‘De Mérida los Guapos’: Cartografía crítica de nostalgias | Edwin Sarabia

La nostalgia es un tema recurrente en las artes. Con el paso de los años y con la madurez encima de la espalda y los intestinos, los creadores tenemos la necesidad de ofrendar parte de nuestra creatividad a las evocaciones que existen como demonios saltarines en nuestro interior. Perenne sentir de un tiempo que se aleja en la vorágine del mundo, rancia prehistoria empolvada, murmullo precario de una canción que se ha vuelto inaudible.

De Mérida los Guapos un unipersonal actuado y dirigido por Juan Ramón Góngora presentado el sábado 3 de agosto del 2019 en el Auditorio Silvio Zavala Vallado a las ocho de la noche. El total de la taquilla fue donado íntegramente a la Fundación «Todos con los Titos del Mundo».

La obra transita por breves historias de varones que tienen diversas características y corresponden a diversas épocas históricas. Mediante la presentación de cuadros se pone de manifiesto la necesidad urgente de repensar las dinámicas masculinas en un contexto conservador, como ocurre en esta «Muy doble y muy moral Ciudad de Mérida».

Durante setenta minutos el intérprete ofrece un repertorio de herramientas escénicas que despliega, en términos generales, en un ritmo acompasado. Juan Ramón Góngora es un actor experimentado que sabe librar los avatares en escena y transformar con su presencia el espacio de representación.

La construcción de la poética se nutre de una línea argumental contundente: las diversas dimensiones de la masculinidad que coexistieron, y aún persisten, en Yucatán a lo largo de un siglo. Rango temporal que oscila de principios del Siglo XX hasta la actualidad. Ello permite reflexionar con humor y fuertes dosis de acidez la normalización de lo que se entiende ser «hombre» en nuestra ciudad. El montaje no juzga; más bien disecciona la problemática y la pone a discusión. El posicionamiento ético es claro: se cuestiona el machismo recalcitrante que se vive en nuestro estado, pero que igual es común denominador en otras latitudes. El director y actor de la obra es un hombre comprometido con el contexto que lo circunda y lo pone de manifiesto en escena.

Sin embargo, al interior del trabajo, los cuadros ofrecidos son evidentemente asimétricos. Algunos se descubren con mayor reflexión y profundidad. Otros están «tejidos» en una urdimbre aún insuficiente lo que los hace notar desvinculados de la temática general.

En este sentido, hay escenas que desfallecen en ritmo e interpretación. Esto lo podemos notar en dos cuadros concretos: cuando el actor representa un acto de clown y en un instante cuando entona la canción Que alegre va María de Sergio Esquivel que hiciera famosa Imelda Miller en un Festival OTI allá por 1973. Primero, se evidencia que no existe un dominio de la técnica clown, como resultado el actor se percibe esforzado y acotado en los recursos corporales. La canción técnicamente estuvo bien resuelta, con entonación limpia aunque a momento descuadrado; sin embargo no logra conmover. Esto puede explicarse porque la pieza musical tiene picos climáticos que no logran ser alcanzados. Ambos momentos aceptarían mayor compresión en aras del ritmo.

Las transiciones entre un cuadro a otro son solucionadas mediante cambios de vestuario, iluminación, música y anunciados por un presentador con voz en off. En este sentido el diseño de iluminación es reiterada y con pocas varianzas. Más bien se ilumina y oscurece la escena como indicativo lo cual se vuelve tedioso, monótono y predecible. También los cuadros no logran apreciarse a cabalidad por la excesiva penumbra en que están circundadas. Resulta inexplicable la presencia de una anacrónica máquina de humo, con su insoportable tintineo, que distrae lo que ocurre en el escenario. Su presencia no parece estar justificada más que como elemento ambiental.

El trabajo está sustentado, en gran parte, por un proceso de investigación robusto entrelazado con textos de Jorge Álvarez Rendón, canciones populares, números de baile y ejercicios de pantomima. Los elementos logran construir un pastiche escénico en un lienzo complejo pero de lectura dramática coherente. Aunque los datos duros presentados en cifras no ayudan a contextualizar la problemática y complica la fluidez sobre el final de la pieza. Los datos colisionan de forma vertiginosa con riesgo de confundir al espectador.

En términos generales el trabajo logra su cometido: poner el dedo en la llaga del machismo. Que los espectadores cuestionemos el sistema de privilegios masculinos sobre los cuales descansa mucha de la normalización violenta que los varones ejercemos de manera abierta o velada. Las prácticas y convenciones sociales donde se fundan estas ideas y normalizan un contexto en que todos los días tenemos que seguir lamentando crímenes y asesinatos por odio.

La segunda temporada de este espectáculo se realizará en la galería de Arte Le Cirque todos los sábados de septiembre y octubre del presente año.



NOTA: Todas la expresión emitidas en este texto son responsabilidad de su autor; Arte y Cultura en Rebeldía respeta el derecho a la Libertad de Expresión.



 

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