Cien años de la Bauhaus: soñar entre sus legendarios muros | Sabine Oelze

Por una noche, voy a dormir en Bauhaus. No es la enorme tienda de bricolaje del mismo nombre, presente en todos los polígonos comerciales de Alemania. Sino en la original Bauhaus. La propia dirección, Gropiusallee 38, inspira respeto por su significado histórico. La calle lleva el nombre de Walter Gropius, el impulsor de la famosa escuela fundada en Weimar en 1919 y que, por razones políticas, se mudó a Dessau en 1925. Fui invitada por la Fundación Bauhaus y el estado de Sajonia-Anhalt a una visita poco antes de las celebraciones del 100 aniversario.

La Bauhaus trajo la modernidad a Dessau

Walter Gropius, o el “Dios blanco”, como lo llamaron los estadounidenses tras su emigración en la década de 1930, probablemente subió y bajó estas escaleras cientos de veces. Es un sentimiento edificante seguir sus pasos hacia la que fuera su oficina en el “Puente”, que conecta el taller con la escuela vocacional. El puente conecta dos partes importantes del edificio Bauhaus: el edificio del taller y el de la escuela. Detrás se encuentra la casa estudio y, un poco más lejos, las Casas Maestras.

Un lugar para recostarse, con historia

Inaugurada en 1926, la casa estudio donde duermo toda la noche y que ahora se alquila a huéspedes de todo el mundo, anunció una nueva era en el momento de su apertura. Fue aquí donde nació la idea del campus como un lugar para unir la vida y el trabajo bajo un mismo techo. Una sensación. Innumerables estudiantes y jóvenes maestros fueron fotografiados en los balcones.

Estas fotografías del Prellerhaus transmiten la aurora de una nueva era. La casa debe su nombre al pintor paisajista Friedrich Preller, el Viejo del siglo XIX. En su día, el artista Preller permitía a los estudiantes de arte vivir con él en Weimar.

Renovación por el centenario

Al subir la escalera recientemente renovada, tienes la sensación de que aún puedes sentir la energía de los pioneros de antaño. Los trabajos de restauración en la fachada no han terminado aún. Huele a pintura fresca. Incluso en mi habitación, que está en el cuarto piso. Recuerda a un loft moderno: simple, brillante, escasamente amueblado.

Nadie esperaría lujosos sofás en la Bauhaus. En vez de eso, suelos de linóleo, mesa de tubos de acero, flexo de bola, silla cantilever, cama doble. Y un lavabo, algo que ya existía en 1926. Para los estándares de la época, las 28 habitaciones, 16 de ellas con balcón, eran un auténtico lujo. Un pasillo central conectaba las salas de trabajo y los dormitorios. Cada piso tenía su propia cocina, un baño compartido y una ducha. Incluso había un gimnasio en el sótano. En los días de la RDA, la Bauhaus albergaba un centro científico y cultural.

Mujeres en la planta baja

Aunque hoy en día se asocia el modernismo con el color blanco, muchos otros se utilizaron en el edificio. El piso de los estudiantes, en la planta baja, que albergó a las trabajadoras de la fábrica de tejidos, era azul. Los pisos de arriba eran rojos o amarillos.

Los estudiantes deben haberse sentido como en casa en habitaciones de 20 metros cuadrados. Aunque mejor debía sentarles el alquiler mensual de 20 marcos, incluida limpieza y calefacción.

Alojamiento funcional y práctico

Desde la Casa Preller hay acceso directo al comedor. Y desde allí al edificio del taller, un ícono de la nueva construcción, con techo plano, fachada de cristal y las famosas letras en la parte delantera. Hoy, además de las salas administrativas de la Fundación Bauhaus, alberga un museo, una tienda, el Club Bauhaus, una cafetería que hace además de bar nocturno, una biblioteca de investigación y un pequeño escenario. En el ala norte del edificio, la Universidad de Ciencias Aplicadas de Anhalt utiliza seis salas para seminarios de diseño y arquitectura.

Ningún detalle dejado al azar

Nada en la Bauhaus es fruto de la casualidad, todo está concebido para causar un efecto. Dependiendo de la hora del día, los rayos del sol hacen que las letras de BAUHAUS se dupliquen al proyectar su sombra sobre la fachada. Tanto por dentro como por fuera se cuida cada detalle. Incluso se tuvo en cuenta la vista desde el aire, en una ciudad que ya entonces contaba con aeropuerto. Caminar entre sus muros es como hacerlo dentro de una escultura.

Aunque se duerme muy bien, pasar una noche en la Bauhaus no es como hacerlo en un simple lugar de vacaciones. Uno se impregna del espíritu de la modernidad, que en su día estuvo lleno de ligereza y de optimismo por el futuro. (Deutsche Welle: https://p.dw.com/p/3Am84)


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