Discurso del Mtro. Jorge H. Álvarez Rendón tras recibir la Medalla “Oswaldo Baqueiro López”

Señora secretaria de la Cultura y las Artes

Representante del Ayuntamiento de Mérida

Artistas y periodistas aquí presentes

Señoras y señores

Una cuarteta de Xavier Villaurrutia dice:

El aire juega a los recuerdos,

Se lleva todos los ruidos

Y deja espejos de silencio

Para mirar los años ya vividos.

Hará un año asistí a una ceremonia similar en la que el maestro Antonio Novelo recibió la presea Oswaldo Baqueiro Lopez. Me pareció entonces, y lo confirmo, un acto alentadoramente justo. Decisión correcta y ejemplar.

Me era imposible imaginar, entonces, que esta noche andaría en condición semejante, al borde de la emoción, condecorado y en mitad de protocolos. No me corresponde decidir si, en mi caso, hubo justicia. Lo único que exige la circunstancia es agradecer.

En primer término, a la Secretaria de Cultura, por conservar el invento, que ya es costumbre, de festejar el día de la libre expresión, lapso salvado del desdén o la indiferencia, y mantener el rito de una medalla con el nombre de un periodista dedicado a los menesteres de su vocación.

Después, a los elementos del jurado que se agruparon para valorar documentos, leer trayectorias, sopesar siluetas y tras un entrecruce de opiniones, llegar a un veredicto establecido conforme a sus conciencias.

Agradecer al medio editorial donde, por 46 años, he podido opinar sobre las diversas curvaturas del arte con la mas plena de las libertades. Un periódico diario en que aprendí, párrafo a párrafo, a partir del ignorante soliloquio, a reconocer, ensayar y oficiar géneros como la entrevista, la crónica y el reportaje.

A todos los artistas y amigos que respaldaron afectuosamente la propuesta de mi nombre en la honrosa calificación de periodista, aunque, muy en particular para una colaboradora de aventuras culturales, hermana, hija, sobrina no en las nóminas de la sangre, sino en esa selección que sólo al espíritu incumbe. La maestra Yazmín Gaspar López. De ella fue la mano sobre la manivela de estos menesteres.

Por último, agradecer a Dios, periodista supremo, que diariamente edita con poquísimos errores la relación de nuestras vidas, que me otorgara una familia donde jamás me faltaron los alimentos físicos y espirituales.

Un núcleo de afectividad y respeto en el que hallé el libro oportuno y el lápiz amarillo gracias al cual pude aliviar muchas angustias. A esa inquieta pareja que me engendrara, a esa abuela memoriosa cuyo abundante legado oral recibí oportunamente, y esa tía soltera, de permanente curiosidad, madre de mi alfabeto, mis tablas de suma y resta, y el nunca olvidado capricho de leer todos los días.

El pasado ya no acepta remiendos o mejoría, trampas cosméticas o cambios de plumaje, pero en el porvenir intentaré justificar lo que esta medalla pretende representar. No escribir una línea sin advertir el respeto debido al idioma y al lector. No cerrar un párrafo sin rendir antes el mejor de los esfuerzos. Redactar cada texto con esperanza sostenida, como afirma el poeta Juan Bañuelos:

Hombre soy, mas no me basta,

Porque el sol tiene su trigo en llamas

Y el mar tiene los ojos tocados por la gracia.

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