‘Salomé’, el drama por una danza | Armando Pacheco

El 11 de febrero del año 1896, en el Theatre de L’Oeuvre en París, Francia, protagonizada por Sarah Bernhardt, se estrena por fin Salomé, obra escrita por el irlandés Oscar Wilde y la que había sido censurada cuatro años antes en Londres por el Lord Chamberlain debido a que figuraban personajes bíblicos; por su parte, en 1972, el cineasta italiano Carmelo Bene, con la actuación de Donyale Luna, lleva a la pantalla grande su versión en una propuesta que escandalizaría a los espectadores por la «violencia» que proyectaba las imágenes del drama; en Yucatán, en mayo de 2019, el director de escena Francisco «Paco» Marín estrenaría Salomé en el marco de sus cincuenta años de trayectoria en el teatro para presentarla, de nueva cuenta, en el Festival «Wilberto Cantón» el pasado mes de septiembre.

Fiel al texto original de Oscar Wilde, escrito en francés en el año 1891 y publicado en inglés en 1894 con la traducción del Lord Alfred Douglas e ilustraciones de Aubrey Beardsley, Paco Marín dirige a un equipo de actores jóvenes respaldados por las experiencias indiscutibles de Bertha Alicia Gutiérrez (Salomé) Laura Zubieta (Herodias), Miguel Ángel Canto (Herodes Antipas) y Ligia Aguilar (en la coreografía).

En el primer cuadro, el escenario a oscuras, entran unos danzantes iluminando la penumbra con antorchas, se oyen sonidos, gemidos, murmuraciones; todo un ritual que bien podría transportarnos a la época de los excesos sexuales característicos de los reinados gobernados por el Imperio Romano.

Con una iluminación tenue inicia el diálogo entre el joven sirio (Érik Manzo) y el paje de Herodias (Michelle Arrébola), dando pie a las intervenciones de el primer soldado (Jancarlo Arau) y el segundo soldado (Bruno H. García). «¡Que bella se ve la princesa Salomé esta noche!»

Y es que la protagonista del drama de Oscar Wilde es precisamente la princesa Salomé, hija de Herodias y cuya belleza y su gran capacidad de danzar han dejado deslumbrado al Tetrarca de Judea, Herodes Antipas.

Un amor enfermizo del soldado sirio, capitán de la guardia de Herodes, por Salomé obligan a éste a llevarle al profeta Jokanaán (Fabián Sosa) que desde los calabozos anda lanzando sus maldiciones, sentencias y advertencias. Esa voz desconcierta a Salomé que al ser rechazada por Jokanaán causan en ella la soberbia de toda mujer hermosa que ha sido repudiada: «¡Atrás hija de Babilonia! No te acerques al elegido del señor. Tu madre ha manchado la tierra con el vino de sus iniquidades, y el clamor de sus pecados ha llegado a los oídos de Dios». Tras las confesiones de Salomé por sus deseos en Jokanaán y los constantes rechazos de éste, el soldado sirio se da muerte.

Un nuevo cuadro escénico dará inicio con la presencia de Herodes, Herodias, Tigelino (Michelle Arrébola) y un esclavo (Adrián Galvara): «¿Dónde está Salomé? ¿Dónde está la princesa? ¿Por qué no ha regresado al banquete como se lo ordené?»; el drama continúa y el tetrarca se percata de la sangre que dejó el suicidio del soldado sirio; se sorprende Herodes y toma esa muerte como símbolo de una gran desgracia.

Un grupo de judíos entra a escena; hablan sobre el profeta; Herodes le tiene como un hombre de dios, como el mismísimo profeta Elías; Herodias pide se callen. Jokannán lanza desde su encierro una sentencia contra Herodias: «¡Ah, ramera desvergonzada! ¿Ah, hija de Babilonia, con ojos áureos y pestañas doradas! Así dice el señor: ¡venga sobre ella una multitud de hombres! ¡Que las gentes cojan piedras para lapidarla…!»

Un diálogo entre Herodes y Herodias se da y es cuando el primero le pide a Salomé que baile, que le dará lo que pida. Ella baila. El escenario semi iluminado, una danza erótica (la de los siete velos) de Salomé acompañada de los soldados (esclavos). El trazo dancístico finaliza y entonces Salomé pide su pago; Herodes queda impávido, trata de disuadir a su hijastra sin resultado a su favor; termina en ceder y manda a traer la cabeza de Jokannán, no sin antes señalar que tal hecho lo llevará a la perdición.

Salomé tomá la cabeza del profeta y empieza su soliloquio: «No se oye nada, Nada oigo […] ¡Ah! No quisiste dejarme besar tu boca Jokanaán. ¡Pues ahora la besaré!…». Herodes voltea y ve hacia donde está Salomé. Da la orden: «¡Matad a esa mujer!» El escenario queda a oscuras y se escuchan los aplausos del público. La obra ha terminado.

Salomé, bajo la dirección de Paco Marín es una propuesta nada improvisada; está pensada y cada personaje es clave en el montaje. Destaca el trabajo actoral de Miguel Ángel Canto y Laura Zubieta en sus papeles, dando el tono contundente a cada uno de sus textos. Bertha Alicia Gutiérrez personifica a Salomé sin salirse del guión, sin salirse de los excesos del personaje mismo; un soliloquio cuyo texto fuerte y potente logra su cometido entre la lírica y la voz descarnada de Salomé.

Si algo se pudiera considerar a revisión ésta sería la voz de quien encarna a Jokanaán; considero, debiera evitar gritar y, en su lugar, trabajar más en la impostación de la voz para darle a ésta más potencia y de acuerdo a su texto, ya que el inadecuado trabajo de la voz ocasiona que algunas palabras no sean expresadas con claridad.

Esta obra debiera tener más fechas, quizá una temporada en cartelera y, sobre todo, tener una publicidad al igual que si se tratara de los eventos gubernamentales de carácter turístico.

¡Que siga alzado el telón!



Fotos: Armando Pacheco



 

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