“El lugar donde mueren los icebergs”: cuando la realidad nos alcance | Edwin Sarabia

Existe en la Península de Yucatán una palabra utilizada para el vouyerismo persistente que sus habitantes  practican de forma periódica en muchos de los ámbitos de su vida cotidiana. Acechar, que es sinónimo de chismear para saber sobre la vida de los demás sin su consentimiento.

En Mérida se acecha a los otros. Es común por ejemplo que los vecinos sepan muchos ámbitos de nuestras vidas sin que nosotros lo hayamos compartido, saber quién entra y sale de nuestras casas, nuestros hábitos, con quién carajos dormimos o incluso los problemas familiares que ocurren en lo que se supone parte de nuestra intimidad. Algunos cuando niños aprendimos que los adultos murmullaban entre dientes cierta información que resultaba incómoda, cosas que eran perturbadoras, de las que según no se debía hablar, pero se hablaba. Existía un tipo de parafernalia ritual para hacerlo: un lenguaje corporal contenido, mínimo, sin mucho ademán, miradas de los interlocutores en una especie de complicidad chismosa, un tono de murmullo solemne acompañado de una vocación sospechosista.

Acechar tiene un complemento natural: Viruta y Capulina, Tom and Jerry, el Correcaminos y el Coyote, Pituca y Petaca, en este caso le acompaña la acción de especular. Pero especulación hasta el paroxismo, el absurdo, donde el acechador si no sabe compone, complementa y termina construyendo la historia que mejor se adecue a sus necesidades y voluntad. Sherlock Holmes hubiese tenido variada competencia de haber ejercido su actividad detectivesca en la Península yucateca, porque aquí: ponme el nombre y yo pongo la infamia, broma entre ciertos círculos de amigos pero que ejemplifica en concreto y  de forma sintética mucho de este binomio: acechar/especular.

Con esta vocación merodeadora la puesta en escena El lugar donde mueren los iceberg original de Marpi Jiménez, actuada por Wendy Cruz, Elidé Uc y Fernando de Regil, nos invita a compartir la ficción en escena mediante una propuesta de teatro íntimo. La obra transcurre en la sala de una casa donde habitan, mueren a diario, una familia de clase media del sur de México conformada por cuatro integrantes: padre, madre e hija, quienes son los personajes que el público conoce y una niña de seis años; a ella no la conoceremos en físico, sino que es un personaje ausente que es referenciado. Esta familia se enfrenta a una situación estigmatizante, de condena moral: las relaciones incestuosas que detonan a veces al interior del núcleo familiar y que son tratadas como un secreto, un murmullo innombrable, como si callar la barbarie lograra anularla.

En un espacio pequeño, donde las butacas se acomodan a manera de una media luna y los actores juegan la escena en el centro muy cerca de los espectadores, el montaje nos propone acechar el interior de esta casa. La consigna tácita, desde mi entender, para el espectador,  es  complementar el binomio acechar/especular conforme transcurre la obra. La disposición espacial de los actores y la manera en que el público fue acomodado genera que según el lugar donde uno se encuentre situado pueda tener visión personal de un personaje y de los otros una toma periférica. Entonces es irremediable acechar, moverse de la silla, levantar un poco el cuello, intuir la gestualidad del personaje que le queda a uno de espaldas, afinar el oído para escuchar los murmullos y concentrarse durante el tiempo que dura el montaje.

La dramaturgia es sugerente, permite una lectura polisémica de los textos en la voz de los actores, habitada de una poética que detona en los espectadores como latigazos bien colocados que lo hacen a uno moverse de la silla, incómodo. El texto es polisémico y pese a que la anécdota puede ser interpretada de diversas maneras, la temática del abuso no deja dudas. Entonces la dramaturga y los intérpretes logran crear una constelación de sentidos, una especie de rizoma que logra convención temática y es reticular en cuanto a lo anecdótico. Sin embargo, también percibo un exceso de sentencias filosóficas, aforismos, oxímoron, metáforas  y máximas morales que acercaron la obra peligrosamente de pasar de la profundidad al cliché, corriendo el riesgo de dejar en la superficie temas, textos y profundidades irresueltas, grietas. Esto no ocurrió, pero a punto estuvo.”.

El manejo del espacio escénico es preciso, los tránsitos son prolijos, cadenciosos, los personajes caminan con potencia y suavidad. Conocen bien el espacio, manejan adecuadamente la contención en todo el montaje, nunca desbocan el cuerpo; éste siempre está bien colocado. Uno puede recorrer como agente acechador y discurrir por las maneras en que los personajes se mueven por el espacio, también ahí podemos interpretar, la proximidad, el alejamiento entre los actores durante su interacción escénica, una delicadeza semiótica que nos regalaron en sesenta minutos.

Otro punto a destacar es que las micro-acciones están sumamente cuidadas, por ejemplo hay un momento en que se avienta una taza que desplaza sobre la mesa sin caer, un prodigio de la precisión. Los actores saben perfectamente donde moverse, como hacerlo y con qué intencionalidad.  Además mantienen la complicidad corporal y visual durante todo el tiempo, no se desconcentran pese a la cercanía del público, incluso ante las externalidades que se suscitan como parte del contexto: el calor, ruido o una mampara que cae en pleno momento de tensión.

Finalmente, quiero referirme al trabajo actoral que es de buena manufactura en este montaje, aunque en lo especifico existen asimetrías en cuanto al desempeño. Fernando de Regil quien interpreta al papá, maneja una corporalidad impecable y mantiene el personaje de manera general de buena manera. Sin embargo, si nos vamos al detalle hay un par de micro-acciones donde el personaje le patina: cuando se mira en el espejo, que además lo hace con mucha rapidez, sentí que el actor se sentía incómodo con ello, también al final de la puesta cuando recoge de la mesa un zapatito tejido. Asimismo, logra conectar con el tono cuando el montaje ya está avanzado. Su primera intervención, con la que se abre la obra, tiene un pequeño olor a melodrama televisivo, es incluso en este momento donde su corporalidad está habitada por esta sensación, su gestualidad igual es barroca que luego va soltando conforme pasan los minutos. No sé hasta qué punto esto es responsabilidad del actor en cuestión o de la dirección escénica. Considero debe ser resuelto, sobre todo porque ese inicio tambaleante es una prolepsis con la que igualmente se cierra la obra y es evidente la discordancia entre un tono y otro.

Wendy Cruz que representa a la madre lo hace con una parsimonia, potencia y contención Lorquiana. Su personaje existe desde que uno entra a la sala. Hay un trabajo de reflexividad interna poderoso que permite que habite en escena un fantasma doloroso, aguantador, en un dialogo entre sus demonios, como si anhelara la muerte como una liberación. Un personaje entrañable que cierra con un gesto de llanto contenido, que de no ser por la presión y mi cobardía social, me hubiese parado para abrazarla y llorar junto a ella.  Se me debe perdonar este exabrupto, pues luego de la noticia del asesinato de una niña de seis años la semana pasada en Tadzhiu, Yucatán, que además fue violada y aventada al fondo de un pozo, me he puesto más cursi y sensible de lo normal. Si bien el personaje de Wendy Cruz me “arrancó la cabeza” debo ser congruente y afirmar que me declaro incompetente para hacer un análisis técnico de su trabajo. Me deje llevar y vivir vicariamente la experiencia.

Elidé Uc que interpreta a la hija es quien lleva mayor carga de dificultad escénica en el montaje, puesto que es quien más matices debe manejar. Su trabajo es digno de elogiar, tiene una contención potente, una gestualidad cómplice y una limpieza vocal impresionante. Sin embargo me parece que no logra las transiciones ni los matices que el personaje requiere. Por momentos la sentí impaciente al acomodar ciertas frases del texto. Diría que su personaje se maneja en un maniqueísmo, donde los matices se quedan contenidos. Podría incluso pensar que fue parcialmente absorbida por quien interpretó a la madre. No me conmueve. Hay una escena cuando se maquilla, que es la que a mi parecer mayor cariz de matiz maneja, fuera de ese momento, o muy contenida o excesivamente solemne.

No puedo dejar de mencionar la desesperanza que me causa que la ficción en la dramaturgia y puesta en escena de Golondrina Teatro nos alcance a lo largo del país. Donde toda la república es un cementerio y altamente feminicida, cuando las autoridades son omisas ante la situación que a las mujeres las están matando por ser mujeres, cuando discursos idiotas de machos recalcitrantes, incluso en el arte y el teatro, se oponen a las cuotas de género, o afirman de manera imbécil “que a los hombres también los matan” y demás estupideces. Basta, estoy harto, asqueado de esto que ocurre en mi país, donde hasta los sueños más mínimos nos han arrancado o los han aventado a un pozo. En un contexto donde el horror se banaliza, la crueldad se trivializa y entonces pensamos que no merecemos un mundo mejor.

Es importante destacar que esta obra fue la ganadora de la Muestra Estatal de Teatro en Yucatán 2018 y será quien represente a dicho estado en la Muestra Regional de la zona sur en Xalapa, Veracruz a finales de septiembre, de entre quienes se definirá el representante a la Muestra Nacional de Teatro que se llevará a cabo del 1 al 10 de noviembre en la CDMX. Mucha mierda a todo el equipo, y que siga vibrando el corazón del teatro.

FOTOS: DEPARTAMENTO DE DIVULGACIÓN DE LA SEDECULTA

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