El STIC, de teatro a cine ‘non sancto’ | Víctor Salas

Hubo una época en que Mérida estuvo ayuna de teatros.

Disfuncionales estaban el Maya, el de la Universidad, el Peón Contreras, el Colonial, el Novedades y el Principal. Había uno solo que prestaba sus servicios y en él se presentaron desde Angélica María hasta célebres obras teatrales capitalinas. Ese solitario teatro era el del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica, el STIC.

Allí se realizaban las funciones de fin de curso de Bellas Artes y de todas las afamadas academias de baile existentes en los años sesenta del siglo XX.

Su escenario tuvo como última famosa huésped a Ofelia Zapata, Petrona, quien haciéndola de empresaria, hizo el último intento por mantener vivo el teatro regional yucateco, presentando fragmentos de obras de Rubén Darío Herrera y libretistas como Fernando Mediz Bolio.

Después le cayó la oscuridad, el abandono y casi el olvido. Era la bodega escenográfica de don Ramón Peniche, quien cuidaba las obras de Teodoro Zapata, realizadas en papel en una factura inmejorable e incomparable.

Eventualmente abría sus puertas a alguna presentación extraordinaria. Quienes lo alquilaban tenían que hacerse cargo de la limpieza del polvo, hasta la reparación del cableado del escenario.

De buenas a primeras, alguien tuvo la brillante idea de darle nuevo uso proyectando películas porno. Adquirió la fama de ser lugar de reunión de trabajadores pasados de copas que antes de ir a sus domicilios pasaban a enardecer las pupilas. No tardó el club gay de enterarse de tal situación y entonces las historias calientes volaron, como hojas esparcidas por el viento. El giro comercial tomó otro rumbo, al haber hasta relaciones colectivas, de las que no hay que asustarse porque igual las había en el cine Aladino, el Cantarell, el Mérida o el Novedades.

El uso dado a esos lugares no era un problema de los mismos, sino de las costumbres mundanas de los meridanos, ávidos de vivencias extremas y de desfogue a toda costa. O sea, el lugar lo hacía la gente.

Desde hace décadas el STIC brinda ese servicio. Un poco en lo oscurito, como todo lo referente a lo sexual en nuestra urbe. La diferencia es que con anterioridad los horarios eran extensos y ahora tienen actividad limitada, posiblemente porque ahora la pornografía se puede disfrutar ampliamente desde cualquier celular, evitando exponerse públicamente y ser señalado con el dedo como consumidor de pornografía.

Ese cine ha resistido el paso del tiempo, con seguridad, porque tiene consumidores, quienes hacen sostenible el lugar.

Pero, Mérida, ¿es la única ciudad que tiene ese servicio social? ¡Para nada! Cancún, Veracruz, Villahermosa y el propio Distrito Federal los tenían hasta no hace mucho. En Estados Unidos, pese a la tecnología celular, esos cines tienen actividad.

Mérida es mundana y erotómana en la clandestinidad. ¿Es malo? Pienso que no, porque hay ciudadanos que adquieren un placer que de otro modo, por falta de dinero, no tendrían.

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