Cuando se miente compulsivamente | Araceli Damián

En la carrera hacia el 2018 el PRI carece de discurso convincente y no hace más que mentir de manera compulsiva. No sólo miente el partido, sino también Enrique Peña Nieto quien, en lugar de actuar como jefe de estado, parece presidente de su partido. Además de hacer constantes referencias en contra de los candidatos de las otras coaliciones, particularmente en contra de Andrés Manuel López Obrador, Peña miente sobre los “grandes logros” del sexenio, en un afán de echarle la mano a su candidato, Meade, que no sube en las encuestas.

Peña sabe que nadie le cree y por eso hace afirmaciones como: “no vaya ser que por decisiones que los mexicanos tomemos, se nuble tal nuestra vista ante el enojo, que pasemos del enojo a la angustia y a la preocupación.” Por más que trate de convencer a la ciudadanía de que el país va viento en popa, sabe que hay enojo y que habrá castigo contra su partido el 1º de julio.

No puede ocultar que el salario continúa perdiendo su valor. El gobierno autorizó para este año un aumento del 3.9 por ciento al salario mínimo y 3.4 por ciento a los salarios en las universidades, mientras que la inflación oficialmente reconocida fue de 6.77 por ciento, la más alta en 17 años. La gasolina ha subido como espuma a partir de la reforma energética y, más aún, con la liberalización de los precios de este producto. Así, mientras que en 2012 se podían comprar 6 litros de gasolina con un salario mínimo, ahora se compran 5.1 litros. Pero Peña Nieto afirma que ha habido “una recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores”.

Una de las áreas en las que más les gusta mentir es sobre la pobreza. De acuerdo con Peña, aunque hoy este problema constituye un reto, ha habido avances en su sexenio. Pero ni Peña ni nadie sabe si se redujo la pobreza durante su gobierno. Recordemos que el INEGI maquilló las cifras de ingreso en 2016, construyendo una “nueva serie histórica” no permite comparaciones con 2012 y 2014. Aunque en un inicio el Consejo de Evaluación de la Política Social (Coneval) se negó a estimar los datos de pobreza con las encuestas cuchareadas, terminó doblando las manitas.

En este contexto es conveniente, además, entender de qué tipo de pobreza nos habla Peña. El Coneval la mide considerando dos dimensiones: 1) ingresos y 2) carencias sociales en seis indicadores (educación, salud, seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios de la vivienda y seguridad alimentaria). Para que una persona sea oficialmente pobre multidimensional tiene que tener, además de alguna carencia en los indicadores de privación, un ingreso por debajo de la línea de bienestar (LB). En pobreza extrema considera a las personas que tienen carencia en al menos tres indicadores y un ingreso por debajo de la línea de bienestar mínimo (LBM).

Para que entendamos el grado de subestimación de la pobreza, consideremos que, por ejemplo, el Coneval fijó, en julio de 2017, la LB, es decir, el monto para que una persona pueda vivir bien, sin pobreza en 94.5 pesos al día en zonas urbanas 61.2 pesos en las rurales. La LBM, es decir, la cantidad que se requiere, según el Coneval para no ser pobre extremo era de 48.2 pesos y 34.5 pesos en las áreas urbanas y las rurales, respectivamente. Compárese esta cifra con los 140 pesos que costaba, en esa fecha, el kilo de carne de res en los mercados y los tianguis o los 50 pesos del kilo de pollo. Con ese dinero, según los consejeros del Coneval, las personas pueden pagar su alimentación, educación, salud, transporte, renta, agua, gas, luz, medicinas, ropa y las deudas. Habría que ver si los consejeros del Coneval, que establecieron ese umbral de pobreza por ingreso, pueden sobrevivir dignamente con una cantidad como esa.

En educación, los consejeros estimaron que las personas de 33 años y más, para vivir bien, les basta con tener educación primaria. Asimismo, suponen que quienes son menores de esa edad y mayores de 15 años, sólo requieren secundaria; mientras que a los de 3 a 14 años les basta con asistir a la escuela, sin importar el grado que cursan. Con esos umbrales tan bajos el Coneval estima que sólo 17.4 por ciento de la población mexicana (21.3 millones de persona) presentan rezago educativo.

No obstante, ya desde 2007, 43.5 por ciento de los adultos en México consideraba que para vivir bien se necesitaba al menos la preparatoria y un 42.5 por ciento adicional la universidad. Tomando en consideración estos datos (los cuales fueron ignorados por el Coneval para determinar los umbrales en educación) y la realidad en materia educativa en el país, hemos estimado la carencia educativa suponiendo que las personas de 3 a 17 años deben estar cursando el nivel y grado escolar que les corresponde a su edad (de preescolar hasta secundaria); las que tienen de 18 a 29 años requieren haber terminado la preparatoria; las de 30 a 59 años la secundaria y las de 60 y más la primaria. Con estos nuevos umbrales, México presenta un rezago educativo de 39.3 por ciento (48.2 millones de personas), algo que el gobierno no está dispuesto a aceptar.

Meade afirma que, de llegar a la presidencia de la República, lo cual es poco probable, los niños que nazcan durante su administración no sufrirán pobreza extrema. Pero Meade, como Peña, miente. Esos niños seguirán sufriendo pobreza extrema, ya que Meade se compromete a que, cuando mucho lleguen a estudiar la secundaria y a que su sobrevivencia estará sujeta a una cantidad de ingreso equivalente a 48.2 pesos si habitan en la ciudad o a 34.5 pesos si viven en el campo. Meade también miente porque para que esos niños no nazcan en la pobreza extrema, primero tendrían que haber salido sus padres de esa condición, algo que no logró mientras fue Secretario de Desarrollo Social y menos siendo Secretario de Hacienda.

FUENTE: ARISTEGUI NOTICIAS

ENLACE: http://bit.ly/2noSikN



Categorías:Araceli Damián, OPINIÓN, POLÍTICA

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