Anaya, la soledad del fracaso | Denise Dresser

“Soy lo que soy; un hombre solitario”, canta Johnny Cash. Y así podría describirse ahora a Ricardo Anaya. Un hombre solo. Un político melancólico. Un candidato que no ha logrado encender los ánimos, conectar con los indignados, convencer de manera entusiasta a panistas, a perredistas, a los miembros de un Frente que no entienden con claridad para qué se formó. Anaya varado. Anaya frustrado. Se nota en su semblante, con la sonrisa congelada en algo más parecido a un rictus que a una expresión de auténtica emoción. Se nota en los mítines a veces semivacíos, con frecuencia desangelados. Se percibe en las porras poco enérgicas, en la capacidad de convocatoria pingüe. Se constata en la intención de voto atorada en 25%.

Anaya ya no será el motor del cambio; en esta elección fue una especie de robot programado para contender pero sin las características necesarias para ganar. Tiene atributos, sin duda. Cosmopolita, trilingüe, lector, curioso, un ciudadano del mundo. Alguien que se informa, investiga, escucha. Alguien que se prepara, practica, entiende la política pública y le interesan sus implicaciones. Por eso estuvo del lado correcto de la historia en esta contienda, en una diversidad de temas, y arrancó aplausos en la Universidad Iberoamericana. El Ingreso Básico Universal. La creación de una Comisión de la Verdad con asistencia internacional. El apoyo a una Fiscalía General que sirva, independiente del poder presidencial. El apoyo a nuevas tecnologías y energías renovables. Anaya tiene un pie plantado en el futuro y por eso sus eventos parecen más Ted Talks que mítines de campaña.

Pero da la impresión de ser un armazón frío, un corazón apagado, cargando con un manual de instrucciones para llegar la Presidencia. El hombre máquina. Anaya aprieta un botón y se enciende a sí mismo. Se levanta, anda, camina. Da discursos y encabeza eventos. Se ha programado para permanecer optimista, para dar respuestas enlatadas a preguntas difíciles. El candidato prometedor de ayer es el candidato prefabricado de hoy. Nunca fue vital, siempre fue mimético. Como ha señalado Jesús Silva Herzog-Márquez, sería un gran promotor de I-Phones. Pero como candidato nunca entendió el contexto ni el país al que aspiraba a gobernar. Analizó a México, pero nunca pareció sufrir por y con él.

Un país indignado, hastiado, antisistémico. Urgido de un cambio aunque sea incierto. Y Anaya nunca ha logrado izar de manera legítima y creíble la bandera de la oposición. Porque apoyó las reformas de Peña Nieto aunque después se deslindara de su mala instrumentación. Porque estuvo vinculado a la práctica de moches a cambio de apoyo político. Porque durante años fue aliado e interlocutor de un priismo al cual ahora denuesta, pero tardíamente. Cargó a cuestas 12 años de panismo ineficaz, de panismo priizado, de panismo cómplice del caos en el cual nos encontramos actualmente. Sus posturas antisistémicas sonaban huecas. Parecían ensayadas pero no internalizadas. En el fondo Anaya no es un peleador; es un pragmático. No es un transformador; es un negociador. Y México no quería la disertación cerebral, sino la crítica visceral. No quería la explicación con datos y cifras, sino la arenga con emoción y enojo.

FUENTE: PROCESO

ENLACE: https://bit.ly/2HG3RvW



Categorías:DENISE DRESSER, OPINIÓN, POLÍTICA

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