De hormigas y elefantes | Jorge Lara Rivera

Es cierto que de la mano del antes defenestrado y escarnecido Deng Xiao Ping la gerontocracia gobernante en la República Popular China, tras abandonar los experimentos del ‘Gran Timonel’ (Mao Tse Tung; ‘Mao Zedong’ reclama Pekín que se demanda ‘Beijing’) y sólo luego de agenciarse la productividad de Hong Kong y de Macao, ha logrado –tras 42 años– acortar la distancia; pero aún subsiste el paradójico contraste entre el producto interno bruto del gigante asiático (3 billones 450 mil millones de dólares) frente a los 600 mil millones de dólares de la pequeña isla de Taiwán, antes Formosa –autoproclamada República de China que la China continental reclama como ‘provincia rebelde’ suya–, considerando la abismal diferencia de población (1 mil 385 millones de personas capitaneadas por Pekín y 23 millones 500 mil almas dirigidas por Taipei) que arroja un saldo favorable a la antigua Formosa (25 millones 531 mil 914 dólares anuales frente a 24 millones 909 mil 747.00 dólares anuales de producto per cápita).

No obstante la diplomacia china lleva años a la ofensiva y valida de inversiones y comercio a escala mayor en diversos países (en especial de Latinoamérica: Brasil y Venezuela entre ellos) aunque se le acusa de ‘piratería’ en todos los sentidos, ha logrado que echen de la ONU a la laboriosa isla, que se la excluya de importantes foros internacionales económicos, aeronáuticos, la Interpol, etc.; y que en las Olimpiadas, además de despojarla de su nombre sustituido por el de China-Taipei, sus atletas tengan que desfilar bajo la bandera olímpica y cualquier país (Estados Unidos incluso) que quiera tratos con Pekín debe retirar su reconocimiento al gobierno de Taipei. Eso aparte de las frecuentes violaciones a los espacios marítimo y aéreo taiwaneses por elementos y naves del enorme Ejército Popular chino dotado de armamento nuclear.

Pero Taiwán se aferra a la esperanza de que más por su propio interés que por honor Estados Unidos cumplirá una vieja ley norteamericana que obliga a la Casa Blanca a asegurarse de que su antiguo aliado “es capaz de defenderse por sí mismo de cualquier amenaza”, haciendo de la seguridad insular un asunto de interés nacional para Washington; esto además de que en el marco de la relación chino/estadounidense, los 2 colosos pactaron que “la reunificación china tendrá que ser pacífica”, lo cual se aviene mal con las amenazas de usar la fuerza recién externadas por Pekín.

Decidida a reclamar su papel de árbitro mundial China compite en diversos frentes. En octubre de 2018, tras 9 años de trabajos, China inauguró el puente más largo sobre el mar (55 km), uniendo Hong Kong y Macao con la provincia Zhunai. Estrenó este 2019 “probando” su mega bomba que replica a la del arsenal estadounidense convencional conocida como “madre de todas las bombas” que usó en Afganistán y con el alunizaje de su sonda espacial ‘Chang’e-4’ de fabricación nacional que cuenta con un vehículo robot –‘Yutu 2’– explorador, en la ignota cara oscura de la Luna, poniendo de relieve lo avanzado de su industria aeroespacial que ya ha puesto en órbita satélites y lanzado cohetes, aparte de su poder militar misilístico y arsenal atómico.

El costo de esta nueva prosperidad para una nueva generación de milmillonarios (como Wanzhou Meng, directora financiera de Huawei, gigante de la electrónica, detenida en Canadá a solicitud de Estados Unidos por “violar las sanciones que se impuso a Irán”) se basa en sueldos miserables a la enorme mayoría, arbitrariedad contra derechos humanos –lo probó la matanza en Tiananmen, Plaza de la Paz Celeste en la llamada “ciudad prohibida” de la capital (1989)– e implacable persecución de minorías (como los autonomistas tibetanos y la secta Falun Gong), disidentes (tal Liu Xiaobo y Ai Weiwi), defensores de derechos humanos (en julio de 2015, 106 abogados del ramo –la afamada Wang Yu entre ellos– fueron arrestados, citados a declarar o se ignoró su paradero en 15 ciudades) y periodistas críticos, a pesar de las reformas cosméticas iniciadas por Xi Jinping. Hacia el exterior, el agresivo comportamiento chino con poder nuclear dista de ser factor de equilibrio.

Así, mantiene con Japón una larga disputa por las islas Senkaku (‘Daiowo’ exige Pekín) en la que no han faltado tensión e incidentes peligrosos para la paz y la seguridad regional –y global por el riesgo que conllevan sus alianzas con Rusia y Estados Unidos, respectivamente.

Desde la sangrienta guerra civil librada en la península de Corea, China es el aliado más cercano de la dictadura dinástica de la “República Popular Democrática de Norcorea” y contribuyó a su desarrollo nuclear militar. En la frontera con India con la cual sostuvo una breve pero mortífera guerra, disputa a esta nación 2 zonas del Himalaya –sobre todo tras la anexión violenta que Pekín realizó del Tíbet–, y en el Océano Índico oriental ha provocado al gobierno de Nueva Delhi para ganar influencia en la República de las (islas) Maldivas, el país más vulnerable a inundaciones efecto del calentamiento global del cual China es responsable en buena medida, enviando buques de guerra a la zona.

En su frontera de Vietnam, su otrora aliado, prevalece la tensión tras la invasión realizada a este país con pretexto de defender a su satélite: la república de Kampuchea Democrática. La relación con Rusia parece haberse distendido del todo, luego de las crispaciones que su recurrente supremacismo étnico en Xianjiang generó con Moscú; lo mismo con Mongolia, tras desacreditar al gobierno tibetano en el exilio y exigir respeto a su imperialismo (‘una sola China’).

Pero frente a la seria preocupación de 11 naciones, principalmente de la Asociación del Sureste Asiático (Indonesia, Malasia, Brunei, Filipinas, y Vietnam) y desde luego Corea del Sur, Japón y Taiwán, más India, Estados Unidos y Australia, por el obvio ardid que le permite su avanzada ingeniería, China emprendió en territorio disputado por 6 países hacia 2015 la construcción de las ‘Spratly, formado por media docena de islas artificiales a partir del correspondiente centenar de arrecifes coralinos, rocas e islotes que incluyen las islas Paracelso –Paracel o del Placel– cuyo área suma 9 km2 las cuales servirán de base a su marina de guerra y le permitirán el control del tránsito en la zona meridional del llamado Mar de China y de los recursos pesqueros y petrolíferos en la zona económica exclusiva (22 km de lecho marino) y hasta 370 km en derredor, tal reclama sin apego al Derecho del Mar, vigente, bajo un falaz “derecho histórico” que apenas comenzó en el siglo XX. Causante de contaminación planetaria sólo comparable a Estados Unidos (‘aportan’ juntos el 50%), el riesgo de que la sorda guerra comercial entre China y Estados Unidos se torne abierta y desemboque en un conflicto armado no es del todo improbable y deviene amenaza grave para el mundo por su potencial destructor y de guerra global.



Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de los integrantes del Colectivo Letras en Rebeldía, editores de Diario Arte y Cultura en Rebeldía, y de Resistencia en el Sur



NOTA: Texto publicado con autorización de su autor y originalmente publicado en Diario Por Esto!


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