Week-end en Guatemala (1) | Miguel Ángel Asturias (1899-1974)

Recogía del piso la parte de la persona que se llama pie, tan olvidada siempre, lo prendía con ayuda del tacón a uno de los travesaños del taburete que giraba con todo y su persona, como un satélite, frente al bar y echándose de espaldas sobre la barra del mostrador, horizonte infinito sobado y resobado por infinitas manos de borrachos, ensayaba fruncidos de risa con los labios y sus desiguales dientes amarillos, paseaba los ojos por los gaznates de los otros bebedores, las ganas de ahorcarlos que tenía, y mientras el barman le servía whisky y cerveza, aumentando la dosis de whisky en proporción geométrica y la de cerveza en proporción aritmética, descargaba un manotazo sobre el testuz sin cuernos de su rodilla.

¡Soy el sargento Peter Harkins! y como no fui a ninguna blitz, sino a un week-end, me emborrachaba, ¿entienden?… ¡me emborrachaba…! ¡Pero ese día no estaba borracho…! Había bebido, pero no estaba borracho y el que diga lo contrario confunde miserablemente caer y tambalearse… el borracho se cae… el bebido se tambalea… y como ese día, cuando yo salí a buscar el camión, me tambaleaba, estaba bebido, no estaba borracho. ¿Desde cuándo, sargento Harkins, saluda usted militarmente a su camión?… Reí cuando me encontré haciéndole la venia a un jefe de dos toneladas y media… y, nada de manotear, sin encontrar la portezuela… de una vez le eché mano al picaporte y al solo abrir me colgué del timón como de una argolla para izarme a golpe de bíceps y caer sentado en mi lugar… Un cigarrillo y la luz en los faros, que por algo fue primero el relámpago y después el trueno… primerísimamente, los faros y el trueno de la portezuela de la cabina, al cerrarla, ya andando el camión que saqué de retroceso y enderecé en la calle listo para cubrir los ciento sesenta kilómetros que me separaban de la costa. La luz eléctrica se comía las uñas en las medias lunas iluminadas del tablero, el reloj se comía el tiempo, las nueve y treinta y tres minutos de la noche, y yo empezaba a comerme la distancia.

Dejé la ciudad por una gran avenida arbolada, paseantes y monumentos, automóviles y bicicletas, aumentando la velocidad a medida que llegaba al final, donde crucé a la derecha para seguir las medias rectas y curvas de una vía tendida entre las arcadas de un viejo acueducto, en partes soterrado, y jardines y chalets iluminados.

El poco peso, la velocidad que llevaba y las malas condiciones del pavimento, hacían saltar el camión en medio de una nube de polvo tan espesa que dejé de verme yo mismo y a no ser por el endiablado ruido de las ruedas y la carrocería, olvido que iba en comisión, tripulando un gigantesco vehículo de la armada. Ni dormido, ni soñando, ni borracho… Oí rugir las fieras al salir de la ciudad… los leones y los tigres que los «comunistas» tenían preparados, cebados de hambre, para que se comieran a los católicos ricos en una fiesta romana que preparaban en el Estadio de la Revolución. Me sentí como un romano piadoso y eso me disgustó. Las naciones jóvenes como la mía no pueden tener piedad. Nada. Endurecí mis facciones bajo el casco que me daba aspecto de soldado del imperio y puse mis ojos en el circo, en el Estadio de la Revolución, donde se jugaba al fútbol, imaginando a los católicos y a los ricos entre las garras y los dientes de las fieras que escuchaba rugir amenazantes y terribles…

¡No, no estaba borracho, ni era una ilusión auditiva! Rugían y por eso decidí detener el camión junto a un guardia y le pregunté en correcto español, si él también oía rugir las fieras con hambre de cristiano rico.

—¿Leones? —le pregunté, sumamente serio.

—Sí, leones… —me contestó.

—¿Tigres?… —le pregunté, sumamente serio.

—Sí, tigres… —me contestó.

—Y usted, guardián del orden —me enfurecí—, ¿no hace nada para que no se coman a los católicos?

—Están en las jaulas del jardín zoológico —me contestó sin disimular más la risa—, y no hay riesgo que se los coman, míster…

Seguí adelante por una cuesta tendida hasta cruzar los rieles de un ferrocarril de trocha angosta, cerca de una estación, donde si no llevo el casco me rompo la cabeza en el techo de la cabina al saltar el camión en el paso a nivel y de allí agarré a sesenta por hora un encallejonamiento en forma de S, entre árboles y casas de techo bajo, toda la luz de los faros encendida y el claxon sonando, y al pasar de la primera a la segunda curva de la S, no obstante el timonazo que di a la izquierda, atropellé a una persona que marchaba a la derecha, en la misma dirección que yo llevaba.

Alcancé con el rabo del ojo en fragmentos de segundo, el cuerpo en el aire, con los brazos abiertos.

¡Maldito sea, no hay quien frene de golpe a sesenta por hora!…

Conseguí detener el camión donde lo permitió la cochina inercia, tan adelante que tuve que correr hacia atrás para auxiliar a la víctima. Ya mi lámpara de mano alumbraba desde lejos el bulto tendido en la grama, pero sólo encontré un abrigo de mujer color vino tinto con una de las mangas casi arrancada. Lo palpé y tenía calor humano. La víctima debía estar muy cerca. Calor y un suave perfume de pelo, de piel… Mas al no escuchar queja ni lamento, me entró la congoja de encontrarla muerta. Me sentí endurecido, no era lo mismo encontrar una persona viva, aunque estuviera herida, muy mal herida, que un cadáver. Y con pesado andar fui de un lado a otro, sin encontrar tampoco el cadáver. Apresuré mi búsqueda desesperado, sintiendo que el misterio crecía en proporción al tiempo que pasaba y mi ir y venir en torno del abrigo. Palmo a palmo recorrí de nuevo el lugar del accidente. Removí el agua llovediza estancada en una zanja con ayuda de una rama que primero creí que era ella, cuando vi el bulto en la sombra. Atravesé a saltos la ruta suponiendo que hubiera sido lanzada hasta el otro lado. Me disparé al camión temeroso de haberla arrastrado el buen trecho que anduve sin poderme detener y que fuera a estar el cuerpo triturado, sangrando bajo una rueda, y nuevamente volví adonde seguía el abrigo en la grama, único bulto visible, dando voces para llamar a quien fuera la víctima, voces a las que sólo el eco me respondía…

¿Dónde, dónde estaba mi atropellada? ¿Seria joven? ¿Sería vieja? ¿Sería linda? ¿Sería fea?

Me estremeció el rugir de las fieras que del tono más agudo pasaba a una queja de blandura lacerante, nostálgica…

Sólo a un borracho le podía ocurrir aquello y yo no estaba borracho. Ver el cuerpo de una persona lanzado al aire con los brazos abiertos, correr en su auxilio y no encontrarlo, como si hubiera sido una visión… ¿Una visión? ¿Una visión de borracho? Pero, cómo podía ser, si allí estaba el abrigo.

Apagué mi lámpara y volví al camión, después de encender un cigarrillo. El olor nauseabundo de la gasolina, pestilencia de curtiembre, se llevó de mis narices algo de lo que traía como parte de mi desaparecida víctima, el aroma de camelias dulces de esa noche de junio.

No tenía tiempo, si no, doy máquina atrás y vuelvo por el agente apostado junto al zoológico, lo monto al camión y lo traigo para que me ayudara a esclarecer el misterio… La cara que hubiera puesto mi hombre, si después de lo que pregunté de los tigres, los leones y los católicos, voy y le cuento que venía de atropellar a una mujer con mi rueda delantera derecha, pero que no encontraba el cuerpo… Habría dicho lo que están pensando ustedes… Una visión de borracho… pero… ¿cómo podía ser una visión, si estaba el abrigo? ¡Ja!… estaba para probar que no era una visión de borracho, porque ya les digo, y les repito, yo no estaba borracho…

Salí a camino abierto, como una exhalación, hundiéndome en un valle que bañaban millares de estrellas. Las manos se me fueron durmiendo en el timón y el cuerpo en el asiento. Sólo contemplaba a lo lejos la faja de la carretera que parecía mullirse en las ondulaciones y endurecerse en las rectas. Autos, buses, camiones, carretas se abrían para darme paso. Pero poco dura una planicie a ochenta por hora y el camino se desgajó hacia lo hondo, como si el peso de la noche lo hiciera caer, hasta cruzar un puente sobre un río de aguas pavonadas, de donde, entre cercados de plantas con hojas de puñales verdes y flores de enmudecidos cascabeles de luna blanca, bajé hacia la costa.

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!… El cigarrillo se consumía, pegado a su labio inferior semicaído, como una segunda respiración humeante.

—¡Estúpidos…! ¿Borracho, yo, el sargento Harkins?… Los cocoteros se alinearon a la entrada de una población que debía llamarse de las once mil piedras calientes y que por fortuna dejé pronto atrás. Nuevas rectas me permitieron aumentar la velocidad y respirar en aquel ambiente caliginoso, asfixiante, de árboles gigantes, altísimos, torneados en plata luminosa a la luz de las estrellas, únicos habitantes de aquellas desnudas extensiones limitadas por el Océano Pacífico. A distancia, sobre la carretera, apareció la señal de stop que yo sólo conocía y empecé a frenar, hasta llegar a ella, punto en que sin detenerme viré hacia la derecha deslizando la inmensa mole rodante del afirmado del camino a un pedregal y más adelante, después de unas malezas, a un como lago de arena que bajo las llantas producía el rumor de millares de bocas haciéndome: ¡chits!… ¡chits!… ¡chits!… para imponer silencio.

Me detuve con las luces apagadas, esperando que llegara la hora. Faltaban nueve minutos. Pronto fueron agua mis pañuelos de tanto enjugarme el sudor, lluvia de munición de fuego que me corría por la cara en medio de aquella hoguera tropical.

Llegada la hora, apenas pasados unos minutos, sobre el ruido de teléfono conectado con la inmensidad que produce el lejano vaivén del mar, se empezó a distinguir un rumor que rasgaba la atmósfera, rumor que al pronto fue taladro rugiente de motores y en seguida, ya volando sobre mi cabeza, un chorro de ruido negro. Poco se veía en la oscuridad. Una de las alas totalmente inclinada al evolucionar sobre el terreno, columnas de arenas que se alzaban en remolino bajo la respiración de las hélices, chopos y matorrales que se sacudían y un paracaídas que se abrió en la sombra. A salto de mata llegué, sin pérdida de tiempo, hasta el paraguas blanco que acababa de posarse en tierra con el cargamento. Pugnaba en mis manos por retomar altura, como una inmensa mariposa de trapo que, al plegarse, sólo fue un cadáver.

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!

En una de las evoluciones sentí pasar el gigantesco transporte tan sobre mi cabeza que casi me tiro al suelo, pero, ¡maldita sea la hora en que no me decapitó!… me habría ahorrado el trabajo de acarrear las armas, de donde las posó el paracaídas al sitio en que, jugándome el todo por el todo, las ruedas se hundían cada vez más en la arena, logré acercar el camión. ¿Acercar?… Acercar es una forma de decir, cuando no se habla con el lomo. De lejos calculé la carga, pero los ojos se han hecho para calcular sueños y no la peor de las realidades, o sea la carga que uno tiene que echarse a la espalda y transportarla sobre sus piernas. Maldije una y mil veces la cochina hora en que concebí empresa fácil, transportar a lo largo de cincuenta metros, los fardos de armas y cajas de parque, máxime que tenía que ir sacando los pies del arenal en que me hundía a cada paso. ¡Por la gran puta, si ése era un week-end, ahora ya no sé qué es un week-end! ¡Era una blitz, una blitz que preparaban para un fin de semana!

A mi encuentro surgían matorrales, raíces de árboles que secó la costa y se llevó el viento, oponiéndose en su muda contemplación de sueño de cosas inertes, a que yo condujera aquel cargamento de muerte, tambaleándome; pero no porque estuviera borracho, ¿entienden?, sino por lo difícil que es dar pasos firmes en un arenal. Y tardé en caer, pero caí, caí como borracho, me fui de boca al ir a levantar el último fardo de armas. No pesaba más, pero yo ya no tenía fuerzas ni voluntad, agotado de tanto cargar aquellos bultos fríos como el esqueleto de la misma muerte. Lo cierto es que me fui de boca, y no niego que al caer me haya quedado botado… sí… botado un buen rato, como si en verdad me hubiera tendido a dormir la mona… No me rehice pronto del costalazo y cuando me repuse, nadé en el suelo, pataleando y manoteando de rabia, la frente y la nariz raspadas, sangre y sudor mezclados me bajaban por la cara… ¡Mierda!… Por poco dejo ese último fardo, como prueba del week-end que estaba pasando en aquel paisecito. Lo arrastré como pude hasta el pie del camión de donde lo alcé con brazos y pecho para apoyarlo en la pestaña de la carrocería, al fin lo conseguí, entre un ahogo seco y un crujido de cintura, luego lo empujé hacia adentro, como había hecho con los demás bultos del cargamento, cerré la compuerta y listo. Había que apurarse, volver con las armas antes que amaneciera.

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!

Chispa, gasolina y motor, al que di toda la fuerza intentando arrancar el camión de donde estaba pegado. Fácil fue entrar, sin peso, pero salir… quién sale de un arenal con un camión cargado…

 

 

El barman se plantaba frente a él para renovarle el whisky y la cerveza en proporción geométrica y aritmética, y darle la impresión que le escuchaba, como los demás bebedores que rodeaban al sargento Harkins.

—¡Condenada cosa estar en Brooklyn!

El barman sabía que el blitz-week-end del sargento Harkins tuvo por escenario un país tropical donde hay montañas altas y siempre verdes, lagos muy hermosos, frutas muy ricas, flores muy lindas, en cuyos bosques se ordeña de los árboles la leche del chicle, y de donde llegaban las mejores bananas y el mejor café del mundo. Todo esto lo sabía el barman. Un país de indios pacíficos que vestían telas multicolores, criollas insinuantes y mestizos tristes que llenaban plazas de toros, palenques de gallos, templos católicos y ventas de aguardiente de caña. Todo esto lo sabía el barman que al terminar de servir al sargento Harkins, le preguntó cómo había hecho para salir de aquel atolladero con el camión cargado de armas.

—¿Cómo?…

Antes de contestar, tras el manoteo del beodo que no encuentra el trago, levantó el vaso de whisky y se lo hundió en la boca clavándoselo en las comisuras de los labios, como bocado de freno, para beber de tesón su contenido sin que se le derramara una gota, después se alivió el ardor del scotch en el garguero con cerveza fría, escupió, limpióse la cara con el pañuelo y extrajo otro cigarrillo de su pitillera.

—Allí lo que tocaba era poner cadenas… —dijo el barman, con la botella de whisky lista para renovarle el trago, cerveza tenía más de medio vaso.

—¡Condenado engaño las palabras —gritó Harkins—, a unos se les ponen cadenas para privarlos de la libertad y a mi camión había que ponerle cadenas para libertarlo! ¿Qué cómo salí del arenal?… Bueno, era tan grave que apareciera un camión de la armada cargado de armas y cartuchos arrojados por un avión nuestro, manejado por un sargento de nuestro ejército, veterano de Normandía, que me sentí perdido, y tan impotente para sacar los cadenajes y ponerlos, como para detener el día, y que tardara en amanecer… El motor en el máximum de potencia, las ruedas traseras girando en punto muerto y el camión sacudido por un temblor horrible, miedo, pavor, frío, de que nos hallaran allí las autoridades de un país amigo, contra el que jugábamos a una guerra de fin de semana. Ni consciente ni inconsciente, dejé caer los brazos en el timón y sobre ellos doblé la cabeza derrotado y apoyé la cara sin rozarme las raspaduras de la frente y la nariz… Qué atropello el del sudor… Me goteaba de las axilas, me corría por la espalda, por la entrepierna, en los tobillos me pegaba las medias y las botas, como con pegamento… ¡Mi Dios!… Desvié los ojos hacia la rueda delantera y a la media luz de mis faros se me presentó de nuevo el momento en que esa maldita rueda, ahora inmóvil, había lanzado al aire, abierta de brazos, como espantapájaros o crucificado, el cuerpo de una persona, mujer por el abrigo, que después no encontré por ninguna parte. En eso estaba pensando y eso creía ver, pero en conciencia, mientras más me destripaba el cachete, para llamarme a la realidad, lo que mis pupilas acariciaban era el filo de una roca que asomaba del inmenso banco de arena y que pronto, fue viendo mejor, tenía la forma de una mujer bajo una sábana… una mujer de cantos redondos… ella también dormía… ella también estaba como yo, presa de la arena. La misma rueda junto a la misma forma real, corpórea, de la mujer… allá lanzándola al espacio, para que en el espacio se disolviera, para que no quedara nada, sino rocío… y aquí mostrándola en su sepultura convertida en una roca de sueño… Me pareció todo aquello tan misterioso, que no sé por qué sentí que era mi salvación. Ya estaba erguido con el volante en las manos, haciéndolo girar hasta poner la rueda derecha en posibilidad de saltar sobre el peñasco, y tomada esa precaución arranqué con todo el motor en marcha decidido a forzarlo hasta que se quemara, para entonces explicar la panne en alguna forma, y que no fueran a echarle la culpa a mi presunta borrachera…

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!…

No fue salto hacia adelante el que dio el enorme transporte al arrancar sino algo así como si hubiera sido lanzado por una catapulta. Y no me detuve ni en el arenal ni en la carretera que recorrí de regreso a tal velocidad que las rectas costeras, próximas al Océano Pacífico, desaparecieron casi en el acto, y atrás quedó, esfumado, con el ojo de un farol en la torrecilla de un cuartel, el pueblo que llamé de las once mil piedras calientes, con sus cocoteros, sus plantaciones de caña, sus bananales, sus papayales, todo sustituido por la vegetación de las primeras mesetas, recortada en verdes metálicos sobre el aire del amanecer. Cambié de ruta, antes de llegar a un lago, dejando la carretera de asfalto por un camino de tierra y fui dando tumbos por entre minúsculas poblaciones, hasta la finca «Grano de Oro», donde debía entregar las armas, pues no era prudente llevarlas hasta la capital. En estos poblados la vida ya empezaba, gallos, gallinas, cerdos, recuas, vacadas, llamadas a misa y cornetas que tocaban diana.

Por una amplísima calzada de amatones que casi la cubrían con sus ramas, rodé hacia el interior de una de las más famosas fincas cafetaleras de la región, donde, frente a la casa, ya me esperaban sus propietarios, dos caballeros de caras enjutas, el mayor de ellos entrecano, ambos con ojos pequeños y pómulos asiáticos. Apenas detuve el camión se acercaron a saludarme en perfecto inglés, consultando sus relojes de pulsera como diciéndome: ¡Se ha retrasado usted, apresúrese, hay que ganar tiempo!… Salté de mi asiento, frente al timón, el casco echado hacia atrás, pañuelo en mano para enjugarme el sudor, y fui con ellos hacia la parte posterior del transporte a efecto de abrir las compuertas y proceder a descargar y esconder las armas en la casa… ¿las armas?… pero… ¿qué armas?… el camión venía vacío…

Se me aflojaron las piernas, los pies más pesados del orbe, sin dar crédito a mis ojos, mientras los hermanos del cafetal, alarmados, cada vez más alarmados, mirándose entre ellos y mirándome, repetían: ¡No hay nada!… ¡No hay nada!… Salté, era imposible, era un engaño de los ojos… Allí estaban las armas, sí, allí estaban… Mis pies, como los de un futbolista enloquecido, fueron lanzando patadas a todos lados, en el espacio vacío del camión, sin chocar con fardo alguno… No había nada… Se habían volatilizado los bultos que venían en el camión… Me arrojé a buscarlos con las manos. Allí tenían que estar…

¿Cómo podía desaparecer todo un cargamento?… Pero sólo encontré el paracaídas… el abrigo… el abrigo… esta vez, no de la mujer, sino del armamento que no hallé…

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!… ¿Caerse? ¿Cómo se podían haber caído, si la compuerta la encontramos asegurada con sus pernos y cadenas?

¿Robo? ¿Quién, si no me detuve en todo el regreso, y vine a gran velocidad, salvo en las cuestas, pues, por el peso que traía y la pendiente del camino, aminoré la marcha?

¿Sueño?… ¿Sueño como el de las fieras comiéndose a los cristianos ricos?… ¿Sueño como el de la atropellada, de la que sólo encontré el abrigo?… ¿Pero cómo iba a ser sueño que las había cargado y echado al camión, bulto por bulto, si tenía las espaldas molidas y las manos con ampollas grandes como huevos de paloma?

Entonces sí me creí con la cabeza perdida. Todo aquello era inexplicable. Pero no estaba borracho. Los propietarios del Grano de Oro, que esperaban las armas en medio de cafetales floridos, blancos, nevados, me traspasaban con sus enigmáticos ojos de caciques educados en Columbia University… El más joven corrió a sacar su automóvil de un garaje disimulado por una enredadera y desapareció a todo motor por donde yo acababa de llegar. Iría a ver si las había dejado regadas por el camino. Era lo más probable. Después supe que ganaba la población para hablar por teléfono con el Ambassador que esperaba noticias de la llegada del armamento y el parque.

Tendría que presentarme a las autoridades del país, por lo de la mujer atropellada, cuyo abrigo dejé botado en el lugar del accidente, me quemaba la curiosidad, saber cómo habían encontrado a la víctima, muerta o herida, y por lo de las armas, tendría que responder al terrible Ambassador. En balde trataría de probarle con los lomos molidos y las manos a la miseria, mi esfuerzo, todo lo que había hecho, para cumplir la misión a conciencia. Serían idioma más elocuente para denuncia mi borrachera, los raspones de mi frente y mi nariz.

Me aparté del camión paso a paso. Llevaba a la espalda el paracaídas como un capote blanco, un cigarrillo en los labios, y acepté del propietario del Grano de Oro una taza de café y una silla.

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!…

 

 

El barman plantóse de nuevo frente a él, la botella de scotch en la mano, los ojos húmedos de una alegría de banderas, la sonrisa del que conduce pasajeros, y le llenó la copa. Algo sabía el barman de la vida del sargento Harkins. Sabía que era de California, graduado en alguna universidad, probablemente en la de Standford, periodista, trotamundos… y, como él mismo decía, poeta que la segunda guerra dejó «durmiendo un sueño sin sueños».

 

 

—¿Borracho yo?… En lugar de sacar el trasero para hacer la venia al Ambassador, se lo debí poner en la cochina cara de pederasta, pero ya la venia estaba hecha, mi pie corrido treinta y cinco centímetros a la izquierda, y mis manos cruzadas a la espalda.

—¿Dónde dejó usted las armas, sargento?

—No sé, Ambassador

—¿Las cargó usted en el camión?

—Sí, Ambassador, yo mismo las cargué.

—¿Y cómo explica usted que no hayan llegado en el camión?

—No me lo explico, Ambassador

—¿No se le cayeron en el camino?…

—No sé, Ambassador

—¿Se las robaron?

—No sé, Ambassador, pero no me detuve en ninguna parte.

—¿Estaba borracho?

—¡No, Ambassador!

—Se presentará usted a responder ante las autoridades militares de la Zona, en Panamá.

—No estoy movilizado, Ambassador

—¿Y cómo está aquí?

—Como turista, Ambassador… Invitado a pasar el week-end.

—Pues sepa, estúpido, que estamos en guerra…

—¿En guerra?… —desorbité los ojos—… ¿En guerra con Rusia?… —pregunté.

—¡No, sargento Harkins, no se haga el imbécil, estamos en guerra con este país, y usted está borracho!

—Sí, Ambassador, estoy borracho…

—Hace un momento decía que no…

—Pero ahora digo que sí. Si usted afirma que nuestro país, el más poderoso del mundo, está en guerra con esta república en miniatura, estoy borracho, totalmente borracho.

—Se le entregará el pasaje para Panamá y debe presentarse, bajo su palabra, a las autoridades militares de la Zona.

—Antes tengo que presentarme aquí a la policía, porque anoche atropellé a una mujer.

Pero el diplomático ya no oyó mis palabras. Había vuelto las espaldas y salía militarmente, seguido de los dos propietarios del Grano de Oro. Junto a estos aindiados, se veía corpulento como un verdugo disfrazado de deportista.

Me desplomé en la silla. Estaba borracho. Sólo borracho podía creer que mi país, el país más poderoso del mundo, pudiera estar en guerra con un país tan pequeño, tan inofensivo… ¡ja, ja, ja!… era una vergüenza y había que estar total, absoluta, completamente borracho y seguir así, para creerlo… borracho… borracho de caerse…

¡Condenada cosa estar en Brooklyn!…

 

(Continuará…)



NOTA: Este texto se comparte sin fines de lucro y con el objetivo de fomentar la lectura; se recomienda adquirir el libro donde está publicado este cuento. 

FICHA BIBLIOGRÁFICA: 

Título: Week-end en Guatemala

Autor: Miguel Ángel Asturias

Primera edición: 1956

Comprar en: http://bit.ly/2Zqx7Rj



 

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