Amado mío o El amor no tiene límites | Ariel Avilés Marín

El teatro es un vehículo capaz de transmitir las más profundas ideas y los más arrebatados sentimientos. El amor, como consigna el programa de mano de la obra de la que vamos a dar cuenta, es siempre cambiante, y como tal, de una riqueza sin límite de colores, sabores o concepciones. El amor, simplemente, es el amor, y como tal, no reconoce límite alguno; a pesar de que la sociedad, con sus convencionalismos, intente encerrarlo en líneas o círculos que aquel rebaza sin dificultad alguna y surge brillante a los ojos del mundo que le rodea y le rinde pleitesía.

Como muchas de las excelentes presentaciones teatrales independientes, sorteando mil y una dificultades y carencias, en el Centro Cultural Tapanco, un par de excelentes actores se han lanzado a un proyecto artístico de profunda entraña y, contra viento y marea, lo están llevando a cabo para beneplácito y disfrute estético de los amantes del teatro. Amado mío es un diálogo poético, una coreografía en estampas estéticas, un juego de símbolos y metáforas, que nos dan como resultado una puesta en escena de profunda belleza.

Roberto Franco y Hristo Méndez son los actores y danzantes que llenan la escena con sus magníficas interpretaciones, tanto de textos como de coreografías. La obra de teatro está basada en la novela del mismo nombre de Pier Paolo Pasolini, publicada en 1982. Roberto Franco hace la adaptación del texto para el drama y selecciona textos de la misma novela, pero los enriquece con otros de Sor Juana Inés de la Cruz y Julio Cortázar.

El tema musical de la obra es la versión de Amado mío, de Mina (Mina Mazzini), quien a su vez la toma de Rita Hayworth en su inmortal película Gilda. De primera importancia en la puesta es el tango de Luz Casal, que sirve de marco para la coreografía estelar de la puesta; sensual, erótico, el tango es una metáfora de profundo significado en el mensaje central de la obra El amor no tiene límites.

La trama del drama se centra en la relación entre un joven y un hombre mayor, tema repetido en múltiples y excelentes obras: Muerte en Venecia, El hombre del clavel verde; De profundis o Grítale a la verdad que todo es mentira, esta última obra de nuestro teatro local. La relación, como toda relación sentimental, tiene encuentros y desencuentros, momentos de pasión y otros de enfrentamiento violento; tal cual es el amor.

Para dar inicio a la obra, los actores nos ponen al tanto del proceso llevado en la construcción de la pieza, y en seguida viene la primera danza, que es verdaderamente una ceremonia en estampa. Roberto usa, para ilustrar la obra, vivencias de su propia vida, de su adolescencia plagada de agresiones y burlas por su condición gay.

Especialmente conmovedor es el relato de una amarga experiencia: Roberto conoce en su secundaria a un compañero nuevo en la escuela que le resulta especialmente atractivo; muy pronto, se da entre ellos un acercamiento por diversos motivos, hacer tareas juntos, que Roberto, que es bueno en matemáticas, le explique algo que no había entendido el otro, y así, la relación va transcurriendo felizmente. Un día, en un momento de intimidad, el compañero toma la iniciativa e inicia un juego con otro sentido, pero de pronto, se arrepiente y sale gritando y acusando a Roberto de pretender con él cosas que no quiere. Roberto sufre un dolor profundo, más por el desengaño y la deshonestidad, que por cualquier otra cosa. La primera figura de un amado cae al suelo hecha pedazos.

Sigue una escena plástica con música de fondo. Esta es un verdadero diálogo contrapuntístico, pues los actores, en movimiento, van diciendo sus parlamentos, que guardan relación, pero lo hacen al unísono, haciendo un efecto armónico maravilloso. El movimiento cesa de pronto, y con ello se restablece la armonía natural del diálogo, que corre ahora como agua cristalina.

Hristo sale a escena con un saco de manta y de él saca un muñeco guiñol. Su figura es grotesca, y resulta ser un verdadero filósofo del amor. El muñeco inicia un monólogo que se basa en versos de Sor Juana. Para comenzar, el guiñol nos informa: “Soy una especie de alebrije, defensor de los derechos humanos. Hablemos de mí, del amor y de mi amado. Me gusta cabalgar por los amores. Lo peor que me ha pasado es que me enamoré”, declara con vehemencia.

Ahora, los actores nos van declamando un soneto de Sor Juana, pero este lo han dividido en dísticos. Recitan el primer par de versos e inician una disertación sobre su contenido. Así, se va avanzando por el soneto, hasta completar siete disertaciones, como pares de versos tiene el soneto.

En seguida, viene el número central de la obra: el tango de Luz Casal. Danza profundamente erótica y sensual. Los actores y danzantes logran transmitir al público profundas emociones; en más de un rostro de los asistentes vimos resbalar una lágrima en esta escena. Viene una escena silenciosa, en la que Roberto trae una pequeña caja; vacía su contenido y por el suelo se riegan muchas llaves, grande, chicas, medianas, de tubo, de múltiples combinaciones. Roberto las recoge y guarda en la caja, las vuelve a regar, las junta, las extiende, en fin, hace toda clase de juego con ellas. El mensaje: cada llave es el acceso a algún lugar.

Roberto inicia ahora un relato: ¿Qué significa un encuentro con un examante? Roberto va destacando situaciones incómodas unas, decepcionantes las más. “El eterno e incómodo silencio. El recuerdo de hacer con él el amor… con amor. El antiguo deseo. Pero viene el recuerdo que destruye la pasión. ¡Me sentí avergonzado de mi desnudez! Y lo más terrible: Ver mi reflejo en el espejo y preguntarme ¿qué haces aquí? ¡Qué asco, wuey!”.
La última escena es una nueva danza, ahora con la canción Amado mío. Nuevas y exquisitas evoluciones eróticas y sensuales. La luz va palideciendo y bajando poco a poco, hasta quedar en oscuro total. Se escucha en oscuro la voz de Mina.

Después de la representación, los actores salen e invitan al público a opinar y comentar la puesta. Se entabla un rico diálogo entre el respetable y los actores, que aclara algunos puntos o escenas de la obra. También hay quien comenta con gran gusto las escenas que le hicieron conmoverse. En fin, que el diálogo resulta muy enriquecedor para actores y público.
Es de esperarse que la temporada de Amado mío reanude muy pronto, pues es una obra que aún falta por ser vista por muchas más personas. Su mensaje debe alcanzar a todo el público meridano.



Categorías:ARIEL AVILÉS MARÍN, ARTE, TEATRO

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