Las ocho décadas de Beatriz Espejo, cuentista por naturaleza | Julián Crenier

La escritora Beatriz Espejo (Veracruz, 19 de septiembre de 1939) cumple 80 años de vida. Una de las narradoras y ensayistas más importantes de México, autora de libros como El cantar del pecador, Muros de azogue, Alta costura y La hechicera, accede a una entrevista con Notimex una semana antes de su cumpleaños para hacer un recuento de su vida y su carrera.

¿Cómo fue su infancia?

Muy feliz. Fue una infancia dichosa en la cual cimenté mi vida posterior. Era un hogar donde mi madre cumplía bien con sus roles maternos, mi padre los suyos de gran proveedor y yo era una niña muy aplicada que adoraba a su hermano. Tampoco fui una de esas niñas aplicadas que no dejan que les copien la tarea, incluso mis compañeras me querían mucho porque dejaba que lo hicieran. Hacía lo que se me pegaba la gana y, dentro de los límites de la educación, lo que se me ocurría. Siempre me sacaba diez en las materias, pero seis en conducta.

La doctora Wilson

¿Cómo le llegó la inquietud por la literatura?

Yo estudié en escuela de monjas casi toda mi vida. Un día nos mandaron a hacer una composición o un escrito sobre la guerra y la paz. No la novela de Tolstoi, sino sobre el significado que entendíamos de cada una. Todas las alumnas escribieron sobre la «malvada guerra» y la «bendita paz», lo típico. A mí, por otro lado, se me ocurrió la historia de una doctora Wilson que se encargaba de curar a los heridos de una guerra. Mis compañeras se burlaron mucho de mí, pero yo seguí leyendo mi cuento feliz. Ya cuando mi maestra lo revisó me dijo enseguida que debía estudiar un doctorado en letras. Tenía 12 años de edad y desde ese entonces decidí que quería estudiar literatura.

¿Tuvo algún enfrentamiento con sus padres por ello?

Cuando le dije a mi padre que quería estudiar letras se quedó perplejo y con los ojos medio azorados, pero no se opuso. Mi madre tampoco. Sólo tuvimos un diálogo que incluso se sigue replicando hasta hoy en día:

»Papá, ya sé lo que quiero estudiar: letras.

»Ah, caray. ¿Ya sabes en lo que te vas a meter?, respondió.

»Sí, ya sé.

»Ah, pues qué bueno, adelante».

Desde ese momento Beatriz Espejo supo el camino que quería tomar y el oficio al cual dedicaría su vida. A los 17 años entró a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en una de sus épocas doradas y comenzó una de las mejores etapas de su vida:

Mi experiencia en la Facultad fue maravillosa, fueron años de dicha y de gloria. En ese tiempo había maestros extraordinarios como Eduardo Nicol, Sergio Fernández, María del Carmen Millán y Xavier de Icaza y López-Negrete, el mejor maestro que tuve. Era un aristócrata medio loco y poco ortodoxo que se sabía todos los chismes de los escritores. Eso me ayudó mucho.

El padre Arreola

¿Cómo comenzó a escribir formalmente?

Nunca tuve ningún problema en desarrollarme en mi oficio, incluso mi padre siempre me instaba mucho a que me convirtiera en escritora. Él era muy amigo del embajador de Líbano y recuerdo que un día tenía una gran urgencia por llevarme a la embajada. Al principio no sabía por qué, pero ya que llegamos vi que estaba nada más y nada menos que Rómulo Gallegos. Para ese entonces ya había leído CantaclaroCanaima y Doña Bárbara. Yo creo que por eso mi padre pensó que me interesaría conocerlo. Lo vi detrás de una ventana, solo. Lo estuve mirando como una hora, pero no me atreví a hablarle. Estaba muy chica y era muy tímida, pero son momentos así que lo incitan a uno a seguir.

¿Cómo fue la experiencia del taller de escritura de Juan José Arreola?

Yo a Juan José lo vi por primera vez en una conferencia que dio en el auditorio de la Facultad. Recuerdo que estaba hablando acerca de Góngora y que no entendí absolutamente nada. Sin embargo, quedé fascinada. Después me enteré de que tenía un taller para escritores jóvenes y que no cobraba nada, así que fui. Él tenía una serie de normas y nos instaba a que creáramos y le lleváramos cosas. Compartí ese taller con gente como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y Salvador Elizondo. Juan José era una persona sumamente generosa y para todos nosotros fue un maravilloso maestro, como un padre.

¿Cree que los mentores son importantes para un escritor o que con la mera lectura basta para formarlos?

Cada escritor tiene su manera de acercarse a la literatura. Yo llegué gracias a Arreola. Leí Varia invención y Confabulario con mucho cuidado y a partir de ahí escribí los 15 cuentos de La otra hermana [1958]. Cuando se los llevé al taller, los leyó y me dijo:

—¡La felicito! ¡Es usted una escritora!

Después de eso decidió publicar mi libro. Era muy joven, creo que tenía como 17 años. Juan José aceptaba propuestas de todo tipo, para nada trataba que escribiéramos como él, buscaba que cada quien encontrara su propio camino.

Borges y Cortázar

¿Cómo fue su encuentro con Jorge Luis Borges?

En ese entonces me había sacado una lotería de 25,000 pesos y los gasté todos en irlo a ver. Lo fui a buscar a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires de la cual era director y tuvimos una sesión de trabajo en la que yo estuve muda todo el tiempo. No le llevé textos porque me daba pena, pero disfruté de la charla con él. Duró como cuatro horas, tenía una dicción espléndida y una sintaxis oral impecable.

¿Y con Cortázar?

Cuando él vino a México mi marido lo iba a entrevistar acerca de política y yo de literatura. Cuando uno entrevista a alguien se debe informar muy bien acerca de esa persona, y eso fue justo lo que hice: leí todos sus cuentos. Cuando vio que conocía bien su obra le dio mucho gusto y tuvimos una plática muy rica que duró como dos horas. Con esa entrevista fue que acabé ganando el Premio Nacional de Periodismo.

La figura femenina

Lo que ha predominado en su carrera ha sido el cuento, pero ha explorado distintos géneros como el ensayo y la novela.

Yo soy cuentista por naturaleza, pero he hecho de todo. Ahora me encuentro muy metida en el ensayo y la traducción, la cual ya no volveré a hacer porque es muy difícil, en especial la poesía. También he hecho dos novelas: Todo lo hacemos en familia [2001] y ¿Dónde estás, corazón? [2014]. La segunda se la dediqué a Ana Lilia Cepeda porque en un desayuno ella contó que el Marqués de Valero estaba enamorado de una novicia y ordenó que, al morir, enviaran su corazón en una caja de plata al convento [que hoy se conoce como Ex Templo de Corpus Christi, ubicado en la Avenida Juárez de la Ciudad de México]. Cuando reconstruyeron el convento encontraron justamente esa caja con el corazón adentro.

Su literatura le da vida a personajes construidos alrededor de lo que ha vivido, lo que ha escuchado y lo que ha reflexionado. Son protagonistas en los cuales predomina, sin duda, la figura femenina. Se basa muchas veces en sus abuelas, en su madre y, en ocasiones, en ella misma.

Yo no podría inventar un hombre con cabeza de dragón o una fábula fantástica, ese simplemente no es mi estilo. Siempre tomo cosas de la realidad. Por ejemplo, en Viviré para ti, uno de mis cuentos favoritos, se trata de la historia de cómo se conocieron mis padres, allá en Veracruz. Ese cuento me encanta porque es muy romántico. Otro que se llama En un rincón de la memoria trata sobre cómo mi abuelo perdió su hacienda a manos de Felipe Carrillo Puerto y cómo tuvo que salir huyendo para que no lo mataran.

La pareja literaria

¿Qué significa ser mujer en la escena literaria mexicana?

Yo lo viví bien, nunca me sentí postergada ni ninguneada. Mi primer libro lo publicó Arreola, el segundo el gran José Revueltas y ya el tercero mi marido. Entonces siempre estuve patrocinada por hombres. Sin embargo he escrito mucho sobre mujeres escritoras, tanto mexicanas como extranjeras. Pero para mí fue una suerte. Una suerte porque este México se ha vuelto muy pero muy violento. Acabo de terminar una serie de cuentos de un concurso que están haciendo en Guadalajara y leí uno en particular que me partió el alma. En este momento no recuerdo cómo se llama, pero toca el tema de las niñas que se embarazan a los 12 o 13 años, violadas, que no saben ni siquiera quién es el padre. Es terrible, nunca imaginamos que llegaría a esto. Después de leer ese cuento no pude dormir.

 ¿Cómo fue ser una pareja literaria con Emmanuel Carballo?

Fíjate que fue muy bueno, éramos una excelente pareja porque yo era la escritora y él era el crítico. Cuando nos preguntaban cómo nos llevábamos, Emmanuel siempre se apresuraba a contestar:

—No ha habido problemas porque si le digo que me gusta, no me lo cree, y si le digo que no me gusta, se enoja.

De rehiletes culturales

En el año de 1961 fundó la revista El rehilete junto a personajes como Margarita Peña, Carmen Rosenzweig y Blanca Malo, y tenía como propósito brindarle a escritores emergentes la oportunidad de publicar. En un principio difundieron, sobre todo, textos de creación, pero con el paso del tiempo fueron incorporando tanto artículos como ensayos. Se mantuvo a flote durante diez años, cosa poco común para una revista literaria, y fue un punto de partida para muchos escritores jóvenes que acabarían encumbrándose más adelante.

¿Me podría platicar un poco de la revista? ¿Cómo surgió la idea?

Cuando estaba haciendo mi tesis de doctorado me di cuenta de que López Velarde hacía revistas junto con sus amigos y le pregunté a Margarita Peña si le interesaría hacer una, la cual tuviera un consejo editorial formado por puras mujeres. Eso sin ningunear a los hombres, también les dimos cabida. Yo siempre he tenido buena relación con los hombres y creo que es porque tuve una muy buena relación con mi papá. En cuestiones literarias lo que siempre quise hacer, y lo sigo haciendo hasta la fecha, es buscar buena literatura, ya sea de hombres o de mujeres. De eso se trata.

 ¿Cuál era el proceso de selección para los textos que publicaban? ¿Cómo se daban cuenta cuando un escritor valía la pena?

Era una cuestión de gustos y de suerte. Además estábamos muy abiertas a propuestas. Muchos jóvenes llegaban y nos ofrecían textos. El mismo René Avilés Fabila publicó por primera vez con nosotras. Jaime Labastida, que es un extraordinario poeta, también publicó en la revista. El mismísimo Carlos Pellicer nos regaló unos sonetos y no nos cobró ni un peso. En fin, era muy bonita.

¿Cómo observa el periodismo cultural mexicano hoy en día?

Desdichadamente ha bajado mucho de categoría. Los espacios son cada vez más reducidos por razones obvias y hacen falta más periodistas que se dediquen a la cultura. Además, el periodismo cultural tiene un enemigo mortalísimo que es el teléfono. Deben de buscar la manera de actualizarse a esta nueva etapa. También hace falta que los mismos artistas hagan más trabajo de investigación y de crítica.

La segunda casa

¿Qué significa la UNAM en su vida?

Es mi segunda casa. Yo entré a la UNAM a los 17 años como estudiante y ahora soy investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas.

¿Cómo es la vida académica?

Es dura. Los claustros académicos son difíciles, hay mucho antagonismo y mucha grilla. Pero en mi caso no se ha complicado demasiado porque yo no he dejado que se complique. Siempre me he enfocado en mi trabajo y nunca en lo que dicen los demás. He seguido adelante.

¿Cómo es balancear la vida artística con la académica?

A pesar de todas mis obligaciones y de la carga de trabajo del Instituto, estoy tratando de escribir una novela. Lo que yo tengo es que soy muy disciplinada, es una de mis grandes cualidades, porque además soy muy amiguera. Sigo yendo a la Universidad, sigo viendo a mis amigos, sigo escribiendo, sigo cometiendo errores de todo tipo, pero sigo. Vivita y coleando hasta que la muerte me lo impida. La literatura es sumamente demandante, prácticamente no hay descansos. El único descanso que tiene un escritor es la lectura.



FUENTE: NOTIMEX



 

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