Inundándose en la madrugada | Adán Echeverría

Acompañé a mi novia a rentar la casa de la calle 84, que se volvió la dirección que poníamos luego en los cuadernillos de poesía que publicamos. Estos cuadernillos fueron los primeros del taller. Los alumnos querían que yo igual publicara con ellos, pero les dije que no. Yo ya había sido publicado por la editorial Dante y por la Universidad Autónoma de Yucatán. No iba a publicar ahora en un cuadernillo. Igual les sugerí que cada uno de ellos hiciera un texto de presentación para el texto de otro compañero. A mí me tocó escribir el texto para los cuadernillos de Patricia e Ivi.

La casa de la calle 84 se volvió el sitio para los encuentros literarios, las charlas poéticas, el tallereo, la edición, la fiesta, y claro, para que mi novia y yo nos revolcáramos piel contra piel todo el tiempo que así lo deseáramos. Desde que la acompañé a rentar la casa, ella insistió en que la llevara a un cerrajero para que me sacara una copia de la llave. Así, yo podía ir y venir cuando quisiera, aún cuando ella estuviera en Santa Cruz Pinto, donde trabajaba como instructora Conafe.

Cómo le enojaba que yo dispusiera de la casa para las fiestas de cada fin de semana Luego del taller yo decidía ir a la casa, no solo con ella, sino con varios de los integrantes, a beber de lo lindo. Sobre todo si nos tocaba salirnos de algún evento cultural.

La noche de Carolina, creo que se trató de alguna de las constantes premiaciones que le daban a mi novia por su trabajo poético. Había ganado ya varios concursos, y claro, los compas del taller literario, yo con ellos, teníamos que brindar de alegría. Carolina decidió irse con nosotros. Podía ser —en edad- madre de mi novia, bueno, yo le llevaba 10 años a mi chica, y Carolina tenía edad para ser incluso mi madre. Ivi, Carolina y Yo, éramos los que más bebíamos. Paty siempre se cuidó con el alcohol, lo de ella eran las drogas duras, o —si no había más— pues algo de hierba, y el Ivi siempre andaba preparado porque Nelson era más aficionado a la mota que al alcohol. Bonito grupo intelectual formábamos.

Así que entre brindis y brindis, todos nos pusimos alrededor de Carolina quien nos contaba sus derroteros como dictaminadora para el Fondo Editorial Tie…: He rechazado a un chingo de huevones y huevonas que creen que escribir prosa es hacer cuento. ¡Cuánto pendejo manda trabajos a la editorial! Yo solo me río, gano el dinero que me pagan por la chamba, y me pongo hasta la madre, como debe de ser. ¡Salud!, decíamos a coro.

Cansado de todas las historias que se contaban sobre el monstruo irreal de la narrativa yucateca que era Carolina, decidí no dejar de preguntar por las leyendas que se contaban de ella. Mario González, cuando fue mi tutor suplente de novela, en el Fonca, porque Rafael se había puesto muy mal del cáncer y no acudió a la última reunión que tuvimos en Veracruz, nos contó, a Luis Valdez y a mí, que Carolina todas las mañanas tomaba el desayuno en el Fondo de Cultura… con Alí Ch….

“Es la niña consentida de Alí”, contaba el bocón de Mario, y añadió: “Pero esta pinche vieja esta bien loca. Un día llegó para exigirle plata al viejo. El viejo se negó frente a mí. ‘Ya te dí’, le decía, pero la Carolina se puso fúrica; le tiró la cerveza encima al pobre viejo. Lo hubieran visto. El gran maestro de poesía bañado en cerveza por la loca yucateca. Alí solo se sonreía divertido. ‘Así es ella, la conozco hace tanto. Ya vendrá a disculparse. Pero no puedo darle dinero ahorita; así como anda sería mejor ponerle una pistola en la cabeza y dispararle. Sólo quiere conseguir más’. Y el viejo se limpió el saco y la camisa”.

“Carolina volvió del baño y pidió otra cerveza. Cogió la mano derecha de Alí, y así, tomados de la mano, comieron juntos el desayuno. Yo no decía nada. Solo me la pasaba viéndolos. Ya tuve yo mi propio momento para ver una de las escenas de Carolina, la gran narradora. No se qué broncas tenía con su tipo, el caso es que me habló temprano. Cuando llegué a verla, estaban los dos bañados en sangre. El pendejo tenía un corte en la nuca y Carolina cortados los dedos de la mano derecha. Le había puesto un botellazo al tipo, pero ahí estaban los dos esperándome”.

Esas fueron algunas de las historias que nos había contado Mario, en aquella cantina de mala muerte del centro del puerto de Veracruz. Yo ahora tenía a Carolina de frente, en vivo. La historia de Carolina que el tutor suplente del Fonca me contara debió ser suficiente para no hacerle más caso a esta mujer, o mejor dicho, para no picarle en el lomo a esta gárgola, y en cambio heme acá chupando con ella.

Nos bebimos dos cartones de caguamas y un litro de ron con agua mineral. Fumamos bastante mota. Mi novia estaba hasta la madre de cansada, harta de todos nosotros, pero siempre fue muy centrada con respecto a la fiesta. Jamás saca a nadie de su casa, aunque ella no beba hasta quedar hasta las chanclas, siempre permanece consciente. No fue mi caso.

Yo ya me había puesto hasta la madre. Las historias de Carolina daban vueltas en mi cabeza. Ella había vuelto a Mérida porque había huido, luego de que ayudó a su novio a violar a una chica de universidad. El tipo era un patansote que ella mantenía con el dinero que ganaba en la literatura. Decía que era músico. Pero sólo creía servir para sacarles provecho a las mujeres, y Carolina se enteró de una de las chamacas que se enredó con él. Los vio juntos, bebiendo en una cantina, y se les sentó a la mesa. Los otros no supieron qué hacer.

Carolina estaba dispuesta a hacerles un escándalo brutal si aquella chica decidía levantarse para irse. ‘Quiero ver cómo te coge mi marido’, nos contó que le dijo a la chamaca. Y se fueron los tres al departamento. Carolina siempre ha podido con el alcohol, las drogas duras, las pastas, la coca, piedra, el cristal, los ácidos y los aceites, con todo lo que le provoque y para lo que le alcance. Se la llevaron al departamento, y cuando la chica ya parecía una muñeca de trapo por el alcohol y la droga, entre los dos la violaron. La dejaron ensangrentada y desmayada en una calle cercana a su casa. ‘Que la recoja el gobierno, o el departamento de limpia, pinche vieja’. Por supuesto que ellos resultaron los principales sospechosos; la chica no murió, pero se había librado una orden de aprensión.

Carolina reía con esa su risa bruja, de dientes podridos por la droga. Mi novia me vio ya incapaz de estar en pie, y me acompañó a la cama. Le pedí que me la chupara un poco para relajarme, y ella presta se puso de rodillas, pero yo estaba demasiado ebrio y me quedé dormido. Seguía oyendo las risas de la conversación. Patricia ya no estaba; a esa hora solo quedábamos Nelson, Ivi, mi novia, Carolina, y yo tirado en la cama. Se había acabado todo lo que se bebía. Carolina insistió en dar su tanda, y salieron a comprar clandestino. Los escuché cuando volvieron. Venía alebrestados, hechos un escándalo. Carolina se había robado un macetero del jardín de una casa, e hizo que Nelson cargara con una virgen de guadalupe hecha de yeso; también habían pateado cuanta reja pudieron tan solo para molestar. Carolina se acercó a la cama donde yo estaba durmiendo:

‘Vas a ver cabrón. Te voy a coger por el culo para que no seas pendejo. Tienes a esta chamaca como tonta soportando borrachos, y tú, todo dormidote en la cama. Ningún marica me invita a chupar y se queda dormido. Al que se duerme, hay que cogérselo, esa es la regla’. Y se metió entre mis piernas. Yo estaba durmiendo boca abajo, así que me tomó por las caderas y me jaló hacia ella. Se balanceaba golpeándome con la pelvis, las nalgas y los huevos. ‘Ya déjame, coño’, pero ella estuvo jode que jode hasta que me levanté.

‘Venga cabrón, venga a tomarse unos tragos con nosotros, que aún no amanece, y a usted ya se le quitó lo borracho.’ Me acercó un vaso de plástico que contenía un líquido negro en su interior. Ron con coca cola, pensé; está bien, lo dulce me refrescará el hocico. Mi novia decía a modo de súplica, medio en serio medio en broma: No, no sean así; no te lo tomes, déjalo.

‘Tú no te metas. Él tiene que ser un hombre cumplidor, ándale, a chupar, ¡salud!’, gritó Carolina, y sin contestar me empiné el vaso y de dos tragos me lo bebí completo. ¡Puta madre!, casi me vomito de lo fuerte que estuvo el trago. ¡¿Qué mierda me diste, pinche pendeja?! Pero Carolina y los otros, incluida mi novia, ya estaban cagándose de la risa. ‘Te dije que me tocaba invitarte. Tenía que dar mi tanda, y lo único que encontramos abierto era una farmacia.’



Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista del Colectivo Letras en Rebeldía, editores de Diario Arte y Cultura en Rebeldía y de Resistencia en el Sur



Licencia Creative Commons
Este texto está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 .



 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s