A Ichcaanzihó o T’Hó in memoriam | Víctor Salas

En unos cuantos días más se celebrará el aniversario de la fundación de nuestra ciudad, evento que ha crecido hasta convertirse en una fiesta de casi veinte días. Paralela a esa realidad festiva, nadie coloca siquiera una corona de flores en el mismo sitio donde estuvo la ciudad de T’Hó, que es el mismo donde transcurre la actual. Lo irónico y paradójico es que el sustantivo maya se ha convertido en piedra de cambio para muchas personas e instituciones. Esos mismos, no le elevan un recuerdo a la antigua ciudad maya, a Nachi Cocom o Tutul Xiu, quien merece una revisión histórica.

Como algo de la cultura ancestral llevo pegado en mis entrañas, decidí escribir estas breves líneas para recordar no a la Mérida del Mozo Montejo, sino a la T’Hó de cuyas piedras se erigió lo que conocemos, hoy, como el Centro Histórico de la ciudad.

¿Dónde colocar un ramo de flores a la cultura maya? En la escalinata de un edificio maya enfrente del Palacio de Gobierno y en la que se encuentra enterrada en el atrio de la Catedral.

El oficio del polvo

Lo que como un día normal quiso ser, empezó con la más trágica imagen, para quienes a lo lejos observaban aquella columna formada por el viento. No era la producida por el humo de la leña que a corta altura se quiebra e inicia –en forma de marchita flor oscura- un viaje horizontal, hasta diluirse en la atmósfera.

Ese día el viento elevaba una columna de polvo señalando una transfiguración inevitable.

Aquella colosal columna de polvo, surgía por encima de la selva de T’Hó, dejando la perspectiva visual de verde, gris y blanco.
Muchos vieron en ella el manto y huesos de la calaca.

En el interior de T’Hó, las piedras del alto edificio ceremonial eran desapegadas para hacerlas rodar hasta el piso, destrozándose junto con sus poderosos significados filosóficos, esos que habían dado sentido y vigencia a la vida histórica de los tohenses, quienes en ese doliente momento veían cómo la casa de sus dioses celestiales desaparecía.

De las piedras arrancadas a ese edificio nacería otro y otros, en honra de un Dios desconocido.

Kukulcán, a partir de ese momento sería palabra clandestina, guardada en la humedad de las entrañas de aquellos atónitos mayas. Esa palabra clandestina al ser invocada se convertiría en sinónimo del flagelo, la tortura o la muerte.

El polvo pétreo guardado por centurias en las coyunturas de aquel edificio tutelar era lo que vislumbraban los mayas de las poblaciones aledañas a T’Hó. Luego, ellos, correrían la misma suerte.

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