De críticos y frustraciones artísticas | Armando Pacheco

Se dice que el papel lo aguanta todo y yo agregaría, las redes sociales y los sitios webs también.

Y es que la crítica teatral, dancística, musical, en artes visuales y literaria se ha convertido, por así decirlo, en toda una carnicería por parte de aquellos «críticos» que alguna vez intentaron incursionar en estas artes y no lograron sobresalir por falta de talento, instrucción o disciplina.

Lo más lamentable del tema radica que mientras hay expertos de gran valía, dedicados con rigor, experiencia y estudio, hoy cualquiera, con un tallercito «on line» o uno «ráfaga» de cinco días, promovido por instituciones culturales que dan su aval, ya en poco tiempo se puede convertir hasta en conferencista, tallerista y/o un sanguinario crítico de arte que por fortuna no de cultura porque ésta se da a través de las manifestaciones propias de un pueblo, en el sentido antropológico más estricto.

Así, tenemos, en nuestro entorno, críticos no mayores de cuarenta años hablando de todo, cuestionando todo y tratando hasta desprestigiar trayectorias sin nada de pudor dizque porque ellos sólo hacen su trabajo en beneficio de las artes.

Se atreven, con gran desparpajo, hasta hacer señalamientos de carácter político: que si los recursos públicos deben estar sometidos a un comité, que si los espacios públicos (teatros, casas de cultura, galerías, etcétera) deben tener mecanismos para no dárselos a cualquiera, y otras tonterías que atentan contra un verdadero estado de derecho.

Estos críticos, que van de un lugar a otro haciendo mella de sus «grandes», «extraordinarios» y «elocuentes conocimientos», se han disipado hasta en las reuniones particulares, llevando a la mesa de un bar, incluso, pláticas relativas al trabajo artístico de algún grupo o persona específica; no se conforman pues, con publicar sus elucubraciones en una revista especializada, blog personal o su facebook. Es gente que no tiene llenadera, dirían en el argot popular.

A todo ello hay que agregarle que no se preocupan ni siquiera por su ortografía y consideran que basta con sus «desvaríos intelectuales» para ser referentes en la comunidad a la que quieren llegar. Su soberbia es tal que dejan el trabajito a su editor en turno, en dado caso de que éste sea de aquellos minuciosos que no se conforman con el autocorrector de un ordenador.

De estos «conocedores hechos al vapor» se están llenando los periódicos digitales; de esta «realeza postmoderna de intelectuales» se está inundando la Academia; de estos «pequeños monstruos de la crítica» se están colapsando las redes sociales; y además les dan becas, apoyos y pagan.

¡Los dioses nos amparen!

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