Las víctimas olvidadas de Irak: los niños que quedaron huérfanos | Margaret Coker

Distribución de ayuda en Orphan’s Joy, un grupo de caridad en Mosul que ofrece comida y provisiones a más de cuatro mil niños | Foto: Andrea DiCenzo para The New York Times

MOSUL, IRAK (The New York Times).-Cuando tenía 8 años, dice Muhammad, vio cómo los combatientes del Estado Islámico (EI) sacaron a rastras a su padre de su casa en Mosul y lo mataron en la calle de un balazo.

“Lloré y grité para que lo dejaran en paz, para que se fueran de mi casa”, dijo Muhammad, ahora de 10 años. “Pero no me escucharon”.

Después de que los milicianos se llevaron a su madre, Muhammad, sus dos hermanos más pequeños y su hermana terminaron en un campamento para desplazados y, finalmente, esta primavera, en el orfanato de la ciudad.

Decenas de miles de niños iraquíes perdieron a sus padres bajo la brutalidad del Estado Islámico y las prolongadas batallas para arrebatar territorio iraquí de su dominio.

Sin embargo, a diferencia de los soldados del gobierno que pelearon estas batallas, a quienes se honra con homenajes en casi todos los pueblos, estos niños están en riesgo de ser víctimas olvidadas de la guerra. El Estado iraquí tiene pocos recursos para estas víctimas, y las devastadas comunidades del país todavía están lidiando con dificultades para reconstruir servicios básicos como atención médica o electricidad, por lo que están demasiado abrumadas como para hacerse cargo de las necesidades de los huérfanos.

“Todos hemos visto mucho sufrimiento en estos últimos años, cada uno de nosotros tiene sus propias historias de pérdida”, dijo Amal Abdullah, subdirector del orfanato de Mosul. “Pero estos niños son quienes más han sufrido. Ahora es nuestro deber tratar de darles de nuevo algo de alegría y consuelo”.

Ninguna agencia gubernamental iraquí ni grupo humanitario internacional tiene estadísticas exhaustivas de la cantidad de niños que quedaron huérfanos desde mediados de 2014, cuando el EI se apoderó de un tercio del país, y hasta diciembre de 2017, cuando el gobierno iraquí recuperó sus pueblos principales y ciudades de manos de los extremistas.

Sin embargo, la jefa del comité de mujeres del concejo provincial de Mosul, Sukaina Ali Younis, juntó los registros de aproximadamente trece mil huérfanos en la ciudad. Durante la batalla para liberar Mosul del Estado Islámico a mediados del año pasado, se convirtió en una especie de agencia central (conformada solo por ella) de niños perdidos o abandonados, y se llevó consigo a decenas que los soldados habían encontrado.

Los trabajadores sociales dicen que hay miles más en otros pueblos y provincias liberados del dominio del EI.

Dicen que veinte mil sería un cálculo conservador del total. Esta cantidad incluye a niños que han perdido solo a uno de sus padres, pues los iraquíes también los clasifican como huérfanos porque en esta cultura un progenitor solo no puede ser simultáneamente el proveedor y el cuidador.

Desde entonces la mayoría de estos niños han sido reubicados con su familia extendida.

Decenas de esas familias entrevistadas en Mosul dicen que esta responsabilidad las abruma debido a que carecen de los servicios de trabajadores sociales, dinero para atención médica y apoyo para sus propios traumas como supervivientes de una guerra. Buscan ayuda —con frecuencia en vano— de agencias gubernamentales con fondos insuficientes, así como de instituciones locales de caridad.

Quienes no tienen familia se quedan en el orfanato de Mosul, un albergue del gobierno que el Estado Islámico usó como un austero cuartel para soldados adolescentes cuando dominaba Mosul.

A principios de este año, el director del orfanato, Ghazwan Muhammad, y su equipo de siete trabajadores sociales, enfermeros y cocineros reabrieron la casa para dar un lugar donde vivir a cincuenta niños. Pasaron meses sin recibir un solo pago mientras transformaban los edificios, pintaban el cunero con colores vivos, solicitaban  donaciones de juguetes y cobijas a negocios y llevaban nuevos juegos para el patio. Comenzaron a recibir financiamiento gubernamental en junio.

Los huérfanos de este lugar incluyen niños de víctimas del Estado Islámico, como Muhammad, pero también a hijos de miembros del EI, también conocido por su acrónimo en árabe, Dáesh. Además, hay diecisiete recién nacidos abandonados por sus madres por el estigma que conlleva criar al hijo de un combatiente, suponen los miembros del personal.

Cuando un niño de cabello castaño de 10 años cuyo padre había sido un combatiente del Estado Islámico llegó al orfanato, había sufrido los mismos traumas que los otros niños. Su sueño estaba plagado de pesadillas y sus días estaban llenos de tristeza por la pérdida de sus padres. El personal trató de mantener en secreto la identidad de su padre para evitar conflictos. Sin embargo, la noticia se filtró y, en un instante, la vida estable y serena que habían tratado de crear para los niños se derrumbó.

Muhammad fue el primero en explotar: se le fue encima a golpes al otro niño y los miembros del personal tuvieron que separarlos.

“Siempre que lo veía, pensaba: ‘De verdad lo odio muchísimo’”, dijo Muhammad en una entrevista en la que su trabajadora social estuvo presente. “Odio a Dáesh y lo que le hicieron a mi padre, y cada vez que lo veía lo odiaba a él tanto como a Dáesh”.

The New York Times no está usando el nombre completo de los niños entrevistados para este artículo para proteger su privacidad.

Los trabajadores sociales le aconsejaron a Muhammad canalizar su enojo y dolor en el ejercicio físico para desahogarse. Al otro niño le dijeron que se encargarían de que estuviera seguro y vigilado para garantizar que no lo excluyeran de los juegos o durante el recreo.

En unas cuantas semanas, los dos niños ya jugaban en el mismo equipo en los partidos de fútbol y caminaban juntos a la escuela, dijeron los trabajadores sociales.

En cuanto a los huérfanos que llevaron con sus familias extendidas, no ha sido fácil encontrar tal apoyo psicológico. También carecen de muchos servicios básicos, incluyendo educación y atención médica.

Muchas de sus familias viven al borde de la pobreza, pues perdieron la mayor parte de sus posesiones en la guerra.

Nour, una niña de 10 años cuya diversión favorita era jugar a ser princesa, dejó esos juegos en julio del año pasado, cuando perdió a diecinueve familiares mientras trataban de escapar de la sitiada Vieja Ciudad de Mosul, donde el Estado Islámico tenía su último bastión.

Sus padres, familiares y vecinos decidieron dejar los refugios antibombas improvisados en los que habían estado escondiéndose durante varios días y correr hacia la seguridad de las líneas militares iraquíes. Lograron esquivar las balas y salir a tropezones de montículos de escombros, pero una terrorista suicida del EI corrió hacia ellos y detonó su bomba.

Su tía abuela, Sukaina Muhammad, quien perdió a su esposo en esa explosión, apenas se las arregla con raciones de comida que le entrega una organización caritativa local. Gastó los escasos ahorros de su familia en dos cirugías para ayudar a Nour a recuperar el movimiento de sus brazos, pero no puede costear la operación reconstructiva que necesita.

A principios de este año, la inscribieron en la escuela, con la esperanza de que la rutina diaria la ayudara a salir de su retraimiento y tristeza. Durante su primera semana de clases, sus compañeros y maestros se burlaron de la apariencia de garras de sus manos quemadas.

“¿Pueden imaginar tanta crueldad?”, preguntó su tía abuela.

Nour dejó de ir a la escuela. Ahora se pasa el día ayudando a su tía abuela con quehaceres de la casa. Su juguete favorito es un Mickey Mouse de peluche.

Lo prefiere a las bonitas muñecas de sus primas.

“Así es difícil jugar a ser princesa”, dice. “No soy bonita como ellas”.

ENLACE: https://nyti.ms/2CQ05mu



Categorías:REPORTAJES Y ESPECIALES

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