‘Numancia’, una tragedia que trasciende los siglos | Ariel Avilés Marín

Numancia es un nombre que trasciende el tiempo, el heroísmo de sus habitantes rompió con cualquier antecedente de dignidad y respeto por sí mismos y el honor de su ciudad. Numancia, cantada por los poetas de los siglos posteriores y que está viva en la memoria de todas las naciones que conservan el concepto y el sentido del honor.

Numancia fue la víctima propiciatoria sacrificada por el imperio de esos siglos como demostración de fuerza y poder ante los ojos del mundo. El poder ciego del conquistador romano no se tocó el corazón para sacrificar a un pueblo entero, niños, mujeres y ancianos incluidos. El brazo ejecutor del imperio, encarnado en el general Escipión, el Africano Menor, puso un sitio absoluto a la ciudad para rendirla por hambre y necesidad. Cualquier semejanza con el actual imperio y sus acciones contra Cuba y Venezuela, no son pura coincidencia.

Numerosos autores, desde la antigüedad, han escrito sobre Numancia. Desde Tito Livio, Salustio, Polibio, y desde luego, Miguel de Cervantes y Saavedra, quien la hace inmortal en su tragedia El Cerco de Numancia, conocida más popularmente como La Numancia. La tragedia cervantina es vibrante, profunda, conmovedora, y su texto está lleno de una poesía heroica de fuertes y épicos acentos. Valor, dignidad, orgullo, amor de pareja, de madre, de esposo y esposa, de hermanos, todos ellos están presentes en el texto del célebre Manco de Lepanto, y se desparraman en forma agitada y sensible en cada uno de los versos endecasílabos que componen la tragedia. Numancia es una obra teatral de tono mayor, es un escollo de alta dificultad por el que no cualquiera se atreve a transitar.

La noche del martes 28, a las ocho de la noche, un digno y aguerrido grupo de jóvenes y talentosos actores, bajo la égida de la Mtra. Analie Gómez, gallardamente transitó por el caudal de los endecasílabos cervantinos y llenó el Teatro Peón Contreras de un fuerte sabor de dignidad, de soberbia, de valor, de arrojo, y todas cuantas cualidades se puede citar para emular la ciclópea gesta de los numantinos. Esta joya del Siglo de Oro Español, y por ende de carácter barroco, encontró en la calidad actoral de los discípulos de la Escuela de Teatro de la ESAY, el talento y la sensibilidad necesarios para transmitir esa serie de conflictivos y encontrados sentimientos de un pueblo, que se sabe al filo de la muerte, y que prefiere ésta, antes que perder su dignidad ante el nefando conquistador sanguinario. El amor de las madres que prefieren dar muerte por su propia mano a sus pequeños vástagos, antes que dejarlos a merced de la infamia de los salvajes legionarios romanos, fue proyectado en toda su crudeza en el desarrollo de la tragedia cervantina.

Cuadros de desgarradora y conmovedora sensibilidad desfilan ante los ojos del numeroso público que llenó el teatro, y el talento actoral de los discípulos de la ESAY puso el color y la sensibilidad para llegar a las almas que poblaron la sala esa noche, que, además, era en su mayoría gente de teatro y que conoce el paño porque lo ha tenido entre las manos.

La puesta fue sencilla, pero muy lucida; el vestuario, de Effy Pérez Gómez, puso lo necesario para hacer la atmósfera de la trama creíble, la sencillez fue una cualidad destacada en este montaje, sin escenografía, con tan sólo la cámara aforada en negros cortinajes, y usando las texturas y cadencias de la iluminación, magistralmente ejecutada por Mariano Olvera, para dar a las escenas el tono necesario para proyectar su mensaje intenso, doloroso a veces.

La noche del martes fue noche de estreno, y por eso se llevó a cabo en el Teatro Peón Contreras, que fue un marco espléndido para la puesta. Las siguientes noches de la temporada, serán en el Foro “Rubén Chacón”. Será interesante ver el efecto que el cambio de espacio y de dimensiones imprime a estas nuevas representaciones de la obra. Muchas escenas fueron muy bien resueltas con ingenio, al suplir las instalaciones con expresiones corporales de grupos que se asumen en murallas, torres, atalayas y cualquier instalación requerida en una escena. Hay cuadros grupales que fueron verdaderos murales vivos y expresivos. España sostenida por el pueblo y exclamando: “No quiero otro primor ni otra fragancia / en tanto un español viva en Numancia”. El Río Duero se hace presente en ágil coreografía y se dirige a ella: “¡Madre querida, España!” Entre España y el río, se entabla rico y poético diálogo de voces en armonía. Las voces del río se lamentan: “Sobre mis aguas, torres y trincheras”.

El heroísmo se va sucediendo en fuertes escenas en las que hay una voz común: Hambre, muerte, arrójate conmigo al foso, mostrar muriendo el pecho osado, campean en los diálogos de los personajes. La escena de Marquino con el muerto es de un dramatismo superior, y la gimiente voz del violonchelo le imprime una fuerza más profunda.

Tremendas y crudas son las escenas con las mujeres numantinas llevando a sus hijos muertos en sus brazos. Profundo y doloroso es el monólogo de la madre doliente dirigido al cuerpo de su hijo muerto. La heroica decisión de las mujeres: “Si al foso queréis salir, llevadnos en vuestra salida”.

La gran metáfora de la obra es una conclusión contundente: Decir Numancia es decir libertad. Y los numantinos lo saben y declaran con firmeza: “Mil siglos durará nuestra fama”. El diálogo de Lira y Marandro es un diálogo de amor y muerte. “Arranqué el pan de las manos del romano, para dártelo a ti”. Escenas desgarradoras constituyen aquellas de las mujeres llorando y tratando de cambiar sus mejores galas y vestidos por un mendrugo de pan.

Suenan fuertes tambores, y los romanos se alarman; Escipión recibe el parte: Los numantinos han salido a luchar; y con admiración exclama: “¡Qué hicieran siendo libres!” En el interior de la ciudad, se llega a una terrible conclusión: El hierro ha de acabar con el hambre, y la muerte, quitará el triunfo a los romanos, al dársela el pueblo por sus propias manos.

Un silencio profundo alarma a Escipión, ya no se ve a nadie en la muralla. Ordena a Mario subir la muralla y saltar a la ciudad. “¿Qué ves?”, le pregunta; Mario responde sobrecogido: “Mil muertos en Numancia juntos. Caliente sangre sobre todo el suelo”. Escipión clama furioso: “¡Uno solo vivo necesito, para justificar mi triunfo!” Se ve a un joven en lo alto de una torre. “¡Uno solo vivo en la torre, lo necesito vivo”, exclama el romano; pero el joven, ante los ojos de los romanos, se arroja al vacío desde la torre. Muere el último numantino.

El amargo triunfo romano es sobre esta ciudad a quien venció la muerte.

Excelentes actuaciones de los jóvenes teatreros de la ESAY, entre las que hemos de destacar las de Michelle Urquieta, como España, un numantino y la fama; Saire Simón, como la guerra, la madre y una de las mujeres; Luz González, como el Río Duero; Gabriela Jiménez, como el muerto y como Mario; Mariana Pacheco, como el hambre y el hermano de Lira; a Day González, como Lira; Andrés Alonzo, como Teógenes; Kevin Llanes, como Escipión, Héctor Pasos, como Marandro; Fabián Sosa, como Marquino y Quinto Fabio. Una felicitación general a todo el elenco de la obra, los números corales, las escenas plásticas, estuvieron muy bien logradas.

La ESAY nos sigue poniendo el ejemplo de su buena labor en el mundo del arte en nuestro medio. ¡Gran aplauso de pie a esta digna institución!


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