Crispación global | Jorge Lara Rivera

La alta noche del viernes 13 de abril, el oscuro cielo sirio se iluminó de tanto en tanto –hasta 110 veces– por fulgores provenientes de misiles disparados desde el mar y el aire, 6 de los cuales hicieron diana sobre 3 objetivos específicos (centro de pruebas de armamento químico, otro de almacenamiento de armas de tal índole y uno más, una bodega usada como centro de comando) ubicados en la vieja Damasco, capital habitada ininterrumpidamente desde hace más de 2 mil años, y una fábrica de precursores químicos en la ciudad de Homs, la más importante del país. Era el cumplimiento de una represalia simbólica anunciada días atrás, luego del artero ataque a población civil con armas químicas, cuya fabricación y, desde luego, uso están totalmente prohibidos no sólo por su letalidad, sino por el grado de sufrimiento innecesario que suponen a sus víctimas, llevada a cabo en ese país del Medio Oriente y atribuida al sanguinario gobierno de Bashar Al Assad, que ya lo ha hecho en otras ocasiones –confirmado por organismos independientes– y siempre lo ha negado. Una situación parecida se vivió en 2013 en Aleppo, por idéntica causa. Y apenas el año pasado Estados Unidos previno al régimen de esa nación árabe de no ceder a la tentación de volver a emplear armas semejantes contra su pueblo.

La presente operación tripartita realizada por tropas estadounidenses, francesas y británicas subsigue al fracaso para conseguir consenso para una resolución mundial de condena contra el gobierno sirio por esa vil acción a consecuencia del veto ruso. La acción tiene como telón de fondo un contexto internacional especialmente delicado a raíz del conflicto diplomático que ha escalado confrontando a la Comunidad Europea, Australia y Estados Unidos con Moscú luego del atentado realizado en Inglaterra contra un ex espía doble y su hija atribuido a Rusia que generó suspensión de cooperación en diversos rubros, sanciones económicas contra funcionarios en específico y la declaración de persona non grata contra un elevado número de diplomáticos, con la consecuente represalia de expulsión en número equivalente, así como fallidos intentos de organizar una comisión de investigación conjunta.

Aunque tras el bombardeo el gobierno de ese país árabe apoyado por Rusia (tras la desaparición de la Unión Soviética) alardea de haber interceptado 13 proyectiles, tal cifra evidencia hasta qué punto las bravatas rusas de estar preparada para interceptar los misiles norteamericanos y sus prevenciones contra las consecuencias de afectar a tropas suyas y sus propias instalaciones militares en ese crucial enclave de Medioriente. Sin ningún ánimo de trivializar el riesgo del momento, por más que los especialistas abonen con su pesimismo la histeria colectiva propiciada en los medios, resulta poco probable que el evasor fiscal confeso que ocupa la Casa Blanca y el dictador ruso egresado de la policía secreta soviética arriesguen su bienestar ni los paraísos dorados por ellos construidos con tanta paciencia como falta de escrúpulos. Ni Vladimir Putin, ni Donald Trump van a suicidarse, cobarde uno y el otro traidor carecen de calidad moral para una decisión tan digna como benéfica a la humanidad.

7 años de guerra civil, más de medio millón de muertos, 3 millones de heridos, mutilados, incapacitados, 5 millones 600 mil refugiados en el exilio y una devastación incalculable no han bastado para que el sucesor del carnicero Haffez Assad, padre del actual ‘presidente’ sirio considere dejar el Palacio Presidencial a quien su pueblo decida.

Siria es un factor clave en el actual equilibrio geoestratégico en la región, no sólo por su frontera con Israel con el cual mantiene un estado de guerra en pausa por un armisticio que ambos estados enfrentados en los altos de Golán violan esporádicamente (Israel fue acusado por Rusia de perpetrar el ataque con armas químicas, en una maniobra distractora para aliviar la presión a su aliado en Damasco; y por el dictador árabe de disparar proyectiles contra posiciones sirias esta semana). Damasco se ha atrevido a intervenir en Líbano alterando el equilibrio etnodemográfico y confesional entre cristianos y musulmanes; su acercamiento a Irán perturba a Turquía por el tema del pueblo Kurdo que tiene presencia en zonas sirias y a la Arabia Saudita, donde un príncipe de la casa real ha emprendido reformas sociales inopinadas en ese país musulmán, destinadas a moderar su rigidez pero que lo enfrentan con la opresiva teocracia que se apoderó de Irán, la otra potencia regional, con presencia progobiernista en Siria y la cual le ha advertido tener presente el amargo resultado de la guerra de 10 años entre Teherán y Bagdad, cuyo dictador fue ejecutado por potencias a las que sirvió, tras la cual su país se precipitó a una crisis de inseguridad y violencia que parece irresoluble.

A 342 km de Damasco, en otro polo del complejo entramado etnosocioeconómico, Tel Aviv, centro financiero y nervioso de Israel, se mantiene atento y en consulta permanente con Washington, su patrocinador.

Una vez más queda evidenciado que las 5 potencias (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido de la Gran Bretaña y Francia) con poder de veto en su Consejo de Seguridad, son realmente los dueños de la ONU y anteponen sus intereses a los del planeta e imponen con su poder económico y militar nuclear su voluntad a la comunidad internacional.

Ahora sí, Rusia quiere que se condenen los ataques de represalia y topa con pared. Es un diálogo de sordos, mientras las naciones del Orbe se comen las uñas y esperan que la cordura no se pierda.

*Artículo publicado con la autorización del autor, colaborador del periódico Por Esto!; léase también en este medio

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista del Diario Arte y Cultura en Rebeldía; en este espacio, ejercemos la Libre Expresión



Categorías:EL MUNDO, Jorge Lara Rivera, OPINIÓN

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