‘Chin Chin el teporocho’ (fragmento) | Armando Ramírez

La veo venir a la linda figurita, resalta su minivestido, amarillo canario, el pelo lo lleva recogido hacia atrás jalado fuertemente, la acompaña su hermana, que caray tampoco está mal, me digo por mis adentros.

—hola Rogelio.

hola Michele, quihubole —le digo a Agnes.

—se conocen? —pregunta Michele.

—de vista —contesta Agnes.

—y yo que te iba a presentar a mi novio —reprocha Michele.

—pues presentamelo.

—no, ya no, ya se conocen.

—no importa.

—sí importa.

—¿me llamo rogelio y tu?

—Agnes.

—ya estamos presentados —respondo— ¿ahora qué hacemos?

—¡ah! se me olvida, Rogelio, ella nos va acompañar ¿quieres?

—sí, porque no, ¿adónde vamos?

—a donde nos quieras llevar contesta Agnes.

—a la nevería, ¿les parece?

—okey vuelve a contestar Agnes.

Ya en la nevería comenzamos hablar de cosas insulsas, Agnes es simpática y de agradable conversación; de pronto se pone seria y nos comienza hablar muy seria:

—mira rogelio, yo soy más grande que Michele, dos años —habla Agnes como un viejo— y por lo tanto debo velar por su tranquilidad, pero a cambio ella me debe respeto, hasta ahora hemos sido amigas íntimas, ella me cuenta sus problemas y entre las dos tratamos de resolverlos, esto lo hacemos, pues entre nosotros y nuestros padres no existe diálogo alguno, será por la rigidez y recta conducta y moral muy sólida de mi padre no lo permite, te estarás preguntando para qué te cuento todo esto ¿verdad?, es sencillo es que no quiero que veas en mí a una enemiga sino a una amiga que tratará de ayudarlos en sus relaciones, claro está, siempre y cuando vea que tú eres correcto y la tratas bien y no te metas en líos como sucede con tus amigos, tú sabes que yo era novia de Ruben hasta hace unos días en que cortamos nuestras relaciones porque a últimas fechas se había venido portando de una manera rara y mala y yo no quiero que pase lo mismo contigo, créeme yo a ti te estimo, me caes bien, no me defraudes, ¡ah! no tomes, o toma pero no a embrutecerte, solo una pregunta quiero que me contestes, para no aburrirte más —esboza una sonrisa forzada y me interroga— ¿dime qué piensas de Michele?

—pues mira, este, este, este, pues este… —me agarra frío; mira yo al principio y todavía hasta hace un momento —le echo valor al asunto— pensaba en Michele como una chica que me gusta, pero hasta ai, a quien no permitiría adentrarse en mi corazon —me pongo romántico— pues existen muchos obstáculos que impedirían una realización de nuestros deseos y que me obligan a poner los pies sobre la tierra, en primer lugar, tu padre, es como tú dices, de una rectitud inflexible, tu posición económica, la mía, todo eso unido a mi inseguridad que siento, no me permiten hacerme ilusiones con una chica como Michele, pero también me ha sucedido que nunca en mi vida había visto, encontrado a una chica como ella, fíjate, hasta la fiesta de Ruben nunca la había visto a ella, en el transcurso de unos pocos días, desde que me dio una esperanza, cuando me dijo que sí, hasta ahora en que salgo con ella, me he dado cuenta que la necesito, que quiero algo más que salir con mis amigos y divertirme, yo no sé si eso es amor, pero sé sé que por más que trataba de alejarla de mis pensamientos más, como si fuera una obsesión se va metiendo lenta pero inevitablemente en mi corazón y así seguirá hasta que un día se posesione de mí, y llegue a ser su esclavo o no, su fiel amante.

Un largo rato prolongado por la meditación, Agnes se nos queda viendo, en tanto yo todavía estoy sorprendido de lo que dije, no, no se crea que les hablé con demasiada sinceridad, pero es extraño, siento una quietud dentro de mí, busco la mano de Michele , con mi mano le acaricio la suya, toma mi mano entre las suyas se la lleva a sus labios, siento su cálido aliento entre mis dedos, miro sus ojos, tiene un brillo hermoso, son de un color café intensamente claros y toman dimensiones de una belleza extraordinaria, algo así como esa sensación que siento cuando estoy con ella, cuando la miro, cuando la beso, cuando la acaricio, o me besa, o me mira, o me acaricia, Agnes nos baja de la nube —bueno tórtolos si quieren vayan a dar una vuelta al jardín.

—¿y tú que vas hacer mientras? interroga Michele.

—en aquella mesa hay unos amigos, vayan, vayan aquí los espero, no se tarden, y mucho cuidado Rogelio.

Caminamos por las veredas del jardín, cogidos de la mano, pensativos, mirando a la distancia de vez en vez veíamos de reojo a los enamorados del jardín en las bancas o en un rincón oscuro besarse, con fuerza, estremeciéndola, la jalé del brazo, como tratando de espantarla, cuando la sorprendí, mirando a unos jóvenes que se besaban con frenesí, Michele extrañada, me miró, se rió, no me dijo nada, trataba de mirar a través del ramaje espeso lo que aquellas dos siluetas hacían, escondidas, hablando muy quedito susurrándome al oído y jadeando, de pronto sentí un jalón desde la mano hasta hacer estremecer mi cuerpo, volteé a ver a Michele, que no pudo aguantar la risa y echó a correr como una niña después de haber hecho una travesura, traté de alcanzarla, pero apenas hube corrido unos metros, ya me había agitado enormemente cual si fuera un niño de cien años, sentí la garganta reseca, traté de escupir, solo unos puntitos de saliva muy blanca y espumosa, fingiendo correr, pues más bien camino, voy hasta donde se encuentra Michele recargada en un árbol al llegar hasta ella, trato de besarla, se escabulle riendo y se desliza hacia atrás del árbol, abrazo al árbol con fuerza, Michele asoma su carita sonriente desde atrás del árbol, y me dice que mire al cielo, debajo de nosotros están tres estrellas en línea —es el cinturon de centurión, pero también son los tres reyes magos— con mis brazos uno a cada lado del árbol, la aprisiono, rodeo el árbol, llego hasta ella, quien se recarga y cierra los ojos y me dice:

—verdad que es padre Agnes.

—sí, es a todo dar.

—te quiero desde siempre, desde que te vi, no, creo que desde antes que naciera.

—yo te presentí, es como si ya te hubiera conocido, como si hubiéramos sido, antes, uno solo. Es carne de Michele, carne de Rogelio igual a esta pasión que siento, a este deseo que no puedo ni quiero evitar que cruce por mi mente, es como el canto de un jilgero en una mañana de sol y cielo azul o el sonido del roce de las hojas del árbol de espeso follaje, que se cuelgan de sus ramas y se arrullan al compás del suave viento, de una noche caliente de verano, es hermoso al momento, pasión que nos hace sentir alegría y amargura, que nos hace despertar con felicidad o nos hace dormir y tener una pesadilla, es cuando la atracción física pasa a segundo término y sólo reina la pasión furiosa que nos hunde o nos hace sublimes, es lo que en última instancia, yo llamaría amor.

Acerco mi rostro al suyo, confundimos nuestros alientos, acaricio su cabello, su cuello tibio y liso, aspiro su fragancia que me enloquece y me excita, le beso con pasión, los labios, sus mejillas el cuello, debajo de su oído, un deseo frenético se posesiona de mí, y me hace desearla, estrecharla contra mi cuerpo, ella cede también, me besa con ansiedad, me muerde los labios, el cuello, su vientre, se pega a mi sexo tenso; una luz nos ilumina, nuestros rostros de ojos colorados, es la lámpara del policía —¿que no saben que está prohibido?

—¿qué?, le pregunto.

—lo que estan haciendo, dan mal espectáculo, vamos a la delegación.

—no por favor señor, implora ; Michele con angustia.

—tú muchacho, identificate, ¿trabajas o estudias?

—trabajo.

—la credencial en donde trabajas.

—aquí la tiene.

—mmm mmm tu cartilla.

—aquí la tiene.

—la del seguro.

—aquí la tiene.

—mmm mmm, de todos modos te voy a llevar a la delegación porque está prohibido pisar el pasto.

Saco discretamente un billete de a diez pesos y se lo doy al policía.

—que sea la primera y última, si los vuelvo a ver aquí, ahora sí me los cargo.

Al llegar de regreso a la nevería, veo a Agnes, y junto a ella a un señor quien le pasa la mano por la cara en un intento por acariciársela, le dice, me imagino, un insulto, corro sintiendo que la sangre se me sube a la cabeza.

—órale güey si no viene sola, le digo al viejo.

—uy pos si trais padrote, sabes qué ñero, dale chance que se gane unos pesos, es rápido, nos vamos al hotel y te la regreso, me dice el viejo riéndose.

—si no es de la calle, o qué se te anda ofreciendo.

—no, pero me pasa y lo que me pasa lo hago mío.

—pero ahora se te va a pelar —y sin decir más le suelto un derechazo y hasta la pared fue a dar el viejo que estaba borracho, trato de seguirlo golpeando pero, Agnes y Michele me sujetan, pero al momento en que doy la vuelta me encuentro con un golpe un poco abajo de la boca, se me nubla la vista, alcanzo a distinguir al que me pegó; es un joven como de mi misma edad entre los dieciocho y veinte años, está también tomado,

—vas conmigo güey, yo no estoy viejo.

—déjalos, tiralos de a loco —me dice Agnes afligida

—¿qué te hizo?

—nada, sólo me estaba haciendo proposiciones deshonestas, pero tú, con lo atrabancado que eres, todo lo quieres arreglar a golpes, si con no hacer caso hubiera bastado, me recriminaba Agnes.

De reojo, veía al joven borracho que sujetado por el dueño del establecimiento luchaba por zafarse, así y todo sigue lanzándome insultos hasta que llega a lo máximo hasta donde la gota derrama la agua del vaso, hasta donde un mexicano es capaz de aguantar, a donde uno se muere en la raya —eres puto y vas y chingas a tu madre— sentí cómo la sangre se me agolpa en la cabeza, una fuerza interior se desató dentro de mí, una furia inaudita se posesionó de mí, un dolor lacerante me punzó y me hizo gritar mi dolor y mi valentía:

—chingas a veinte, no tengo cambio y vamos a partirnos la madre para ver de que cuero sale mas correa —y dicho y echo, me les safe a las chicas y le dije al dueño que lo soltara, salimos a la calle, la gente se arremolinaba a nuestro alrededor y comenzaban a gritar, los conocidos y los desconocidos, «tú le das, órale no bailen, quiero ver sangre, rompanse el hocico bonito» , lo comencé a fintar, él hacía lo mismo, yo con los puños bien apretados y las piernas sueltas, pero bien apoyadas en el suelo, las tensé un poco, cuando vi que se decidía a tirar golpes, lo eludí, se vuelve a lanzar contra mí, tirando golpes, parece un torbellino, pero antes siquiera sus golpes me lleguen a tocar, mi pie derecho ya golpeo los testículos, lo veo doblarse, antes que caiga al suelo lo levanto de un rodillazo, lo veo caer pesadamente al suelo retorcerse, quiero seguir pateándolo, pero varios brazos me detienen, a la vez que me dicen:

—ya déjalo está pedo.

—ahora vas conmigo pinche padrote —me grita el viejo borracho, le hago una seña con mi brazo levantándolo y haciéndolo hacia atrás de mi cabeza, dándole a entender una «mentada de madre», Agnes y Michele me abrazan y me llevan del lugar.

Ya camino a la casa de ellas, veníamos hablando.

—hiciste mal Roge en pelearte, los hubieras tirado de a locos

—es que no me pude contener.

—por esta vez que valgan tus razones —sentencia Agnes.

—está bien perdónenme, les prometo no volverme a pelear.


TEXTO TOMADO DE LA VERSIÓN ELECTRÓNICA DEL LIBRO CHIN CHIN EL TEPOROCHO DE ARMANDO RAMÍREZ; 1971. 

CORRECCIÓN DIGITAL: LETRAS EN REBELDÍA


FICHA TÉCNICA: 

Lugar de edición: México, D.F. 
Editorial: Novaro 
Año de edición: 1971 
ISBN: 9786074003680 
Género:
Narrativa – Novela – Libros individuales 
Tipo de literatura: Literatura escrita


 

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