La “pasión” turca y la infamia europea | Luis Gonzalo Segura

Recep Tayyip Erdogan, autodeclarado filonazi, continúa la purga de supuestos simpatizantes del predicador exiliado Fethullah Gülen, al que se le acusa de organizar la asonada militar de 2016. En total, Turquía ha despedido en esta última depuración a 18.632 funcionarios: 9.000 policías, 6.000 militares, 1.000 trabajadores del ministerio de Justicia y unos 650 profesores.

Esta amputación masiva de trabajadores públicos se suma a las anteriores y eleva a unas 130.000 las personas despedidas de sus puestos de trabajo sin ningún tipo de proceso ni garantía judicial. Además, en esta última mutilación de la pluralidad ideológica también fueron clausuradas 12 asociaciones, 3 diarios y 1 canal de televisión.


“Las desigualdades territoriales y salariales, la falta de un proyecto común y la complicidad con los desaguisados norteamericanos a las puertas de Europa amenazan con terminar con Europa tal y como la conocemos”.


Todo ello en mitad de un estado de emergencia que supuestamente se levantará el martes 10 de julio, cuando Erdogan tome posesión de su cargo tras su victoria en las elecciones parlamentarias y presidenciales celebradas el pasado 24 de junio. Triunfo que obtuvo gracias al apoyo del MHP, partido ultranacionalista. Estas elecciones, por tanto, enmarcarán a Turquía en las coordenadas del autoritarismo, pues los poderes ejecutivos del presidente serán de una amplitud inadmisible en un entorno democrático y sus apoyos políticos extremistas.

La infamia europea

En este contexto, con un autoproclamado filonazi como Erdogan arrojando a Turquía, la puerta de Europa a Oriente Próximo y Asia, al autoritarismo y la extrema derecha ganando gobiernos y posiciones en el castillo del Viejo Continente, la mayoría de mandatarios europeos callan.

Puede tener que ver en el silencio, y mucho, el egoísmo de las élites europeas. Porque son estas élites las que están fabricando con sus propias decisiones caricaturas de dictadores, como Matteo Salvini en Italia, Viktor Orbán en Hungría o Andrej Duda en Polonia. Las desigualdades territoriales y salariales, la falta de un proyecto común y la complicidad con los desaguisados norteamericanos a las puertas de Europa (Oriente Próximo, Rusia y Magreb) amenazan con terminar con Europa tal y como la conocemos.

La crisis económica combinada con los movimientos migratorios originados por los conflictos bélicos ocasionados por los norteamericanos (y sus cómplices europeos en la OTAN) y el expolio por parte de las élites occidentales de los estados fallidos surgidos de estos conflictos está generando el cóctel ideal para el surgimiento de la extrema derecha. Pobreza por un lado y desesperación por otro.

Para empezar, en el caso que nos ocupa, Turquía, Europa es presa de las innecesarias tensiones a las que ha sometido a sus relaciones con Rusia, el conflicto sirio, el desaparecido pero latente Estado Islámico y el infame acuerdo con los turcos para que estos se deshagan de los refugiados. Todas estas circunstancias son las que están generando la posición de debilidad de Europa o de fuerza de Erdogan, según se mire, y que, no lo olvidemos, es uno de los principales aliados de la OTAN en la región.

Porque son EEUU y la OTAN, en connivencia con las élites europeas, los máximos responsables de esa cifra de desplazados que ya supera los 68 millones de personas y que no para de aumentar. Entre ellos, más de 25 millones de refugiados. Conflictos como los de Irak, Afganistán, Libia, Siria o Yemen junto a las políticas neocoloniales de expoliación de estos y otros estados fallidos han originado escenarios lo suficientemente tétricos como para que las personas que habitan en ellos huyan desesperadamente. Recordemos los más de cuatro millones de muertos en Irak, Afganistán y Pakistan desde 1991 o la infausta creación occidental del Estado Islámico.

Por tanto, en cuanto a lo que a los europeos les concierne, son sus élites las que no solo se muestran incapaces de solucionar la crisis, tanto económica como migratoria, sino que son los causantes y dinamizadores de la misma. El aumento de los millonarios en España a la vez que la crisis aumentaba las tasas de pobreza entre la mayoría de los ciudadanos (casi 13 millones de españoles se encontraban en riesgo de pobreza y exclusión) solo supone un claro ejemplo del egoísmo elitista que determina una evidente concentración de la riqueza. En 2017, el 1% más rico controlaba el 82% de toda la riqueza mundial.


“El tiempo dirá, pero Europa se tambalea, las señales ya son tan alarmantes que puede que sean irreversibles y, lo peor del asunto, es que no existe un proyecto a largo plazo para evitar el colapso”.


Tanto en Europa como EEUU la riqueza cada vez está más concentrada y la tendencia, como si del ‘Monopoly’ se tratase, no solo no parece reversible sino que no parece que vaya a atenuarse a corto y medio plazo. Pero no solo existe una concentración del capital a nivel humano, sino también a nivel estatal. Salvo contadas excepciones, los países más ricos cada vez son más ricos y los más pobres cada vez son más pobres. No solo eso, sino que ni siquiera Europa ha sido capaz de enmendar en las últimas cuatro décadas las marcadas desigualdades regionales existentes en su propio territorio. Ello se debe a que Europa no es un proyecto común global en favor de todos sus ciudadanos, sino un proyecto económico en favor de las élites, sometidas o vendidas a EEUU, las cuales reclaman libre circulación de mercancías y capital. Negocio, negocio y negocio.

Son curiosamente estas mismas élites las que se oponen reiteradamente a consolidar una unión democrática, una unión militar, una unión fiscal, una unión judicial, una unión educativa, una unión social o una unión cultural. Y es ese el gran drama de los europeos y de sus propias élites, las cuales por carecer de generosidad pueden terminar perdiendo todo o casi todo. El tiempo dirá, pero Europa se tambalea, las señales ya son tan alarmantes que puede que sean irreversibles y, lo peor del asunto, es que no existe un proyecto a largo plazo para evitar el colapso.

Así pues, es el egoísmo de las élites europeas a diferentes niveles lo que alimenta la debilidad del Viejo Continente, y lo que, en última instancia, se encuentra en el triunfo y la consolidación de caricaturas de dictadores en las entrañas y en las puertas de Europa.

FUENTE: RT NOTICIAS

ENLACE: https://bit.ly/2NcZ4Fv



Categorías:Luis Gonzalo Segura, OPINIÓN

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