‘Las Poquianchis’, entre el crimen y la injusticia social de aquellos años | Armando Pacheco

Cuando leemos en los diarios de nota roja los asesinatos y delitos derivados por las luchas por el dominio de los cárteles de la droga o la supremacía de los delincuentes de cuello blanco y el crimen organizado, bien cabría la pena remontarnos a las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, específicamente, al caso de las hermanas González Valenzuela, apodadas como «Las Poquianchis».

Con el guión cinematográfico de Tomás Pérez Turrent y con el apoyo de Xavier Robles para su adaptación, en el año de 1976 Felipe Cazals, aclamado director mexicano, llevó al cine la truculenta historia de estas asesinas seriales y proxenetas originarias de El Salto, Jalisco.

La historia da comienzo en el año 1964 cuando periodistas y lugareños están a la espera de las autoridades para que éstas entren a un terreno donde las hermanas tienen «secuestradas» y en situaciones infrahumanas a una decena de mujeres; descubren cuerpos enterrados. Una muchedumbre revoltosa es testigo de los macabros hallazgos mientras que Chuy y Delfa protagonizan riñas en el lugar de los hechos. Se vislumbra a los periodistas fotografiando las fosas clandestinas. Rosario, el padre de dos muchachas que fueron producto de un engaño, se aproxima al lugar y le reclama a Adelina, su hija mayor, el asesinato de su otra vástaga María Rosa y después le pregunta, colérico, el paradero de la hija menor de nombre Amparo.

En un flashback, el cineasta ubica la historia cuando Delfina, la mayor de las hermanas, acude al hogar de un campesino de nombre Rosario, que hundido en la miseria, busca, de todas las formas posibles, dar qué comer a sus numerosos hijos e hijas; bajo la promesa que Delfina colocará a dos de sus hijas (Adelina y María Rosa) como sirvientas en casas decentes, éstas son llevadas en un vehículo y separadas de su familia. Así inicia el tormento cuando llegan a los dominios de las hermanas González Valenzuela y son violadas por esbirros de la “Poquianchi” mayor.

A lo largo de la cinta, Felipe Cazals ofrece al espectador una narración cruda de aquellos años de tortuosa relación entre las muchachas que son obligadas a prostituirse, abortar y alimentarse de manera precaria con tortillas duras y un plato de frijol. En un plano paralelo, la lucha de Rosario y campesinos por la justicia social y la recuperación de sus tierras, donde, sin tapujos, se desnuda la corrupción del Gobierno en turno e incluso matanzas y encarcelamientos injustificados.

Una cinta que hace reflexionar sobre la trata de blancas, la tortura, la explotación sexual, el maltrato juvenil, la prostitución y el asesinato, así como de la corrupción gubernamental, los juicios apresurados, el amarillismo periodístico y la doble moral.

Pero, ¿el México contemporáneo es diferente a aquella época? La realidad es que en México existen aún estos delitos, nada más que más sofisticados, pues hoy hasta las redes sociales, las nuevas tecnologías juegan un papel primordial. Siempre, el motivo es la pobreza, la desolación, la necesidad de tener dinero fácil.

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