Matrimonio igualitario en Cuba, una deuda aplazada | Abel González Melo*

En los últimos días, el Parlamento cubano ha estado debatiendo nuevos ajustes a la Constitución. La prensa internacional y las organizaciones en favor de los derechos LGTB+ se han hecho eco de la modificación que atañe al reconocimiento del matrimonio igualitario. En efecto, el matrimonio ya no se refiere a la unión “entre un hombre y una mujer”, sino “entre dos personas” y, al no definir el género de los contrayentes, la nueva redacción abre el concepto de matrimonio a la unión entre dos hombres o entre dos mujeres.

Sin embargo, desde el mismo debate se aclaró que la nueva Constitución únicamente está abriendo una puerta para posteriores legislaciones que implementen jurídicamente la posibilidad de ese tipo de unión. También fue notoria la preocupación, dentro de las sesiones y por parte de algunos diputados, acerca de aspectos derivados de la legalización del matrimonio igualitario como base para la formación de una familia, ya sea mediante la adopción de niños o a través de la reproducción asistida.

El hecho visible de que los mismos diputados que aprobaron el documento impugnen de antemano los derechos de esos cónyuges a formar una familia y criar a sus propios hijos es índice de los prejuicios subyacentes: los mismos que han alimentado la homofobia y la discriminación por razón de preferencia sexual, los mismos que llevaron a la persecución y segregación de los homosexuales y a su internamiento en campos de trabajo, en las tristemente célebres unidades militares de apoyo a la producción, conocidas por sus siglas, UMAP.

Para que sea posible el matrimonio igualitario en Cuba, la Carta Magna deberá ser sometida a referéndum antes de su aprobación definitiva, y más tarde habrá de configurarse todo el cuerpo legal complementario que garantice esa posibilidad real. Pero en medio del júbilo es necesario tener en cuenta la resistencia de esos prejuicios, que se han visibilizado ya desde las recientes sesiones del Parlamento, porque tal resistencia retrasaría o limitaría de modo significativo la condición efectivamente igualitaria de estas uniones.

Aunque Mariela Castro ha afirmado que otorgar derechos a personas que no los tienen no implica quitárselos a quienes sí los tienen, el conjunto de esos prejuicios, históricamente heredados e institucionalmente alimentados hasta fecha muy reciente, puede despertar resentimientos en aquellos que se sentían “protegidos” por la no legalidad de las uniones entre personas de un mismo sexo. El matrimonio posee, desde luego, implicaciones con relación a la propiedad de bienes muebles e inmuebles, a los derechos de sucesión y todo lo relativo a la herencia, y esas mismas implicaciones deberían incidir en el matrimonio igualitario. Hasta hoy, en Cuba, la unión entre dos personas del mismo sexo no conlleva ningún derecho, de modo que, al fallecimiento de uno de los miembros de la pareja, salvo existencia de un testamento legalizado ante notario, todos los bienes del occiso pasan a manos de los herederos legales, a veces familiares lejanos, frecuentemente enemistados con el difunto –precisamente por su orientación sexual– y más aún con el sobreviviente, considerado como un intruso que debería desaparecer del seno de la familia. Y este sería solo uno de los posibles problemas vinculados con este tema tan conflictivo.

Otras preguntas quedan pendientes de respuesta: ¿Cómo y cuándo llegarán a reconocerse los numerosos casos de quienes se han casado con personas de su mismo sexo, fuera de Cuba, en países donde estas uniones son legales desde hace muchos años, ya se trate de matrimonio entre dos cubanos, ya entre un cubano y un extranjero? ¿Cuáles serían las consecuencias de esas uniones desde el punto de vista migratorio, de derecho laboral, de código de familia? ¿Hasta dónde alcanza el carácter igualitario de tales uniones? ¿Hasta el derecho de formar una familia? ¿De tener y criar a sus propios hijos?

*Abel González Melo (Cuba, 1980), es considerado por la crítica como el más reconocido dramaturgo y director teatral cubano de la actualidad. Es Doctor en Teatro y Artes Escénicas por la Universidad Complutense de Madrid (2017). Ha completado su formación en el Royal Court Theatre de Londres, el Maxim Gorki Theater de Berlín y el Odin Teatret de Holstebro. Sus obras teatrales, traducidas a diversas lenguas, han sido publicadas y estrenadas en España, Italia, Francia, Estados Unidos, Argentina, México, Turquía y Cuba. En 2012 recibió en Madrid el Premio Cultura Viva por el conjunto de su producción literaria. Desde 2010 es director del Aula de Teatro de la Universidad Carlos III de Madrid. Reside a caballo entre La Habana y Madrid.

FUENTE: DEUTSCHE WELLE



Categorías:MUNDO LGBTI, OPINIÓN, SOCIEDAD

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