somos realmente y cómo nos relacionamos con la tierra. En la manera que tenemos de tocar la tierra, en el punto en que la tierra se une con el cuerpo se encuentra el misterio: nos recuerda que estamos hechos de materia y al mismo tiempo somos ajenos a ella, que estamos separados de ella. Los pies son nuestros instrumentos para hacer contacto. Y esos pies desnudos eran para mí la prueba de la extraña procedencia de Pie Grande. Era imposible considerarlo un ser humano. Debía tratarse de una forma sin nombre, una de esas formas que —como dice nuestro querido Blake— lanzan los metales al infinito y convierten el orden en caos. Puede que fuera una especie de demonio. A los seres demoníacos siempre se les reconoce por los pies, pues pisan la tierra de otra manera.
Aquellos pies tan largos y estrechos, de uñas negras y deformes, con esos dedos angostos, parecían ser prensiles. El dedo gordo estaba un poco separado del resto, como si fuera otro pulgar. Todos estaban cubiertos de espeso pelo negro. ¿Se había visto algo así antes? Pandedios y yo intercambiamos una mirada de asombro.
En el armario, prácticamente vacío, encontramos un traje color café, con alguna que otra mancha, casi nuevo. Nunca vi que lo usara. Pie Grande siempre vestía unas botas de fieltro y unos pantalones raídos que acompañaba de una camisa a cuadros y un chaleco de piqué, fuera la época del año que fuera.
Si vestir al muerto era una especie de caricia, no creo que en vida Pie Grande hubiera experimentado tanto cariño. Lo sostuvimos delicadamente por debajo de los brazos y le pusimos la ropa. Su peso descansaba contra mi pecho y tras una ola de repulsión natural que me produjo náuseas, de repente, me vino a la mente el impulso de abrazar aquel cuerpo, darle unas palmadas en la espalda y decirle en un tono tranquilizador: «No te preocupes, todo saldrá bien». Si no lo hice fue por la presencia de Pandedios no fuera a interpretar eso como un tipo de perversión.
Aquellos gestos no realizados se transformaron en un pensamiento y sentí lástima de Pie Grande. Quizá lo había abandonado su madre y había sido un infeliz durante toda su triste vida. Más que las enfermedades mortales, son los largos años de desdichas quienes degradan a las personas. Nunca vi en su casa a otra persona, no lo visitaban familiares ni amigos. Ni siquiera los buscadores de setas se paraban frente a su casa para charlar con él. La gente le tenía miedo y no provocaba ninguna simpatía. Parece que sólo mantenía cierto contacto con los cazadores, pero muy rara vez. Le calculé unos cincuenta años, y me dije que daría cualquier cosa por conocer su octava casa y saber si pesaba en ella alguna influencia de Neptuno con Plutón y Marte en el ascendente, porque cuando Pie Grande cargaba en sus manos venosas esa sierra dentada recordaba a un rapaz que vive únicamente para sembrar la muerte y causar sufrimiento.
Para ponerle la chaqueta, Pandedios lo levantó hasta sentarlo y entonces vimos que dentro de su boca la lengua, grande e hinchada, sujetaba algo, así que tras un instante de vacilación, apretando con asco los dientes y retirando varias veces la mano, tomé delicadamente aquel objeto por la punta y vi que tenía entre los dedos un huesecillo largo y fino, afilado como un bisturí. En ese instante brotaron un gorgoteo gutural y una bocanada de aire de la boca muerta, un callado silbido que sonó exactamente igual que un suspiro, y nos apartamos del muerto. Con toda seguridad Pandedios sintió lo mismo que yo: terror. Estoy segura de ello porque poco después salió de la boca de Pie Grande un flujo de sangre color rojo oscuro, prácticamente negro. Un funesto flujo que se derramó en el exterior.
Nos quedamos inmóviles y aterrados.
—Vaya —la voz de Pandedios temblaba—, se atragantó. Se atragantó con un hueso. El hueso se le atoró en la garganta, se atragantó con un hueso en la garganta, se atragantó —repetía nerviosamente.
Y después, como si intentara calmarse él mismo, añadió:
—¡A trabajar! No siempre las obligaciones para con el prójimo tienen que ser agradables.
Me quedaba claro que se había nombrado jefe de aquel servicio nocturno y me puse a sus órdenes.
Nos entregamos por completo a la ingrata labor de embutir a Pie Grande en el traje color café y colocarlo en una postura digna. Hacía tiempo que no había tocado ningún cuerpo ajeno, por no hablar ya de un cuerpo sin vida. Sentí cómo a cada instante iba apoderándose de él la falta de movimiento, cómo se iba petrificando minuto a minuto; por eso nos dimos tanta prisa. Y cuando Pie Grande estuvo acostado con su traje de fiesta el rostro perdió finalmente su expresión humana y se transformó, sin duda alguna, en un cadáver. Únicamente el dedo índice de la mano derecha se negaba a acatar la tradicional posición de las manos cortésmente entrelazadas, y se alzaba hacia arriba, como si quisiera llamar nuestra atención y detener por un instante nuestros nerviosos y precipitados esfuerzos:
—Tengan cuidado, hay algo que no han visto, un elemento oculto y esencial de este proceso, digno de la máxima atención, que se esconde ante ustedes; gracias a él nos hemos reunido en este lugar y en este momento, en una pequeña casa de la meseta, entre la nieve y la noche; yo, como cuerpo sin vida, ustedes, como seres humanos avejentados y de escasa importancia. Pero se trata apenas del principio. Es ahora cuando todo está a punto de suceder.
Pandedios y yo permanecimos en la fría y húmeda pieza, en el gélido vacío que reinó en aquel anónimo amanecer y pensé que, ya fuera bueno o malo, culpable o puro, lo que abandonaba el cuerpo había engullido un pedazo del mundo y dejaba tras de sí un vacío enorme.
Miré por la ventana. Se hacía de día y lentamente unos perezosos copos de nieve se dedicaban a llenar la nada. Caían suavemente luego de caracolear en el aire y retorcerse alrededor de su propio eje como las plumas.
Pie Grande ya se había ido, así que era difícil albergar algún tipo de rencor o resentimiento hacia él. Quedaba un cuerpo sin vida, enfundado en un traje. Parecía tranquilo y feliz, como si el espíritu se alegrara de haberse liberado finalmente de la materia y la materia se alegrara de haber sido liberada por fin de ese espíritu. En el transcurso de aquel breve espacio de tiempo había tenido lugar un divorcio metafísico. Y eso era todo.
Nos sentamos junto a la puerta abierta de la cocina y Pandedios alcanzó una botella de vodka ya empezada que estaba sobre la mesa. Encontró una copa limpia y la llenó, primero para mí y después para él. Por la ventana nevada entraba el amanecer, blancuzco como bombilla de hospital, y con aquella luz me di cuenta de que Pandedios no estaba afeitado y que su barba era tan blanca como mi pelo, que su gastado pijama a rayas sobresalía por debajo del abrigo de piel, y que éste se hallaba cubierto por todo tipo de manchas.
Bebí un buen trago de vodka, que me calentó por dentro.
—Creo que hemos cumplido nuestra obligación para con él. ¿Quién lo habría hecho de no ser nosotros? —Pandedios parecía hablar más consigo mismo que conmigo—. Era un pobre y pequeño bastardo, pero ¿y eso qué?
Se sirvió otra copa y la bebió de un trago, y se estremeció de asco. No estaba acostumbrado.
—Voy a llamarlos —dijo y salió. Como si le hubieran ganado las náuseas.
Me levanté y examiné aquel horroroso desorden. Esperaba encontrar en alguna parte el documento de identidad con la fecha de nacimiento de Pie Grande. Quería saber más, mirar sus facturas.
En la mesa, cubierta con un hule raído, había una fuente para asar con trozos resecos de algún animal, y en un puchero contiguo, cubierto por una capa blanca de grasa, dormía una sopa de remolacha. Había una rebanada de pan, cortada de la hogaza, y la mantequilla en su envoltorio dorado. En el suelo, pedazos de un plato roto recubrían otros restos desperdigados de animales que habían caído de la mesa con el plato, en compañía de un vaso y trozos de galletas, y además todo aquello había sido pisoteado sobre el suelo sucio.
En aquel instante, en el alféizar de la ventana, sobre una bandeja de hojalata, vi algo que mi cerebro reconoció pasado un largo rato, aunque se negaba a hacerlo: era la cabeza cuidadosamente cortada de un corzo. Junto a ella había cuatro patas. Sus ojos medio abiertos debieron seguir atentamente nuestros preparativos todo ese tiempo.
Oh, sí: era una de aquellas hembras hambrientas que se dejaban atraer inocentemente en invierno con manzanas medio heladas y que, capturadas en una de sus trampas, habían muerto entre tormentos, asfixiadas por un alambre.
Cuando comprendí lo que había sucedido allí, fui presa del horror, segundo a segundo. Pie Grande atrapó al corzo con uno de sus lazos, lo mató y descuartizó su cuerpo, lo asó y se lo comió. Un ser se había comido a otro, en silencio, de noche. Nadie había protestado, no habían tronado los cielos. Y sin embargo, el castigo había alcanzado al demonio, si bien nadie era el causante directo de su muerte.
Tan rápido como me lo permitieron las manos temblorosas amontoné en un único lugar, en una pequeña pila esos despojos, aquellos huesecillos, para enterrarlos más tarde.

Encontré una vieja bolsa de plástico y allí los fui poniendo, uno tras otro, en aquel sudario de plástico. Y también metí con cuidado en la bolsa la cabeza del animal.
Era tan grande mi deseo de conocer la fecha de nacimiento de Pie Grande que empecé a buscar nerviosamente su cédula de identidad: en el aparador, entre papeles, hojas de calendario y periódicos, después en los cajones; es ahí donde se guardan los documentos en las casas de los pueblos. Y allí era precisamente donde estaba la identificación, con sus tapas verdes destrozadas y seguramente ya caducada. En la foto, Pie Grande tenía veintitantos años, un rostro alargado, asimétrico y los ojos medio cerrados. No era guapo, ni siquiera entonces. Con el cabo de un lápiz, tomé nota de la fecha y el lugar de nacimiento. Pie Grande había nacido el 21 de diciembre de 1950. En aquel lugar.
Y debería añadir que en aquel cajón había algo más: un mazo de fotografías, bastante nuevas, a color.
Les eché un rápido vistazo —la costumbre— y una de ellas llamó mi atención. La miré más de cerca cuando ya la iba a dejar, y durante largo tiempo no pude entender qué estaba viendo. De repente, se hizo el silencio y me encontré en su mismísimo centro. La miré. Mi cuerpo se tensó, preparado para la lucha. La cabeza me daba vueltas y en mis oídos iba aumentando un sombrío zumbido, un rumor, como si desde el horizonte se fuera acercando un ejército de miles de soldados, dando de gritos, haciendo entrechocar sus armas, rechinando las ruedas, todo a lo lejos. La ira hace que la mente sea más clara y aguda, que se vean más cosas. Se apropia de las otras emociones y domina el cuerpo. De la ira nace toda sabiduría, no cabe duda, porque la ira traspasa cualquier frontera.
Con manos temblorosas me metí las fotografías en el bolsillo y un segundo después oí cómo todo se ponía en marcha, cómo se echaban a andar los motores del mundo y cómo la maquinaria se ponía en movimiento; chirrió la puerta, cayó al suelo otro tenedor. Los ojos se me llenaron de lágrimas.
Pandedios estaba en la puerta:
—No se merecía tus lágrimas.
Tenía los labios apretados y marcaba un número sin perder la concentración.
—Todavía responde la operadora checa —soltó—. Hay que subir a la colina. ¿Vienes conmigo?
Cerramos la puerta detrás de nosotros, en silencio, y nos pusimos en marcha abriéndonos paso por entre la nieve. En cuanto llegamos a la colina, Pandedios se dedicó a girar sobre sí mismo, con los dos teléfonos móviles en las manos, en busca de cobertura. Teníamos ante nosotros toda la cuenca del Kłodzko bañada por la plateada y cenicienta luz del amanecer.
—Hola, hijo —dijo Pandedios al teléfono—. ¿No te habré despertado?
Una voz respondió algo ininteligible.
—Nuestro vecino ha muerto. Creo que se ha ahogado con un hueso. Ahora mismo. Esta noche.
La voz al otro lado dijo algo.
—No. Por eso llamo hasta ahora. No había cobertura. Ya lo hemos vestido, la señora Duszejko y yo, ya sabes, mi vecina —me miró fugazmente—, para que no se quedara rígido…
Y sonó de nuevo la voz, como si estuviera más nerviosa.
—Bueno, en todo caso ya tiene puesto el traje…
Entonces alguien del otro lado habló mucho y rápido, así que Pandedios apartó el teléfono del oído y lo miró con desagrado.
Después llamamos a la policía.



NOTA: Este texto se comparte sin fines de lucro y con el objetivo de fomentar la lectura; se recomienda adquirir el libro 

FICHA BIBLIOGRÁFICA: 

Título: Sobre los huesos de los muertos

Autor: Olga Tokarczuk

Primera edición: 2015

Comprar en: http://bit.ly/2nD1aYd



 

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