La CDMX destruye sin piedad su patrimonio del siglo XX | Judith Amador Tello

Cuenta el arquitecto Enrique X. de Anda que hace algunos años, en Argentina, sus colegas Carlos Flores Marini y Ramón Gutiérrez instituyeron el Premio Atila para entregarlo cada año al funcionario público más depredador, a aquel que hubiera autorizado la destrucción del mayor número de edificios simbólicos.

Sugiere con cierta ironía establecerlo de nuevo en México porque constantemente se destruyen edificios de épocas pasadas, particularmente de arquitectura moderna. Es una situación relacionada con el concepto de ciudad y el problema –dice– es que quienes la administran no tienen ninguna idea de la importancia de la arquitectura histórica.

En entrevistas por separado, De Anda y el también arquitecto Gustavo López Padilla hablan con Proceso de cómo se ha transformado la ciudad, el desmedido interés económico de las empresas inmobiliarias que buscan la mayor plusvalía en sus proyectos, el desdén por el patrimonio de las autoridades locales y el legislativo mismo, las limitaciones del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y de la vigente Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.

A decir de López Padilla se deben revisar los instrumentos legales, hacerlos más fuertes, pero sobre todo crear conciencia del valor patrimonial para tener una sociedad más informada, dispuesta a defender y preservar su legado arquitectónico y cultural por encima de los intereses económicos.

Y es que no hay delegación o colonia en la Ciudad de México –por no hablar del resto del país– que no haya padecido el abandono, la falta de interés, mantenimiento, conservación y hasta el avasallamiento de alguna plaza, avenida, calle, edificio o casa emblemática, que han cedido su lugar a descomunales torres de oficinas o departamentos, gigantescos centros comerciales, puentes y segundos pisos, sin que aparentemente nadie pueda imponer un freno.

La plusvalía

Arquitecto y doctor en Historia del Arte por la UNAM, en la cual es profesor, fundador del Foro de Historia y Crítica de la Arquitectura Moderna, autor de varios libros y académico del Instituto de Investigaciones Estéticas, De Anda evalúa que, desde el punto de vista de la conservación, la atención y el estudio la arquitectura del siglo XX es la más desatendida, pese a ser una parte esencial de la cultura. No definida ésta como las bellas artes, sino como la identidad, la manera como dialogamos y el valor de los símbolos.

El problema, dice, es que “hoy en día en la arquitectura moderna todo está como fracturado, está desvinculado; los símbolos, los significados, las importancias existen, lo que no sabemos es cómo acercarnos a ellos porque nunca nos han enseñado”.

En su opinión, más allá de los valores estéticos de los edificios, algunos “maravillosos, hermosísimos”, lo más importante es el proyecto de vida que plantea la arquitectura, su vinculación con la historia del sitio donde se erige, con la tecnología, el confort, la iluminación. Lamentablemente hay ahora obras que son simples operaciones comerciales:

“¿Cuánto le voy a invertir y cuánto voy a ganar y en cuánto tiempo? Lo que pase alrededor, si depredo, dejo sin servicios, si se vuelve un caos la ciudad porque incremento el número de vehículos etcétera, me tiene sin preocupaciones. Eso es lo que piensan los operadores comerciales, su problema es cómo multiplicar rápidamente el capital financiero. Yo no puedo decir que esas operaciones sean obras arquitectónicas, no lo son.”

Distingue también entre quienes egresan de la carrera de arquitectura e incluso tienen su cédula profesional, pero más que obras de arquitectura hacen “obras ingenieriles” que pueden representar desafíos con excavaciones profundas, inmuebles que no sufren con los sismos y, sobre todo, con inversionistas que ganan dinero a carretadas.

Son cuestiones que van más allá del ejercicio de un proyecto arquitectónico, están relacionados con la forma en la cual los administradores de la política y de los asuntos públicos entienden las políticas públicas:

“Centrémonos en el caso de la ciudad donde vivimos. ¿Cuál es el proyecto de ciudad? Pues es un proyecto que tiende hacia la verticalización, hacia la saturación. ¿Quiénes son los beneficiados? Indudablemente, en este momento, los grades desarrolladores, los que están haciendo y han hecho estas enormes plazas comerciales, han inventado una nueva manera de socializar donde la gente –no siempre con la capacidad financiera de compra– se mete para sentirse parte de un grupo más amplio.”

“Fue durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari –recuerda– cuando se desató en el país la especulación inmobiliaria, tras una época donde no había créditos hipotecarios. Se comienzan a construir muchos edificios en venta pues la renta ya no es negocio y “todo es vendible, la calidad de los edificios se hace bajo esa tónica y es verdaderamente deplorable, espacios muy pequeños, incómodos… Obviamente, no puedo estar en favor de eso porque a mí me interesa la dignidad del ser humano, para mí es fundamental.”

No se trata de decir que todo lo pasado fue mejor, pero basta observar las dimensiones, la amplitud, la cantidad de luz que entra por un edificio de los años cincuenta del siglo XX, los halls, “usted entra y se siente confortado, cómodo, hay escaleras amplias diseñadas para subir descansadamente, baños amplios, y no hablo de fachadas maravillosas”.

La Ley Federal sobre Monumentos establece que al INBA corresponde la preservación del patrimonio artístico construido a lo largo del siglo XX (al Instituto Nacional de Antropología e Historia, el arqueológico y el histórico, de la época precolombina y siglos XVI al XIX). Pero en el caso de los monumentos artísticos se requiere una declaratoria presidencial, y si el propietario no está de acuerdo con la declaratoria, sencillamente no se hace.

“Por toda la estructura político-social y económica que tenemos, plasmada en la Constitución, se respeta la propiedad privada, y si el dueño decide hacer con sus edificios lo que a sus intereses convenga, el Estado mexicano le dice: Adelante, es tuyo, lo puedes hacer.”

Hay edificios catalogados con valor artístico, y si alguno de ellos está en riesgo el INBA puede “persuadir al propietario cuando le solicita autorización de intervención, de que no lo desfigure del todo o no lo vaya a tirar”. ¿Qué sucede?, pregunta el arquitecto De Anda, y responde él mismo que se tiran en las noches o los fines de semana:

“Estamos hablando de una ley que no ha podido ser modificada. Se han hecho muchas reflexiones, muchas solicitudes para que se replantee y se pueda pensar en otros términos para realmente poder garantizar que no se dañen esas piezas de arquitectura. El problema es que no hay mucho interés por parte de los órganos legislativos, ese es el tema”.

Insiste en que no es sólo la parte legal –no se trata de culpar a la ley o a Bellas Artes–, sino los proyectos de ciudad que plantean los gobiernos locales. Es una cadena en la cual intervienen las oficinas responsables del desarrollo urbano en cada uno de los estados del país y las ciudades. Muchas veces los proyectos se deciden por el factor de la plusvalía y no por el valor histórico del patrimonio, quizá sólo los detenga la existencia de zonas protegidas como los centros históricos, pero se van a los alrededores donde no hay monumentos históricos, pero sí arquitectura del siglo XX que queda desprotegida cuando se autorizan los nuevos modelos de desarrollo.

Recuerda que cuando estuvo como jefe de gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador determinó que se concentrara la construcción en cuatro delegaciones centrales para evitar que la ciudad siguiera desbordándose. Se abrió la posibilidad a los desarrolladores. Sucede que en colonias emblemáticas como la Roma o Hipódromo Condesa, donde hay casas de fines del siglo XIX y principios del XX, se autorizan torres o complejos de departamentos. Bellas Artes pide que al menos “se respeten las fachadas”.

“Y dejan la fachadita, la pintan muy bien y todo el interior lo reconvierten. No es que las cosas se deban quedar eternamente como momificadas, pero están dando lugar a cosas muy extrañas que sería un poco difícil de entender si no se explican como operaciones económicas.”

¿Qué se puede hacer? Responde que revisar la ley y crear conciencia, en principio; luego, dialogar con las autoridades y hacerlas entender el valor patrimonial, motivar a la academia para que se ocupe de estos asuntos porque es donde se genera el conocimiento, y habría que incluir en los libros de texto gratuito un capítulo sobre la defensa del patrimonio.

Reconoce el trabajo que se hace en el área de Arquitectura del INBA, “con magros recursos y muchas dificultades, no tienen una ley que los apoye, y pare usted de contar. Entonces, ¿dónde están las asociaciones civiles?, ¿dónde están los patronatos?, ¿dónde está el interés de los grandes consorcios por ayudar a la arquitectura y servirse de la arquitectura? No hemos sido capaces para incentivarlos, ahí tenemos una tarea pendiente los intelectuales, los críticos, tenemos un asunto pendiente que resolver con la sociedad. Espero que a mí la vida me dé tiempo de hacerlo”.

Sentido de ciudad

Autor de Arquitectura mexicana contemporánea, crítica y reflexiones, el arquitecto López Padilla es egresado de la UNAM y profesor en el Taller Max Cetto de la Facultad de Arquitectura. A su entender, la arquitectura mexicana contemporánea, además de ser ampliamente reconocida en el mundo, es “una gran experiencia en términos de planteamientos urbanos y de resolver proyectos específicos”.

Coincide con De Anda en el sentido de que forma parte de la cultura en su conjunto, “es una expresión colectiva, que da muestra de nuestras visiones de la vida y del tiempo”.

Y la distingue de la arquitectura internacional, pues mientras en países europeos la modernidad nace propiamente con la revolución industrial hasta la creación de la Bauhaus en 1925 en Alemania, y en Estados Unidos con los migrantes europeos, en México comienza a darse a partir de la visión y entusiasmo de jóvenes que a principios del XX estudiaban en la Academia de San Carlos, entre ellos José Villagrán, Juan O’Gorman, Carlos Obregón Santacilia, “impulsores de nuestro movimiento moderno”.

Hay obras de estos autores que se han vuelto “verdaderamente emblemáticas”, como las casas de O’Gorman en San Ángel Inn (las que hizo para Diego Rivera y Frida Kahlo, y para él mismo). Otras han sido “desafortunadamente intervenidas o violentamente destruidas”. Pone como ejemplo dos de Mario Pani, la Normal de Maestros –que originalmente contaba con jardines, un espejo de agua y una torre que luego de haber sido afectada por el temblor de 1957 acabó por ser demolida–, y el Conservatorio Nacional de Música –cuya buena parte de sus jardines fue donada durante el gobierno de Luis Echeverría para edificar la embajada de Cuba.

“Hay una buena cantidad de obras intervenidas con poca sensibilidad, con poco sentido de su valor y, efectivamente, no hay leyes que protejan el patrimonio. El INBA tiene muy pocos instrumentos, son muy endebles, para proteger el patrimonio. Se ha avanzado algo, cuando empecé a tener interés en la arquitectura contemporánea había muy poca información. Hoy en día hay mucha más y, sobre todo, la sociedad en general está más consciente del valor patrimonial de las obras, las ha hecho suyas, forman parte de su cultura, de su historia, de sus tradiciones.”

A decir del especialista, entre las principales amenazas que enfrenta el patrimonio está la falta de una legislación clara, aprobada por la Cámara de Diputados y la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, pero el máximo peligro tiene que ver con la ambición, con la especulación:

“Cuando la gente sabe que posee un patrimonio, pero dice ‘a mí lo que me interesa es hacer un negocio’, tiene que ver con la legislación endeble pero también con la ambición, con la idea de especular, incluso de manera excesiva, porque en algunos casos se destruye el patrimonio buscando un desarrollo muy grande con la idea de tener dinero rápido y fácil.”

Se le pregunta si coincide con esta idea: de que la sobrepoblación y la demanda de espacios para vivienda y oficina obliga a la ciudad a crecer hacia arriba, con el resultado de la construcción de megatorres. Cita como uno de los ejemplos más desafortunados del crecimiento urbano desordenado a la vieja colonia Juárez:

“Cuando uno ve imágenes de los años veinte, puede decir ¿qué ciudad europea es ésta? Un montón de casas europeas con sus grandes avenidas arboladas. El problema es que la arquitectura moderna destruye aquellos edificios patrimoniales que vienen de la época de don Porfirio.”

López Padilla dice que lo grave no es que una obra arquitectónica sustituya a otra, pues si fuese de la misma o mejor calidad hasta podría ser “compensatorio”. Pero cuando se ven las imágenes de los años veinte de la colonia Juárez y las de la actualidad, “es terrible”.

Nuestra ciudad mantuvo durante décadas construcciones de dos pisos, pero creció en forma horizontal, “desparramada, destruyendo la naturaleza, los cuerpos de agua, los bosques, somos los campeones de la depredación”, vaya, “fuimos capaces de secar cinco enormes lagos”. Esa es una ciudad ineficiente, agresiva con la naturaleza, con muchos kilómetros de vialidades que hay que reparar, muchos kilómetros de tubería de drenaje, agua potable, electricidad.

Es mejor un modelo de ciudad compacta. Piensa en el París del siglo XIX en el cual Napoleón III pidió al arquitecto Georges-Eugène Haussmann un plan para articular los nodos de la ciudad, que entonces era medieval con calles angostitas, la gente ponía barricadas y el monarca no podía controlarlos. Se construyen entonces amplias avenidas y “una ciudad compacta, con un perfil muy homogéneo con edificios de entre seis y ocho pisos.

Sí, es necesario densificar la Ciudad de México pero “el problema es dónde y cómo”. Advierte que no se puede hacer a costa de destruir el patrimonio, sería imperdonable, aunque ya se ha hecho. Expone varios ejemplos de ciudades europeas como Ámsterdam, Madrid, Copenhague, que han logrado crecer hacia arriba sin invadir sus centros con megatorres y conservando su patrimonio histórico:

“Hay que hacerlo con inteligencia, sensibilidad, respeto, conciencia del valor patrimonial, los ejemplos están ahí.”

Lo importante, añade, es que la arquitectura contribuya a “hacer ciudad” y a conservar nuestra memoria. Lo primero es documentar y valorar las obras con cualidades patrimoniales, hacer consciente a la sociedad de su valor para que participe en su defensa y buscar mejorar los instrumentos legales.

Admite que no obstante se han organizado foros, encuentros, debates académicos acerca de este tema, no se ha encontrado la solución. Pero considera que se necesita la participación de gente “con sentido de ciudad y del patrimonio artístico, asesorados por especialistas en leyes”.

Y explica lo que debe entenderse por “sentido de ciudad”:

“Las ciudades son las representaciones sociales de la voluntad y de los valores sociales más completos, más complejos, y en las ciudades lo que se debería procurar es el bien común. Las ciudades se van haciendo poco a poco en el tiempo de la suma de las acciones individuales, pero es muy importante que esa suma, finalmente, pueda llegar a conformar los espacios públicos que son lo más importante de la ciudad para tener como fin el bienestar común.”

Señala que a las ciudades modernas les hizo mucho daño el desarrollo industrial y tecnológico, particularmente el automóvil, sobre todo en Estados Unidos. Los europeos fueron más sensibles y respetuosos de su patrimonio, aunque también hubo impacto.

“A nosotros nos ha faltado mucha sensibilidad y hemos hecho una destrucción terrible de nuestro patrimonio pensando en los coches.”

Afortunadamente, sigue, esta concepción está cambiando y hay pensadores como Jan Gehl, un arquitecto danés que ha propuesto ir contra los automóviles y recuperar los espacios públicos, plazas, calles y jardines para privilegiar a la gente.

Sánchez Padilla menciona el caso del río Cheonggyecheon, en Seúl, Corea del Sur, que hace décadas se entubó, era un canal de aguas negras sobre el cual se construyó una vialidad, luego un segundo piso, hasta que se decidió demoler ambas obras viales para recuperar el río y hacerlo potable, y ponerle un paseo para el disfrute de los ciudadanos de a pie.

Es posible “hacer ciudad”.

FUENTE: REVISTA PROCESO No. 2159

ENLACE: https://bit.ly/2GoLnUc

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