‘Pathos atmosférico’ en el concierto de la OSY | Víctor Salas

Una energía especial flotaba en el patio de butacas del Peón Contreras. La audiencia entraba tarareando alguna canción, saludando con buen ánimo y su conducta era distinta a los otros conciertos. Había encantamiento, pues.
Ese ambiente, esa atmósfera, esa actitud, ¿sería producida por Beethoven, por el director invitado –Roberto Beltrán–; por la novedad del concierto de André Jolivet, o por Joaquín Melo, o por todo ello al mismo tiempo? ¡Vaya, usted a saber! Me quedo con el espíritu tan positivo que flotaba del piso a la cúpula de Peón Contreras.

Aparece Christopher Collins, aplausos; lo hace el director huésped, más aplausos, e inicia la obertura rossiniana de la Urraca Ladrona. Las manos de los espectadores golpean suavemente sus muslos marcando el compás, las cabezas de más de muchos se mueven en algún Forte o en las partes muy melódicas. Concluyendo, las palmas se sueltan llevando aplausos hacía el escenario, al sitial de los músicos.

El espíritu expectativo surgió al momento del Concierto para flauta, de André Jolivet, compositor francés que murió en el cercano año de 1974 del siglo pasado. Acompañan a Joaquín Melo, las secciones de cuerdas únicamente. Todo el ámbito es, entonces, suyo. Recordé que Roberto Beltrán decía que esa música estaba hecha con mal humor, aclarando que ese sentimiento prevalecía en general en la Europa que se levantaba de los escombros dejados por la Segunda Guerra Mundial. Entonces, era casi imposible la música festiva. Los creadores de esa época, en general, vivían ensombrecidos.

Joaquín Melo interpreta la primera parte de la obra, casi sin descanso, haciendo sonar su flauta de manera casi ininterrumpida. Lo hace con control, sin denuedo, manejando muy bien todos los motivos expuestos en la partitura. Interpreta más de memoria que de lectura, o al menos eso parece porque con los ojos mira más al público que al papel pautado. El director, se mantiene oficioso para ir acorde al solista, tiene cuidado con la batuta y las manos para cuidar los limites estilísticos. En la segunda parte, el solista tiene oportunidad de bajar los brazos, de poner en reposo al sistema respiratorio y de expresarnos ecuanimidad ante una pieza de tal naturaleza. Nomás concluir la obra, la aplausada sonó fuerte, tan fuerte, que el solista salió tres veces al saludo y dio como regalo una pieza más.
Y llegó el turno al plato fuerte, la apoteosis de la danza, a la Séptima Sinfonía.

Beethoven es un Dios, su trabajo provoca adoración. Y es en serio. Yo conocí en México a melómanos que tenían en un altar al compositor con luz de veladora que nunca se extinguía. Y las opiniones sobre él iban en la vertiente de la divinidad. Hay que admitir que es divino. En lo particular tengo las sinfonías beethovianas pagadas al tímpano. Con sus obras puedo llorar y vivir la felicidad, vivir la carrera del triunfo y el goce por y para la humanidad.

Toda la Sinfónica de Yucatán mantuvo su compromiso amoroso con el vienes. No hubo ojo o cuerda emotiva de los instrumentistas que se despegara de la grandilocuencia exigida por la Séptima Sinfonía.

El público estaba de plácemes. Había testas que se bajaban y subían según los acordes, algunos señores movían las manos como dirigiendo una orquesta imaginaria enfrente de ellos. Es Beethoven, el divino Beethoven el que jala a todos y los pone a sus pies. La grandeza de un espíritu se ha instalado en el arco escénico del Peón Contreras y desde las alturas se satisface y nos observa. Es el portento del arte.

La sala se puso de pie. Los silbidos fueron mayúsculos, los bravos no se hicieron esperar.

Roberto Beltrán, tuvo la sabiduría de dejar escuchar a plenitud la obra de Beethoven. No fue actor, ni bailarín, no cantó ni recitó. Puso cada gesto en su lugar sin aspavientos pero con señalada precisión.
Es probable que todo ello contribuyó al enorme éxito del concierto dominical de la OSY.



Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de los integrantes del Colectivo Letras en Rebeldía, editores de Diario Arte y Cultura en Rebeldía, y de Resistencia en el Sur



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