Crisis de valores | Rafael Loret de Mola

Está por finalizar 2017 y son pocas las alegrías que recordaremos, a nivel general, inmersos en una tremenda crisis de valores ante un entorno que los mayores difícilmente entendemos y los jóvenes reclaman con pasión total, despreciando a sus padres y abuelos a cambio de una existencia más desenfrenada. También tuve esos años y, fíjense, sigo soñando en que, algún día, saludaremos a la libertad y la justicia rompiendo las cadenas de la dominación política; pero será muy difícil si las generaciones por venir se convierten en esclavos de la cibernética. 
Las redes sociales, sin duda, modificaron nuestra perspectiva y, aunque debiera ser lo contrario, cada vez nos incomunican entre nosotros. Hace unos días, en un automóvil familiar percibí que los muchachos que nos acompañaban solo de vez en cuando musitaban algo para dar la apariencia de seguir el hilo de la conversación: cada uno de ellos, con su respectivo Iphone –los adultos, por lo general, tienen celulares más baratos-, se encontraba en otro mundo, el virtual, sin poder especificar si hablaban con amigos o acaso con esos youtubers que encandilan y atrapan sin remedio a quienes les conceden a ellos la capacidad de ocupar sus propias neuronas. Un desperdicio inaceptable.

El mundo robotizado, cibernético, está encaminándose en la dirección contraria. Si bien las herramientas de Internet nos permiten defendernos de los abusos policiacos, por ejemplo, y estrecharnos en cuanto a la capacidad de informarnos sin las diatribas de los medios con maridaje oficial, también producen asaltantes de la razón dispuestos a tergiversar los hechos y descalificar a cuantos no piensan igual o tienen aficiones y preferencias distintas. Incluso, los nominativos prohibidos para evitar la permanencia del odio homofóbico son continuamente armas miserables de los visitantes en diversas páginas webs.

Y a ello se aúna la intolerancia, las ofensas y la siembra de rencores repelentes.

La política obliga a tomar partido incluso cuando se rechaza al modelo decimonónico del viejo PRI. Y la catapulta de infamias grotescas, bajo interpretaciones falaces –juicios falsos a partir de hechos mal entendidos-, no solo pinta los errores ortográficos –cada vez más escandalosos-, sino la profunda incultura de los emisores, derivada, insisto, de una pobre escolaridad dentro de un aparato educativo caduco e impregnado de lugares comunes, jamás revisados, impuestos a los maestros con sueldos miserables.

Una reforma educativa que no se ocupa de mejorar la calidad del aprendizaje sino solo del linchamiento del profesorado –para obligarlo a regresar a los controles oficiales, incluso con fines electorales-, no es sino una panacea monumental cuyo análisis, sin remedio, nos llevará al desastre, tarde o temprano. Ahora mismo, no son pocas las multinacionales instaladas en nuestro país que rechazan a los egresados de la UNAM y admiten solo a quienes demuestran tener posgrados en las universidades anglosajonas en donde la primera enseñanza es despreciar a México y los mexicanos como susceptibles a la dominación desde el norte.

La Anécdota

De allí a la prepotencia de los funcionarios de alta graduación solo hay un peldaño. Es imposible sostener sobre estas bases el concepto de igualdad ni, mucho menos, el de nacionalismo.

De eso se trata, al parecer: Más que un estado fallido, México es visto como una suerte de protectorado si bien con los disimulos suficientes para no asfixiar la tibia visión sobre una democracia enferma. No hay rectorías propias ni destinos coincidente con los intereses de la comunidad sino atados a los explotadores, lo mismo canadienses en las minas de Guerrero y Coahuila, que japoneses robando nuestra sal y estadounidenses embargando, de hecho, el abaratado petróleo… hasta que este se extinga y la dominación del gobierno de Washington se extienda hasta el último confín.

Hemos perdido libertad y soberanía, a un mayor ritmo durante la administración federal actual, al tiempo que los gobernadores ponen en jaque al presidente de la República porque no les llegan las participaciones ni aceptan tener límites institucionales; y el ejército se solivianta porque no quiere hacer funciones de policía con la consiguiente crecida de su desprestigio.

Lo grave, debo aclararlo, no es que tenga o no razón el general Salvador Cienfuegos Zepeda, en el sentido de preferir que sus soldados regresen a los cuarteles –o mejor dicho, carteles-, sino la ruptura evidente de la cadena de mando, alardeando de contradecir al “comandante supremo” quien cada vez se muestra menos, ríe en los sepelios y pone como ejemplos a las mulas y los huevos. ¿Lo recuerdan?

FUENTE: ZÓCALO

ENLACE: http://bit.ly/2Ce0XA2



Categorías:OPINIÓN, RAFAEL LORET DE MOLA

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