Enfermedad y genio detonaron al prolífico Marcel Proust

Desde padecimientos mentales hasta sífilis desfilan por las biografías de muchos grandes genios del arte, enfermedades que detonaron la vocación literaria de unos, o que favorecieron lo prolífico de otros, tal es el caso de Marcel Proust (1873-1922), quien tenía nueve años cuando se le diagnosticó un asma que lo mantuvo cautivo; de hecho, se dice que su obra cumbre En busca del tiempo perdido fue escrita desde su habitación recubierta de corcho.

La obra, compuesta por siete entregas (tres mil páginas) independientes pero consecutivas, que suman más de un millón 250 mil palabras, según estimaciones de quienes lo han leído completo y han saboreado de a poco la genialidad de un hombre a quien se llegó a definir como un enfermo profesional, asmático, que padecía tos espasmódica, estreñimiento pertinaz, friolero y catarro crónico.

A lo largo de sus biografías siempre hay referencia a su apariencia gentil y frágil, a su imagen débil y encorvada, y a los largos periodos que pasó recluido en su recámara, leyendo y fundamentalmente escribiendo esta novela cumbre de la literatura universal, de la que muchos hablan, pero pocos leen a profundidad.

José Mariano González Vidal, en su texto En busca de Proust, lo describe como un hipocondríaco endémico que se nutre diariamente de una dieta compuesta por dos huevos en salsa de crema, un ala de pollo asado, tres cruasanes, un plato de patatas fritas, unas cuantas uvas, café y una botella de cerveza. También se le ha tachado de neurótico, torrencial, caótico y desordenado, hasta el extremo de decir que su obra es como la metáfora de una permanente metástasis en movimiento.

Otros aluden a su carácter pusilánime que atribuyen a la sobreprotección materna, que lo arropó hasta los 34 años, cuando su madre muere provocándole una profunda depresión que lo llevó a vivir una década en la más completa indiferencia, sin que ello le impidiera escribir con ímpetu febril su crónica del fin de siglo, la historia de una decadencia, trabajando siempre con la memoria y no con el presente.

Pero Proust no ha sido el único escritor que ha convivido con la enfermedad, los estudiosos se han encargado de ir develando, desde el ámbito literario y médico, la epilepsia de Fiodor Dostoyevski (Crimen y Castigo), la esquizofrenia de Antonin Artaud (Viaje al país de los tarahumaras), la ceguera de Jorge Luis Borges (El Aleph), el alcoholismo de Edgar Allan Poe (La caída de la casa de Usher) o la drogadicción de William Borroughs (Queer).

Un caso muy sonado es el del escritor suizo Robert Walser (Jacob von Guten), autor de una extensa obra de tintes autobiográficos, en la que despliega un estilo poético y burlón, y quien por sus antecedentes familiares de esquizofrenia, al menor trastorno era llevado a clínicas psiquiátricas, donde al parecer en algún momento fue diagnosticado equivocadamente, lo que lo mantuvo recluido contra su voluntad de 1933 a 1956, cuando lo encuentran muerto sobre la nieve.

Otros connotados casos de autores que conviven particularmente con padecimientos asociados a la depresión, que los lleva al intento de suicidio, en algunos casos exitosos, son: Silvia Plath (Ariel), cuyos episodios depresivos la llevaron a ser tratada con electroshocks hasta que consiguió matarse.

León Tolstoi, autor de celebradas obras de la literatura universal como Ana Karenina y La guerra y la paz; Franz Kafka, que incluso plasmó sus delirios en obras como La metamorfosis, y Ernest Hemingway (Por quién doblan las campanas), que trató de aplacar sus demonios con el alcohol.

También se le han dedicado líneas a la tuberculosis y el dengue de George Orwell y su influencia en la escritura de 1984; al escorbuto del prolífico Jack London (Colmillo blanco), propiciado por su labor en yacimientos de oro y su muerte por una combinación de uremia y sobredosis de morfina; y el envenenamiento por arsénico que padecieron autores como Jane Austen (Mujercitas), en una época en la que esa sustancia, además de fácil de conseguir, era usada para todo tipo de males, desde sífilis hasta reumatismo.

Se dice que Emily Brontë (Cumbres borrascosas) padecía de Asperger (una forma de autismo), y que W. B Yeats, Premio Nobel de Literatura 1923, era atribulado por la prosopagnosia, un extraño trastorno que le impedía identificar caras conocidas; e incluso disléxico, como también lo fueron la Dama del Misterio Agatha Christie (Asesinato en el expreso de Oriente) o el chileno Roberto Bolaño (Los detectives salvajes).

Aún no existe contundencia para asegurar qué enfermedad determina genialidad o viceversa, pero Arnold Ludwig, maestro de psiquiatría y comportamiento humano en la universidad de Kentucky, realizó en 1992 un amplio estudio con la ayuda de mil participantes, con el que comprobó que sí existe un patrón dominante para afirmar que las personas en profesiones creativas son más propensas a sufrir de alguna enfermedad mental que aquellos que estudian ciencias exactas.

FUENTE: NOTIMEX

mcv/ntx/06-07-2019

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s