López Obrador tiene muy claro el Rumbo | Guillermo Fabela Quiñone

Ahora que se destapó la cloaca de la corrupción en Pemex, hay quienes afirman que una tarea tan compleja y estratégica se realizó de manera improvisada, sin ninguna planeación. Se refieren al hecho indiscutible que lo que está ocurriendo en la principal empresa nacional es un capricho del presidente Andrés Manuel López Obrador. Ponen como ejemplo de una buena planeación la liquidación de Luz y Fuerza del Centro (LyFC), pues tal proyecto surgió en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari para concluir en el de Felipe Calderón.

Ni qué decir tiene que si ese fuera el caso, no se tendrían los resultados que ya se tienen en tan sólo tres semanas. Esto a pesar de resistencias extraordinarias de los intereses afectados, tanto de parte de la cúpula oligárquica como del crimen organizado. El que la liquidación de LyFC se realizara en un periodo de dos décadas no quiere decir que todo ese lapso haya sido de planeación, sino del temor de los mandatarios para dar un paso tan importante en contra de los intereses nacionales.

Tampoco significa que el panista Calderón haya sido muy valiente y no tuviera miedo de afectar a una empresa del Estado, sino que durante ese lapso se crearon las condiciones objetivas, políticas y económicas, para liquidar a más de 44 mil trabajadores. El desmantelamiento del Estado y de sus instituciones democráticas había tenido un gran éxito, no tanto por la eficiencia de la tecnocracia, sino por las condiciones favorables a nivel global de la privatización de empresas estatales.

El neoliberalismo había llegado a su clímax y México estaba listo para darle un giro más antidemocrático a la economía, a fin de apuntalar a la tecnocracia apátrida y hacer creíble un bipartidismo dizque democrático tipo el de Estados Unidos. No es que Calderón tomara una decisión por sí mismo, al liquidar LyFC, sino que recibió la orden de dar ese paso para que en el sexenio siguiente el PRI se pusiera la medalla de las mal llamadas reformas estructurales.

Lo que no tomaron en cuenta, ni la Casa Blanca en Washington ni los organismos internacionales, fue que la corrupción del régimen se desbocaría a niveles asombrosos, como en pocas partes del mundo, y que eso llevaría al hartazgo de la población, al punto de que se ponía en riesgo muy evidente la viabilidad de continuar el proyecto neoliberal, lo que a final de cuentas afectaría seriamente las inversiones de las grandes corporaciones internacionales instaladas en nuestro territorio.

La voracidad desmedida de la tecnocracia reaccionaria llevó finalmente a su descalabro definitivo, lo que obligó a esos grandes intereses trasnacionales a ver más allá del sexenio y prever las fatales consecuencias que tendría para ellos un monumental fraude electoral. De ahí que sopesaran muy bien los pros y los contras y decidieran dar un paso atrás en su estrategia dejando pasar al abanderado de centro izquierda, quien desde hace más de dos décadas tiene un proyecto de nación progresista.

Por eso es un absurdo afirmar que López Obrador toma decisiones improvisadas. Las viene barajando desde hace años y actúa con suma responsabilidad. De ahí que en tan corto plazo le diera resultados positivos la lucha contra el “huachicoleo”.

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