La india maya sin corazón de león | Vícto Salas

Después de saberla, durante algún tiempo, fuera de Mérida y después de mucho de no verla, al fin pude ver nuevamente a Conchi León en un nuevo trabajo suyo: La india maya, unión de palabras que parecen un calificativo y un sustantivo, pero que en la realidad teatral, se corresponden a un país, India, y una región maya yucateca. Es decir, la obra se parte en dos sucesos, uno en Mérida, durante el huracán Isidoro y la otra en la India, donde el meteoro se convierte en metáfora.

La obra transcurre en una penumbra adormecedora y con una colgadera de trapos y ropas, que desarmonizan con los textos iniciales que son muy poéticos y enaltecedores.

Es una familia que vive las consecuencias del paso del huracán Isidoro por la ciudad de Mérida. Es la de la misma autora, que está a la espera de ayuda alimentaria que cuando llega, el marido no quiere irla a buscar porque no tiene la costumbre de recibir algo de nadie extraño. Tienen una bebita. Aparece un gringo que les construyen una casa y el marido, necio, cerrado y dominante, decide regalarle a su hija como forma de pago. El gringo se la lleva y deja abandonada a la niña en un lugar de la policía. La mujer no logra llegar a ningún grado de oposición, ante tal realidad que miramos de sumisión absoluta. Es como mostrarnos un machismo desmesurado ante una sumisión femenina plena.

Toda esa escena está como en el marasmo, y no sé si era ésa la intención de la escritora, actriz y directora teatral. Pero contribuye a ello, me parece, la irreal penumbra que en Yucatán nunca se da, aunque tranquemos la puerta a la luz. ¿Por qué ropa tendida, en un momento de lluvia? Cualquier mamá, con sólo sentir el hatsa há, va al patio a descolgar el lavado y guardarlo.

La obra me pareció, actoralmente, llana. Y es probable que se deba a los cambios que comienza a sufrir el trabajo actoral de la propia Conchi, quien ingeniosamente estuvo dando clases para enseñar a hablar yucateco, clases que, ahora, deberá aplicarse a sí misma. De no hacerlo, perderá su corazón de león.

Esa circunstancia real se va convirtiendo en una metáfora, en la de los huracanes que también los hay en el interior humano. Y ahí surge la India como país y, la leyenda del amor entre un príncipe y una princesa que muere y a la que le construyen el Taj Mahal, ocasión que sirve para pedir una veladora y depositarla en una mándala pintada en el escenario.

Cuando nadie creía en Conchi León y su Mestiza power, fui quien señalé, en nuestro POR ESTO!, que la León abría una puerta que conducía a un nuevo camino del teatro yucateco, camino que ella ha andado exitosamente. En este punto de su carrera, en el que se puede sentir la permisibilidad, la creación que sólo va en búsqueda del éxito, la admirada Conchi León debe detenerse a pensar sobre los cuidados que debe brindar a su carrera, con el fin de mantenerla sólida y limpia. Debe cuidar aspectos fundamentales de las puestas en escena, como la iluminación y los trastos escénicos. No hay que olvidar que el teatro, igual que la creación literaria, tiene rigores, leyes y secretos que nunca se deben pasar por alto, por muy famosa que se sea.

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