Jorge Medina Leal, exhumación para el recuerdo futuro | Víctor Salas

Una diminuta columna blanca tipo jónica sostiene una cajita rojiza que contiene las cenizas del maestro coralista Jorge Medina Leal. A ese diminuto objeto se dirigen las palabras de la secretaria de la Cultura y las Artes y, mientras las escucho atentamente, no puedo dejar de ver el rostro risueño, pícaro y alegre; no puedo dejar de escuchar las palabras antisolemnes del maestro Medina que se jactaba de todo y en todos. Se carcajeaba fuertemente de sus propios recuerdos a los que convertía en chistes de contagiosa alegría.

La muerte mitifica a los desmitificadores, como el maestro Jorge. La solemnidad de un evento los beatifica de alguna manera, haciéndonos sentir un tanto extraño al personaje que conocimos, con el que compartimos largas charlas provenientes de gustos etílicos. El maestro era feliz con todo lo que había hecho en la música coral y se vanagloriaba de la calidad de su obra. El contento era su sello, su marca y modo de ser en la vida. “Lo demás, es una pura y dos con sal”, decía.

El texto de la señora Millet fue pulcro y leído en ese tono, elegante pero despersonalizado. Un texto institucional que armoniza a un ser en vuelo celeste revoloteando nuevamente en la tierra que lo vio nacer.

Después de la alocución de la Secretaria de Cultura, la viuda del maestro Medina dirigió al coro interpretando “Te Recuerdo Amanda”. Y finalmente refirió: “por la admiración que sentía por el difunto, el maestro Fernando Lozano aceptó venir a dirigir al coro y a la orquesta que hoy rinden tributo al formador de coros en Yucatán”.

De entre los músicos se puso de pie un señor vestido todo de negro andando a tientas por las rodillas traidoras. Al maestro Lozano lo conocí cuando era Lozano y tenía toda la fama en sus manos. Hoy, nos hace vivir una nueva experiencia, dirigir sentado. Esa postura nos demuestra que la fuerza y el vigor para la dirección musical y coral depende no de las piernas, sino de recónditas áreas motivacionales que brotan ante los intérpretes y la audiencia. Lozano levanta los brazos y sus huesos omóplatos los bajan contundentes hasta terminar el gesto en las manos, que le lucen todavía llenas de expresividad y cadencia.

Se luce dirigiendo el Réquiem (canto en el que se utiliza como texto la misa de difuntos) de Gabriel Fauré. El público aplaude los segmentos que le gustan, aunque a uno de los organizadores del evento le molesta tal reacción popular y levanta los brazos moveteándolos para pedir al público que se calle. Lo hace varias veces. Estuve esperando que se pusiera de pie y callara al público. ¡Dios Mío! ¿No sabe este señor que aún en el Peón Contreras el público aplaude cuando no debe en los conciertos de la OSY, la que ya se encuentra acostumbrada a tal reacción del público?

Al finalizar el Réquiem, el maestro Lozano brinda sus palmas a las cenizas del homenajeado, se pone de pie y pide a todos los participantes que hagan lo propio. Los asistentes hacen lo mismo y la ceremonia concluye.

Ya en la calle, me encuentro al maestro Jorge Álvarez Rendón preguntándome “quien habrá sonorizado, no sabrá que este Réquiem debe ser casi un arrullo, escuchaste el pizzicato, fuerte, muy fuerte”. Dio la media vuelta y se fue.

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