‘Museo’: una película sobre robos, antigüedades y el misticismo mexicano

(A. O. Scott | The New York Times).- En la víspera de la Navidad de 1985, unos ladrones irrumpieron en el Museo Nacional de Antropología en Ciudad de México y robaron casi 150 artefactos mayas, incluida una máscara mortuoria de jade. Ese robo es recreado en Museo, la nueva película de Alonso Ruizpalacios, pero no se desarrolla como otras películas de atracos basadas en historias reales. Usa un ritmo lento y majestuoso, con música exuberante y composiciones elegantes en las escenas, por lo que se siente menos como una película de suspenso y más como una meditación poética e intermitentemente cómica sobre la belleza, la historia y el descontento de la clase media.

El crimen no es obra de una pandilla de genios criminales, sino de un par de jóvenes mediocres de veintitantos años que vivían en los suburbios  —Wilson (Leonardo Ortizgris), el narrador y compinche, y Juan (Gael García Bernal), el autor intelectual—. Ellos viven en Ciudad Satélite, un moderno desarrollo urbano dominado por grandes torres de colores brillantes. Juan se molesta por la autoridad y la desaprobación de su padre (Alfredo Castro), un médico, y las peleas con sus hermanos. Él es odioso y desconsiderado, el tipo de chico que arruina la Navidad al decirles a sus pequeños sobrinos y sobrinas dónde están escondidos los regalos.

Wilson, un sujeto nervioso y sensible cuyo bigote de alguna manera tiene el efecto de socavar el machismo que debería proyectar, es un seguidor clásico. Él brincaría de un puente si Juan se lo pidiera, pero tendría muchas dudas y vacilaría antes de dar el salto. Lo que es destacado, por lo menos al principio, es cuán sencillo resulta ejecutar el robo. Ante la ausencia de detectores de movimiento o cámaras de seguridad efectivas, todo lo que se necesita es un poco de sigilo y coordinación para que un invaluable acervo del patrimonio cultural desaparezca durante la noche.

El problema es qué hacer con el botín. Cuando el robo se convierte en noticia, genera indignación pública y también la furia del padre de Juan. Los chicos se dirigen al sur de México, en donde contactan a un guía de turistas (Bernardo Velasco) de una zona arqueológica maya, quien organiza una reunión con un coleccionista británico (Simon Russell Beale). Esa parte de Museo es un viaje lleno de acción y de farsa, pero también profundiza el leve subtexto patriótico de la película. La historia de un par de criminales torpes se convierte en un pretexto para honrar la belleza y complejidad del paisaje y la historia de México.

La ópera prima de Ruizpalacios, Güeros, que se desarrolla durante las protestas estudiantiles de finales de la década de los noventa y filmada en un austero blanco y negro, también trataba sobre jóvenes que protestan contra la banalidad de sus vidas y buscan unirse a algo noble y grandioso. Esos gestos de rebelión pueden ser fútiles, incluso ridículos, y tanto Museo como Güeros evidencian las tonterías y autoengaños de sus personajes.

No obstante, tan cómicamente despistados como pueden ser Wilson y Juan, no son ridiculizados de una manera sencilla y cínica. La atracción de Juan hacia las antigüedades no solo es motivada por el aburrimiento o la codicia, sino también por la fascinación que siente por sus poderes místicos. En especial con la máscara de jade, un objeto que en la película se considera como casi mágico.

A pesar de ser una historia serpenteante y con algunos pasajes confusos, hay un toque de magia en Museo, una sensación de asombro y curiosidad que aporta emoción palpable. Parte de ello es la intimidad que se desprende de una voz cinematográfica fuerte y original que evoluciona hacia el descubrimiento de todo su potencial: quedas con la sensación de que estás en presencia de alguien que podría convertirse en el próximo gran cineasta mexicano.

ENLACE: https://nyti.ms/2AldPTc

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