Riesgosas reglas de recambio en Oriente Medio | Jorge Lara Rivera

La noche del 25 de diciembre, el régimen sirio tuvo ocasión de poner a prueba el sistema misilístico antiaéreo S-300, capaz de rechazar ataques con cazas Stealth, helicópteros, bombarderos y misiles balísticos, desde más de 250 kilómetros –interceptando ataques aéreos– atacando al mismo tiempo objetivos varios; con el cual fue equipado su Ejército por Rusia como represalia por el incidente del cual culpó a Israel por “falta de profesionalismo” y “negligencia criminal” de sus pilotos, en términos del vocero de su Ministerio de Defensa ruso, general Igor Konashenkov. Y es que, violando espacios aéreos de Líbano y Siria –y la resolución 1701 de la ONU– aprovechando el aterrizaje y despegue de 2 aviones civiles en Damasco, 6 F-16 de Israel bombardearon masivamente con misiles blancos relacionados con la guardia revolucionaria persa destacada en ese país para apoyar al régimen de Bashar Al Assad.

El incidente confirma la invariada política hebrea de impedir que sus archirrivales persas establezcan bases en territorio de su vecino, estragado por más de 7 años de guerra civil, agravada por injerencia de intereses ajenos de potencias extranjeras –regionales (Irán, Turquía, Arabia Saudita) y mundiales (Rusia, Comunidad Europea y E.E.U.U.), a consecuencia de la salida de tropas estadounidenses.

Y es que un hervidero de odios, rencores y resentimientos deja tras sí como rastro el contingente norteamericano que abandona el avispero sirio para trasladarse a Iraq desde donde, a decir del senador ruso Konstantin Kosachov y observadores internacionales, “aún podría hacer diana en objetivos selectos” en ese país (parecer que no comparten los expertos militares ni los sectores ultraconservadores estadounidenses más reacios a la retirada decretada por el presidente Donald Trump –entre aquéllos el dimitente Secretario de Defensa James Mattis, cuyo relevo adelantó al 1 de enero de 2019, en lugar de esperar para fines de febrero su retiro con honores, como se había oficializado, en uno de sus usuales desplantes de rabia Trump– quienes concuerdan en que para eso necesitaría apoyo de ‘inteligencia’ presente en el propio escenario de lucha, lo cual no puede depender del ánimo de terceros países –léase Turquía– que persiguen objetivos propios.

Sin embargo, desoyendo a sus asesores, míster Trump ha preferido dejar a Ankara el exterminio de los yihadistas de grupos radicales como el ‘Califato –o Estado– Islámico’ y ‘Al Nusra’ (incluso al precio de traicionar a las Unidades de Protección Popular del Pueblo Kurdo sus valientes y leales aliados instrumentales que pagaron un precio de sangre haciéndole el trabajo sucio a cambio de las armas con que los aprovisionó provenientes de Rumania, Ucrania, la Rep. Checa, etc.), antes que arriesgarse a una disputa armada con un, hasta hace poco, confiable (dentro y fuera de la OTAN) socio contra Rusia, especialmente tras su aproximación a Moscú del megalómano Vladimir Putin y el Irán de los ayatolás, la intransigente teocracia que amenaza a Israel desde Siria, y a la Arabia Saudita en el Yemen.

El régimen islámico, a cargo de Turquía, ha desplegado una ofensiva estratégica en varios frentes. En la diplomacia, desde agosto de 2016 ha logrado mejorar sus relaciones con Moscú, Irán y Azerbaiyán, lo mismo que con China y Siria y potencias europeas como Alemania y Francia, al margen de Estados Unidos (país del cual alberga en Incirlik la mayor base militar estadounidense fuera de territorio norteamericano, donde se cuenta incluso con ojivas nucleares); al tiempo que imponer una agenda al servicio de sus intereses al gobierno saudita a causa de su ‘faux pas’ (traspié o paso en falso) perpetrado en su territorio europeo, con el asesinato del periodista Jaamal Khashoggi que los medios vinculan al príncipe heredero Mohamed bin Salmán, sin hacer concesiones al monarca wahabí Salmán bin Abdulaziz. E incluso en Latinoamérica se ha vinculado con Venezuela y manifiesta interés por mejorar su comercio con México.

Pese al “efecto Sultán” cuyos efectos afectaron a las diversas bolsas de los llamados países de “economía emergente” a lo largo y ancho del mundo, Turquía lidera con Venezuela, Irán, Rusia, China, Kirguistán, Corea del Sur, etc. una rebelión para cambiar el patrón dólar en los intercambios comerciales internacionales reaccionando al proteccionismo norteamericano que promueve míster Trump. El presidente Recep Tayyip Erdogan parece decidido a devolver a su país un papel protagónico en la escena mundial como históricamente tuvo el imperio turco otomano de los sultanes. Recién inauguró su programa espacial nacional a cargo de la industria aeroespacial y proclamó la meta de enviar al espacio astronautas turcos (Halil Kayici se intregrará a la próxima misión de la NASA), sólo pocos días después de anunciar su intensión de mandar satélites propios a orbitar la Tierra.

El propio Tayyip Erdogan ha hecho público que ha conseguido equipamiento aéreo de última generación ruso y la entrega de los más sofisticados aviones estadounidense (tras liberar al clérigo Andrew Brunson, cautivo por 2 años en el país asiático acusado de participar en la tentativa golpista), al tiempo que reveló que su país desarrolla una propia industria militar (que actualmente le provee 64% de sus “necesidades”) para satisfacer los requerimientos de sus fuerzas armadas. Estos datos cobran actualidad escalofriante, tras el anuncio de que Turquía está lista para una operación de exterminio contra los “terroristas separatistas” (los kurdos en Siria) y sus amenazas a Francia si los auxilia. Tristemente, Siria sigue siendo laboratorio de pruebas de explosivas políticas ajenas y de armamento letal.



Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de los integrantes del Colectivo Letras en Rebeldía, editores de Diario Arte y Cultura en Rebeldía, y de Resistencia en el Sur



NOTA: Texto publicado con autorización de su autor y originalmente publicado en Diario Por Esto!


 

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