El último poema de Roberto Fernández Retamar | Ariel Avilés Marín

Roberto Fernández Retamar, Ariel Avilés Marín y Fernando Muñoz Castillo | Foto: Ariel Avilés (archivo)

El querido Roberto, poeta como es, ha emprendido la composición de su último poema. A él le gusta soñar con las olas y escuchar la música de las caracolas agitadas por la corriente. ¿Qué mejor lugar para arrastrar su lira sonora y ligera que la Bahía de La Habana? Su quijotesca figura, de ahora en adelante, cabalgará sobre las olas como un moderno Cid de nuestros días y se perderá en los coloridos crepúsculos caribeños, acompañada por el perfume de las flores que acompañarán su partida. ¡Querido poeta, silfos y sirenas harán un espléndido cortejo para acompañar tu marcha!

En su vetusta y señorial casa de la calle G del Vedado, Roberto Fernández Retamar, como una brillante flama, se apagó en el cálido verano habanero, para brillar por siempre en el eterno mundo de las letras y las humanidades. Ahí queda también, su verticalidad revolucionaria, incólume, inmaculada. Revolucionario en lo social, en la lucha por la autodeterminación de su amada Cuba. Revolucionario en lo literario, concibió lo técnicamente necesario para una nueva teoría de la literatura latinoamericana.

Roberto fue una figura literaria de tono mayor en las letras cubanas, latinoamericanas y universales. Su pluma supo correr con ágil soltura por las más diversas vías de la literatura; lo mismo es un profundo poeta que es un ensayista genial e inconmensurable. Martiano por antonomasia, llevó su convicción a una realidad palpable en la creación del Centro de Estudios Martianos, en 1977. Ese mismo año es también fundador de la Academia Cubana de la Lengua y la presidió durante varios años. Con Nicolás Guillén, Alejo Carpentier y José Rodríguez Feo, funda la revista Unión, en 1962. Ya antes, siempre con Guillén, funda la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y es su secretario de 1961 a 1964. Otra obra esencial es la fundación, el 28 de abril de 1959, de Casa las Américas, proyecto de Haydée Santamaría con el concurso de Mariano Rodríguez y él, quien ha sido su presidente desde 1986 hasta el último día de su vida. Junto con esto, en 1965, funda también la revista Casa las Américas que dirige también hasta su muerte. En el periodismo, Retamar deja huella indeleble. Durante su participación en la revista Alba, en el año 1947-1948, realiza una histórica entrevista a Ernest Hemingway. También es de profunda importancia su colaboración con la revista Orígenes, en 1951.

Fernández Retamar cursa sus estudios en la Universidad de La Habana, en la Facultad de Artes y Letras, donde egresa como Doctor en Filosofía y Letras en 1954. Cursa estudios de posgrado, primero en París, en la Sorbona, en 1955, y luego en Londres, en la Universidad de Londres, en 1956. Ejerce la docencia en su Alma Mater, donde es declarado Maestro Emérito en 1995. Fue catedrático de la Universidad de Yale de 1956 a 1958. Fue Consejero Cultural de Cuba, en París en 1960. Compartió su vida con la eminente historiadora del arte Adelaida de Juan, quien se le adelantó en el camino apenas el año pasado. Adelaida tuvo tal importancia en su labor profesional que se le conoció popularmente como la Raquel Tibol cubana.

En el año de 1984, un grupo de yucatecos, entre los que estuvimos el poeta Rubén Reyes y yo, fundamos la Casa de la Amistad Yucateca-Cubana “José Martí-Felipe Carrillo Puerto”. Con el decidido apoyo del entonces Cónsul de la República de Cuba, el Dr. Tomás González Marcaida y la Vicecónsul, Lic. Yolanda Ramos Abreu, la agrupación muy pronto empezó a destacar en el mundo de la cultura local. Un verdadero desfile de poetas y otras gentes de la cultura cubana, hicieron acto de presencia y participaron en las más variadas actividades de la Casa. En el plano de lo literario, figuras de la talla de Fina García Marruz, Eliseo Diego, Cintio Vitier, José Antonio Portuondo, y desde luego, Roberto Fernández Retamar, impartieron conferencias magistrales, dieron seminarios y cursos, y dejaron profunda huella en la cultura literaria local.

Fernández Retamar, vino a Mérida en enero de 1991, para presentar una conferencia con motivo del centenario de la publicación del ensayo Nuestra América, de José Martí; el evento tuvo lugar en el Auditorio “José Tec Poot” de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY. Desde ahí, nació la profunda amistad que me unió con Roberto. Largas charlas al compás de humeantes tazas de café cubano (buchitos), lecturas, comidas, paseos a la playa, en los que los lazos fraternos se fundieron profundamente. De esta primera visita, nace la Carta-Prólogo para el libro “Ocupación del Aire”, de Rubén Reyes. En 1992, en el mes de febrero, Retamar viene a Mérida para realizar una lectura de su poesía; las profundas diferencias entre los grupos de escritores locales, hicieron muy difícil la decisión de dónde se llevaría a cabo la lectura, lo que nos metió a Rubén y a mí en una delicada decisión; el punto ideal se encontró el foro del Tinglado, sala teatral a la que concurrió todo el mundo sin problemas; la lectura se efectuó el 19 de febrero de 1992, y fue muy memorable. Una sabrosa anécdota fue que Roberto, después de la lectura, nos explicó: “Durante toda la lectura, me mantuve atento a los gestos y expresiones de una dama rubia que estaba en la primera fila, ella me mantuvo al tanto de cómo el público estaba recibiendo mi lectura”, esa dama rubia, era Nonoya Iturralde.

Desde 2014, las visitas a su casa de El Vedado fueron ineludibles y placenteras; en el acogedor ámbito de su biblioteca, y con nuevos buchitos servidos por el amable conducto de su hija, el tiempo pasaba sin sentir. Concurrir con él al Centro Cultural “Dulce María Loynaz”, al evento del centenario del natalicio de Julio Cortázar fue un privilegio y una experiencia inolvidable que consigné en su momento en las columnas de este rotativo.

En largas, sabrosas, amenas charlas, Roberto me fue compartiendo cosas de su vida y su corazón. Se lamentaba de no haber participado en el intento de toma del Cuartel Moncada, de no haber cruzado el Atlántico en el Granma, de no haber tomado las armas y marchado a la Sierra Maestra. Pero, por otro lado, participó activamente en la resistencia civil contra la dictadura de Batista, escribiendo y fustigando desde la clandestinidad por la feroz persecución de la sanguinaria dictadura del sargento y sátrapa. Hizo lo que le tocaba hacer por su patria, y lo hizo muy bien. Sólidas instituciones de la cultura cubana actual se deben a su iniciativa, y escriben su nombre con letras de oro en la vida de la Cuba revolucionaria. Cercano como pocos al Comandante en Jefe, sus luces brillan juntas y marcan la ruta de esta Cuba libre del imperialismo yanqui.

Su figura alta, delgada, enjuta, como un Quijote, era de una serenidad casi inalterable; pero cuando hablaba de Cuba, de su revolución, de los logros de este movimiento social, su semblante se encendía, sus ojos echaban llamas.

En una memorable conversación con Rubén Reyes y conmigo, en la terraza de la Casa de la Amistad, la emoción de Roberto se desbordó al punto que se puso de pie y con una vehemencia inusual en él gritó: “Estoy dispuesto a dar mi vida porque Cuba no caiga de nuevo en manos del imperialismo explotador, porque por hambre, el pueblo cubano se entregue en manos del tirano”. ¡Así de grande era su convicción y espíritu revolucionario!

En otra conversación memorable el tema giró sobre su esencial ensayo “Calibán”. La exposición de Roberto sobre la dialéctica entre los personajes de Ariel y Calibán, su simbólica metáfora en la obra shakespereana de ser el bien y el mal; y luego, su contundente motivación para tomar a Calibán como el símbolo de los pueblos colonizados y los fundamentos para su reivindicación, me dejó verdaderamente pasmado por la profundidad y claridad de sus argumentos, de su concepción dialéctica, de su espíritu revolucionario. ¡Fue el punto crucial que rindió mi admiración por él!

Nuestro último encuentro tuvo lugar el 13 de diciembre pasado. Lo encontré escribiendo en su biblioteca, en su silla de ruedas, ante su computadora (ordenador, me diría él); platicamos de los últimos movimientos literarios, de la poesía de Rubén, de un poemario que había caído en sus manos en tiempos recientes. “Mira, es de un poeta de ustedes, José Díaz Cervera, un poeta muy interesante”, me dijo; le dio mucho gusto saber que José Díaz es maestro en la Escuela de Letras de la Universidad Modelo. Me despidió con una amplia y alegre sonrisa, levantó su mano derecha para decirme adiós. ¡Quién me diría que no lo volvería a ver físicamente!

Roberto querido, has decidido escribir tu último poema balanceado por las olas de tu amado Caribe. Desde las playas de mi Golfo de México iré a depositar un ramo de rosas blancas que acompañen el ritmo de tu lira que cantará para siempre en las aguas de la mar océano.

aam/acr/28-07-2019

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