Prefiero los funerales | Carolina Luna


|| Y la muerte y yo nos vemos tan seguido (Diane Wakoski) ||


Yo no sé, quizá sucede que mi familia tiene muchos parientes o es que la gente se muere muy seguido. Y parece que con la adolescencia adquirí un derecho no reclamado: el de estar del tingo al tango con mi madre en visitas a hospitales, funerarias y entierros.

Los funerales molestan menos, hay café y culpas asumidas. Pero los hospitales…

A lo mejor es que hoy estoy alterada y eso me impide dejar de llorar. Llevo, en la semana, una visita a la hija leucémica de no sé quién, y el trasplante de riñón de tía Bertha. La primera clínica no estaba mal, la segunda vendía tortas infames.

Me molesta llorar si control , aunque, francamente, tengo mis razones para estar así, como enfurecida;  es el segundo intento de suicidio de mi mamá en menos de un año. Ya para el tercero, a ver quién llama al médico,  porque yo, no.

Era mejor cuando vivía papá. Él sí que no permitía a mamá llevarme a sus relajos. Nos quedábamos viendo películas. Las de asesinos psicóticos nos gustaban mucho.

Ambos tratábamos de adivinar cómo matarían a la próxima víctima. Sospecho que papá hacía trampa en el juego y había visto todas las películas, pues ganaba siempre.

El día que papá murió mi madre estaba contenta. Quiero decir, no contenta contenta de alegre, sino, más bien, realizada por un lado y triste por otro. Su vida era consolar a los familiares del enfermo, del herido, del muerto, y ese día, todos le devolvieron el favor sin tardanza. Ni en las fiestas que daba mi padre vi tanta gente como en su entierro. Aunque la mayoría eran personas conocidas de mamá.

A veces, en la noche, la oigo entrar a mi cuarto. Me revisa el pulso, la respiración, suspira y se va.

Cualquiera tendría un mal presentimiento por su actitud —de alguna manera soy su única oportunidad para volver a ser consolada— pero yo estoy sana; gracias a ella ninguna enfermedad me acecha. Sé que el suspiro es de alivio y por eso confío.

Tal vez mamá hubiese preferido que llamara a alguien por su hospitalización, pero quién sabe; como la ve pasada evitamos el tema, no me arriesgué. Yo no sé organizar estas cosas. La verdad, me aburren, no me parezco a ella. La acompaño a sus quehaceres más por costumbre que por gusto. Insisto, dado el caso, prefiero los funerales. Además, el negro me queda bien y a mamá no le molesta que vaya a la moda siempre y cuando elija el color negro en mi ropa. Eso de que me sienta  bien lo oscuro me lo dijo mi primo en el velorio de su padre. Fuimos a la parte trasera de la casona y lo consolé a mi modo con bastante buen resultado.

Me duelen los brazos. Mamá es delgada pero creo que la gente pesa más cuando está dormida. Ni modo, hubo que cargarla, de aquí a esperar a que llegara la ambulancia. Además, los vecinos…

Este Jorge ya tardó. Es el doctor de la familia. Mamá siempre lo atormenta con enfermedades imaginarias y él la tolera. Digo imaginarias porque mi madre sólo ha requerido hospitalización cuando intenta matarse. Pobre, eso debe ser frustrante.

Al fin aparece Jorge con mala cara.

—Creo que esta vez se le pasó la mano —me dice.

Quedo muda. El llanto se me corta.

—No pude hacer nada —se disculpa.

La sorpresa me confunde. ¿Qué iba a hacer sin ella? Es decir, yo no sé organizar estas cosas y detesto que me abrazoteen y besuqueen desconocidos −los rostros húmedos, las ropas negras que apestan a naftalina—. Y todo lo de la funeraria: los telefonemas, las flores, ¡Dios mío, las esquelas!

—¿Quieres pasar a verla?

Respondo no, y sin hacer caso a algo que intenta decir me encamino a la salida. Entonces decido escapar, huir, volver en tres días cuando todo haya acabado.


NOTA: Texto publicado en formato digital originalmente en “Letras en Rebeldía” con la autorización de su autora 


 

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