Aurora | Jorge Lara Rivera

Desde el primer instante del día, tras la medianoche culminada de preparativos, madrugadora la guardia de la Patria –Secretarías de la Defensa Nacional, Marina Armada de México, Seguridad Pública y Gobernación– realizó ipso facto el relevo de mandos que simboliza formalmente la continuidad nacional en medio de la marcialidad castrense; al crepúsculo, los ancestrales sonidos del caracol, los teponaxtles y las chirimías, entre “concheros”, médicos tradicionales y curanderas, con ofrendas de jade, obsidiana y turquesa, y un fondo humeante de copal que matizaba el pabellón multicolor de hojas de maíz formado con cuyas diversas especies se arropó, el ceremonial con que el México ancestral confió su autoridad espiritual al nuevo Primer Mandatario.

En el entreacto, imposible sustraerse a la atmósfera festiva, el protocolo solemne de la jornada transcurrió sin tropiezos. El Congreso de la Unión en sesión plenaria dejó fluir los sentires de políticos de los partidos que dicen representar al pueblo. Pero en la calle gente real, de lo más diversa (los 68 pueblos originarios y afromexicanos, pero también de integrantes de la comunidad LGBTTTI incluidos) se volcó para acompañar al Presidente electo Andrés Manuel López Obrador para su toma de protesta que lo convirtió en el Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.

Luego, tras la pausa para recibir el saludo de las delegaciones de los pueblos de la Tierra invitados especiales para que lleven más allá de las fronteras, como testigos del cambio, la noticia de inicio de un nuevo gobierno en nuestro país, la paulatina aglomeración en el zócalo de la capital de la República colmó la plaza pública (e igual franqueó el camino a Los Pinos, recuperado para la cultura nacional) para seguir los complementarios discursos del Presidente, en lenguaje claro y directo, lo mismo en el Congreso que en la asamblea ciudadana asistente al festejo popular.

Una hora incierta para México –el largo espejismo del desarrollo macroeconómico competitivo con criterios gerenciales pregonado por el neoliberalismo en los últimos 36 años– que sustituyó la ruta propia de la Nación hasta enfangarnos, toca su fin.

La imagen del nuevo gobierno es elocuente: escoltan la Bandera Nacional nuestros más grandes héroes, preclaros hijos de México: José María Morelos y Pavón, Miguel Hidalgo y Costilla, Benito Juárez García, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas del Río. Nada fácil será la transformación, pero la joven esperanza en extravío, la infancia en riesgo de desnutrición y hambre, el infame desamparo en que, tras tantos años de servir, desesperan los adultos mayores que construyeron este país, la desgracia de los discapacitados quienes a sus padecimientos añaden el dolor de la incomprensión social, dejan de estar solos y a merced de un adverso destino que nunca conmovió a los ganones que disfrazan sus enjuagues corruptos de emprendedurismo, mientras usufructuaban privilegios ingentes so pretexto de profesionalismo en el servicio a la Nación. Se dirá que es un retroceso, un retorno a los años 70, puro asistencialismo. Ya se verá. Por lo pronto, desde luego, hay que decir que la riqueza producida por todo el pueblo de ninguna manera puede ser sólo para que se la embolsen unos cuantos vivales ¡Vive México!



Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de los integrantes del Colectivo Letras en Rebeldía, editores de Diario Arte y Cultura en Rebeldía, y de Resistencia en el Sur



NOTA: Texto publicado con autorización de su autor y originalmente publicado en Diario Por Esto!


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