Hamlet y la denuncia latinoamericana | Ariel Avilés Marín

En el teatro han existido, y existen, adaptaciones de toda clase, algunas muy buenas, como todas las del teatro francés del S. XVIII, y algunas, en especial del llamado teatro experimental, en las que, lo mismo se puede ver una versión brillante, como un bodrio espeluznante arrastrado por el escenario.

Ahora, en el marco de “Mérida, Capital Americana de la Cultura”, el grupo boliviano “Teatro de los Andes”, nos ofreció una puesta en escena de “Hamlet”, basada en el argumento de William Shakespeare, a la cual se le añade, en una trama entretejida en el desarrollo de la acción, una denuncia profunda de la injusticia en los pueblos de nuestra América.

La adaptación es muy afortunada en algunos pasajes, en otros, es un poco confusa, y en el teatro las cosas han de ser accesibles al espectador si es necesario explicarlas, no funciona.

La puesta exigió de los cuatro actores una versatilidad absoluta, pues todos los personajes fueron encarnados por ellos y tuvieron que asumir las muy diferentes personalidades, así como exigió de ellos una gran habilidad para los cambios de vestuario, que no fueron pocos y que, en muchos de los casos, exigían un cambio materialmente “ipso facto”, para volver a salir a escena.

Una lamentable carencia fue la de no contar con los programas de mano que nos dieran información tan necesaria, tal como los créditos de dirección escénica, vestuario, escenografía, iluminación o elaboración de la utilería, que en esta puesta tuvo una presencia destacada, pues con tan solo el armazón de una mesa, se realizó una serie de juegos escénicos que la transformaron lo mismo en un baúl, que en una cámara por la que entraban y salían a escena los personajes, en un entarimado y hasta en un río con corriente de agua.

La música incidental fue muy bien cubierta con quena bajo, charango y bajo eléctrico, que pusieron el contexto sonoro al desarrollo de la trama.

El elenco de actores estuvo encabezado por Alice Padilha Guimaraes, destacada actriz, brasileña de origen (de Porto Alegre) y egresada de la Universidad Federal do Río Grande do Sul. Le toca en suerte representar a la reina Gertrudis, a Ofelia y a Horacio.
Alice nos dejó en claro su gran capacidad actoral y su enorme talento escénico, sus tres personajes encontraron en ella fiel intérprete y es un buen vocero del grupo.

El peso mayor de la obra, recayó en Bernardo Rosado Ramos, quien como Hamlet llevó prácticamente la voz cantante y de tono mayor de la puesta; dos escenas nos dejaron grata constancia de su talento histriónico:

El Hamlet gimiente ante la puerta cerrada irremediablemente y el Hamlet que lleva a cuestas, en sus espaldas el peso de la terrible tragedia que está viviendo. Versátil, sobrio y cuando la escena así lo exige, hasta cómico, Fidel Lucas Achirico, transitó por los personajes del Rey Claudio, de Polonio y de una luchadora boliviana.

La discreta participación de Helder Alfredo Rivera Torres llenó su cometido en juegos escénicos en los que ha de reinar el enredo y la confusión de personajes, supo caracterizarse y perderse en los juegos de entradas y salidas de la cámara obscura y también en la danza de los borrachos, en la que la coreografía logró un efecto mágico al perderse totalmente la identidad de los danzantes.

Víctor Gonzalo Callejas Oporto, apoyó entre bambalinas con partes musicales que dieron a las escenas el ambiente necesario para su contextualización. Nos gustaría dar los créditos al director, pero la carencia de información no nos permite más que, un gran aplauso de pie para su excelente labor.

La trama de la puesta corre en dos líneas paralelas por momentos, y que se cruzan y entrelazan en otros. Por un lado, la tragedia de Shakespeare se va llevando paso a paso.

Hamlet retorna de estudiar fuera de su patria y se encuentra con su padre muerto y su madre casada con el propio hermano de su padre, quien merced a la unión matrimonial, se ostenta Rey.

El dolor de Hamlet por su padre se puede resumir en una frase terrible: “A los muertos hay que llorarlos hasta que no nos quede más fuerza en el cuerpo”. Sin embargo, por otro lado, Hamlet está consciente de los defectos de su padre y hay en el fondo de su alma algo de odio por él. “Tu ausencia no me duele”, dice, pero a la vez llora. Sin saber la terrible verdad sobre la muerte de su padre, Hamlet rechaza a su tío y mucho menos acepta la unión con su madre.

“Si te sobra un sobrino, no me llames hijo”, le dice. Presintiendo que su vida está en peligro, Hamlet se finge loco por momentos y se presenta borracho en otros. “Estoy borracho, pero no loco”, confía a su fiel Horacio.

En el otro hilo conductor, Hamlet es el pueblo latinoamericano, el bajo pueblo explotado y humillado por una oligarquía ambiciosa y cruel; con la voz y representación de su pueblo exclama: “Mi país se cae a pedazos a mi alrededor”.

En esta historia paralela, la reina madre y el tío son la encarnación de la clase explotadora, por lo que Hamlet les dice: “Con cara de santo, uno esconde cualquier pecado”.

La historia original sigue su curso. Al llegar a la escena en la que Hamlet, con una representación trata de poner en evidencia la culpa de los reyes en la muerte de su padre, no sabemos si por decisión del director o se marca así en el libreto, ésta es representada por dos luchadoras ataviadas como indígenas bolivianas, y el objeto de la escena es reivindicar a la mujer indígena.

Una de ellas dice al público: “Nos ganamos la vida duramente, no robamos, no mentimos”. La escena inicia con una cómica danza que se transforma en lucha y en la que una mata a la otra, vertiendo veneno en uno de sus oídos, como le han hecho al padre de Hamlet.

Una escena culminante y de una gran belleza plástica, es la muerte de Ofelia. La joven, tendida sobre la mesa, tan usada en la trama y a la que no sabemos cómo, se le ha conectado una fuente de agua y ésta brota por los cuatro costados de la mesa, cayendo al escenario; la iluminación contribuye a lograr la magia y todos, maravillosamente, vemos a Ofelia flotar muerta en el río y la corriente arrastra el cadáver.

Otra escena de profunda entraña dramática, es la de Hamlet, con la mesa a cuestas sobre sus espaldas, en un doloroso monólogo en el que se incluye la toral frase de la tragedia: “Ser o no ser, he ahí el dilema”; escena en la que el actor comparte dos personajes, por un lado es el Hamlet doloroso, y por el otro, es el pueblo latinoamericano con todo su peso a cuestas.

El desenlace final, es narrado oralmente por Hamlet y nos lleva a la shakespereana conclusión: “Aquí termina el teatro y comienza la vida”.

La puesta de “Teatro de los Andes”, es una versión nada fácil, aventurarse por ella implicó todo un reto para la compañía, del que salió airosa. La interpretación y deslinde de los hilos conductores, no es muy accesible para quien no está familiarizado con el teatro en general y con el teatro posmoderno en especial. Sin lugar a dudas, esta ha sido una puesta poco común en nuestro medio y deja su huella en el teatro local.

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